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Por MARTIN TETAZ (*)
fotos: shutterstock
Twitter: @martintetaz
Para entender el problema de la deuda en Argentina hay que remontarse al siglo pasado. Es cierto que en los libros de Historia el antecedente más citado es el empréstito que la Junta de Representante le permitió negociar a Bernardino Rivadavia en 1822, más recordado por el nombre del prestamista, Baring Brothers. Sin embargo, no fue hasta la década del 70 que la deuda representó una mochila pesada para el desarrollo del país.
Independientemente del destino final del dinero y de lo controvertido de las condiciones financieras, lo cierto es que aquel primer crédito fue solicitado con el fin de invertir en infraestructura que presuntamente mejoraría la productividad de la economía permitiendo su repago con creces.
De hecho, enseñamos en la facultad que la deuda no es buena ni mala per se, sino que la evaluación depende del destino de los fondos
De hecho, enseñamos en la facultad que la deuda no es buena ni mala per se, sino que la evaluación depende del destino de los fondos. Desde que empezó, con el nuevo gobierno, el debate sobre su estrategia de financiar el déficit fiscal con más deuda y menos emisión monetaria, la mayoría de los que han opinado sobre el tema centraron la atención en uno de los argumentos que torna razonable el proceso de endeudarse; esto es: la realización de obras con ese dinero. La lógica es la misma que la de Rivadavia; si los puentes, rutas, centrales nucleares, puertos y demás inversiones aumentan la productividad de la economía, pues se justifica el compromiso con el futuro, puesto que los frutos de ese dinero presuntamente se disfrutaran durante muchos años, pero si los fondos se usan para gasto corriente, quien contrae esa deuda debería pasar la eternidad en el noveno círculo del infierno de Dante.
Lógico como suena, tengo no obstante dos objeciones con esa particular manera de separar el bien del mal. En primer lugar, no es obvio que todo dinero gastado en obras sea bien invertido; una cosa es la construcción de un ferrocarril de cargas que abarata los costos de transporte de la producción, por poner un ejemplo, y otra cosa es una represa hidroeléctrica en un río de bajo caudal, que nunca generará la energía suficiente para justificar su costo. Hay inversiones socialmente rentables y otras que no lo son.
En segundo lugar, tampoco es cierto que el endeudamiento para gasto corriente sea necesariamente una mala idea. Por supuesto que, si la economía tiene una capacidad de generar recursos genuinos por 100 y gasta siempre 200, cualquier modo de financiar esa diferencia resulta insostenible en el tiempo. Pero una cosa es el nivel de ingresos y gastos en las etapas pujantes del ciclo económico y otra cosa muy distinta ocurre durante las crisis. El equilibrio presupuestario corriente debe cumplirse en un ciclo económico completo, pero nada obsta que el Tesoro tenga superávit en los años de crecimiento y déficit en las recesiones. De hecho, eso es lo que normalmente ocurre y si forzáramos el equilibrio de los gastos corrientes año a año, cuando sobrevenga una recesión tendríamos que bajar los salarios públicos, o echar trabajadores a la calle, para volver a tomarlos cuando el nivel de actividad repunte. Ese comportamiento procíclico del gasto profundizaría las recesiones y operaría exacerbando las recuperaciones. Si una cosa aprendimos del trabajo de John Maynard Keynes, es que lo prudente es que la política fiscal sea contra cíclica, financiando con deuda el déficit en las recesiones y pagando la cuenta cuando el ciclo entra en fase expansiva.
Más aún, los principales beneficiados de una economía estable, en la que los ciclos económicos sean muy suaves, son las generaciones futuras, puesto que uno de los determinantes fundamentales de la inversión privada es la baja volatilidad de la economía, que le permite al empresario proyectar flujos probables de ingresos y gastos, con mayor precisión y menor riesgo.
Por eso me sorprende mucho que colegas que se consideran keynesianos se rasguen las vestiduras con la deuda que financia el déficit en esta etapa del ciclo. También me llama la atención que el solo hecho de que el dinero se destine a obras exima del análisis de costo beneficio, fundamental para justificar cualquier inversión.
Entonces el bono a 100 años ¿es bueno o es malo?
Saldado, idealmente por el Congreso, el debate sobre el nivel de deuda deseable, sobreviene la discusión sobre el perfil ideal de esos compromisos. ¿Deuda interna o externa? ¿En pesos o en dólares? ¿Jurisdicción local o internacional? ¿De corto plazo o de largo plazo? ¿A que tasa?
En particular, la controversia de esta semana fue porque se contrajeron 2.750 millones de dólares, a pagar dentro de 100 años, con un interés anual del 7,9%. Dos comentarios.
Lo primero que quiero explicar es que no es cierto que esa sea una deuda que vayan a pagar nuestros nietos. La verdad es que, dentro de 100 años, crecimiento económico mediante, ese dinero que hoy representa el 0,5% del PBI, será probablemente el 0,0025 de nuestra economía.
En primer lugar, no es obvio que todo dinero gastado en obras sea bien invertido; una cosa es la construcción de un ferrocarril de cargas que abarata los costos de transporte de la producción, por poner un ejemplo, y otra cosa es una represa hidroeléctrica en un río de bajo caudal, que nunca generará la energía suficiente para justificar su costo
Lo segundo es que la tasa que se paga depende del plazo, porque siempre es más riesgoso para el prestamista un período de repago más largo, puesto que pueden ocurrir muchas cosas en el medio, como por ejemplo un default. La semana anterior el mismo Ministerio de Finanzas colocó Letes a un año de vencimiento por las que pagó una tasa del 3,10%. A nadie en su sano juicio se le ocurriría que entonces resulta conveniente colocar toda la deuda en instrumentos de corto plazo, solo por el hecho de que son más baratos. Nadie sabe lo que ocurrirá de acá a un año; podría ser imposible renovar el vencimiento de toda la deuda, condenándonos a un default seguro, o podrían subir las tasas internacionales y acabar pagando mucho más.
Ojala podamos analizar estos temas tan delicados, con más pragmatismo y menos prejuicios ideológicos.
(*) El autor es economista, profesor de la UNLP y la UNNoBA, investigador del Instituto de Integración Latinoamericana (IIL) y autor de "Casual Mente" y "Psychonomics"
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