Es domingo. Y ya no estoy aquí. Acabo de partir con el mismo destino de todos los fines de semana. Haciéndole lugar al sol que atraviesa mi ventana con rayos de sobremesa, tan cálidos como exquisitos.
El orden y la pulcritud de mi casa los aprendí de no sé quién. Es que no puedo ganar la calle con ese lastre para cuando regrese.
Además, no volveré sólo. Iré por ella, antes de estar de nuevo aquí. Y juntos haremos que la pava sea protagonista del preámbulo de la historia de no dejar que el domingo de tarde sea, como dicen, el día más triste de la semana.
El ambiente está en silencio solamente por un rato. Esperando, como el reloj, -que grita sus minutos desde la pared-, las risas y los irrepetibles besos cómplices que vendrán luego del mate, aunque mañana haya que estar arriba del tren a la hora de la rutina y poco importe el empate que nos destrozó el alma en el último minuto.
Texto: Teodoro Frejtman
Imagen: Cubo Rojo
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