Escribe Monseñor DR. JOSE LUIS KAUFMANN
Queridos hermanos y hermanas.
Una vez, un joven – que estaba de visita en cierto Monasterio – le preguntó a un anciano monje por qué había personas que agrandaban los problemas y quedaban atrapados en ellos, mientras otros eran capaces de sobrellevarlos y hasta de transformarlos en cosas positivas.
El experimentado anciano sonrió y, después de una marcada pausa, dijo:
“Cuentan que, hace tiempo, se murió un varón que había vivido muchos años reconocido por su vida intachable. Y se presentó en el Cielo. El equipo de recepción le dio la bienvenida y comenzó a buscar su nombre entre las fichas de los que ese día debían hacer su entrada... Pero, como no figuraba en ninguna parte, le indicaron el camino hacia el infierno.
En el maldito y siniestro infierno no hay requisitos de ingreso... al contrario, el demonio quiere que todos vayan allí. Aquel hombre bueno llegó, entró y se quedó.
Después de algunos días, Satanás llegó enfurecido al ingreso del Cielo y, con su habitual insolencia, exigió la presencia de san Pedro para pedirle explicaciones.
– ¡Esto es el colmo – gritó – y usted es el culpable! ¡Saboteador! ¡Terrorista! ¡Nunca pensé que fuese capaz de tanta bajeza!
San Pedro, sereno aunque sorprendido, le manifestó que no entendía nada, que no sabía de qué se quejaba.
Satanás volvió a gritar:
Nunca estará en nosotros el elegir que nos respeten, pero sí depende de cada uno el que todo, aunque sea el mismo infierno, tenga los efectos del amor
– Usted me mandó a ese hombre bueno al infierno y desde que llegó está haciendo un verdadero desastre: comenzó a escuchar, mirando a todos con bondad, sonriendo, exhortando a vivir en el amor... ¡Ahora el infierno está insoportable! ¡Ahora todos se quieren, dialogan, se ayudan...!
San Pedro reconoció el error y le pidió a Satanás que devolviera a ese hombre al lugar que le correspondía, al Cielo”.
Cuando el monje terminó el cuento, hizo una nueva pausa y, sin dejar de sonreír, continuó diciendo:
– Todos debemos vivir siempre con tanto amor, que si por error fuésemos a parar al infierno, el propio Satanás nos llevará al Cielo.
Porque... si bien los problemas son parte de nuestra vida, nunca hemos de permitir que ellos nos amarguen.
Las contrariedades y los sufrimientos llegan sin que los busquemos ni los elijamos.
Todo nos puede ir bien, pero quizás en el trabajo no nos valoren o nos maltraten.
Todo puede estar en orden, pero quizás la corrupción de la política provoque el peor malestar.
Todo puede ser grato, pero podría ser que un familiar se enfermara y muriera.
Nunca estará en nosotros el elegir que nos respeten, que nos valoren, que nos quieran; pero sí depende de cada uno el que todo, absolutamente todo, aunque sea el mismo infierno, tenga los efectos del amor.
Sólo el amor es la luz y el color de la vida.
Lo que no es amor pleno y verdadero, tampoco merece que exista.
Lo que no se hace para dar gloria a Dios, no sirve para nada.
El amor vence al odio, siempre, aunque el odio se resista.
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