No hacía falta mucha imaginación para intuir que River sería tema casi central en la fiesta del título en la Bombonera. Pero nadie pensó que se llegaría a tanto. Que el propio animador de la fiesta, el periodista Ari Paluch, fuera quien arengara “el que no salta se falopeó” o recordara el descenso de River a la B. Tuvieron luego casi todo el día para ensayar alguna disculpa. Boca incluído. Nada. Y en el autobús descapotable se repitió el fantasma que varios jugadores de Boca habían parodiado días antes en su hotel de Bahía Blanca. Puede entenderse (no compartirse) la burla del hincha. Hasta comprenderse también la crueldad de las redes sociales, que se convierten en cloaca cuando, por ejemplo, describen a River como un club narco, por el extraño caso del doping inicialmente masivo y luego reducido a un par de jugadores. Acaso River habría hecho lo mismo con Boca si hubiese sido a la inversa. Y no sucede sólo aquí. Pero nuestro fútbol prioriza a niveles impensables la burla al rival. Lo hacen también aquellos que tienen algún tipo de responsabilidad pública. Muchos de ellos luego moralizan cuando el desprecio al otro se convierte en muerte.
“Boca –señala Sasturain- es como el peronismo, tiene garantía de conducciones traidoras”
“Yo he visto a correntinos alentando a Boquita en guaraní, un paisano escuchando un partido a caballo en medio de la meseta patagónica, pescadores fueguinos discutiendo a Palermo, seis hacheros chaqueños peloteando en medio de la nada mientras se llamaban a sí mismos Tapia, Giunta, Navarro Montoya, collas en un salar jujeño pegándole a una tele que no terminaba de mostrar un partido contra Racing, tantos y tantos chicos vestidos de bosteros que se reúnen para ver los partidos, conversarlos, organizar viajes a la cancha: para ser de Boca todos juntos. Boca crea, de maneras sesgadas, su propio efecto patria”. Lo escribió Martín Caparrós en Boquita, uno de los libros más hermosos que he leído sobre amar a un equipo y a su historia. Y preguntarse, de paso, qué es el fútbol. Si Boca celebró la semana pasada en el lobby de un hotel, a Caparrós, la coronación lo encontró arriba de un avión. “Los únicos espacios del mundo –afirma- que todavía quedan blindados al fútbol”.
“En Boca, es cierto –me responde Caparrós desde Colombia- conviven hoy su historia popular con esa impronta ABC1 y toda la exclusión que conlleva. Una impronta que Mauricio Macri implantó al poner las plateas más caras del fútbol argentino, y por diferencia. En la Bombonera, un palco que vale fortunas está a diez, quince metros, de la popular, y se produce esa especie de, llamémoslo milagro, llamémoslo equívoco, compartir los mismos intereses, porque todos gritamos gol al mismo tiempo. Boca –me dijo Caparrós en el programa Era por abajo, de la Radio de la Ciudad, en Buenos Aires- es una contradicción. Porque su relativa identidad cultural de equipo popular no se corresponde para nada con su realidad económico y social”. El Boca que renació con Macri es hoy un equipo también muy cercano al poder, pero eso, me contestó a su vez Juan Sasturain, otro escritor fana de Boca, importa poco a la hora de gritar sus goles. Y aparece el peronismo: “como la contradicción de Boca, también el peronismo sigue siendo una representación de lo popular que a su vez también es poder”, dice Caparrós. “Boca –señala Sasturain- es como el peronismo, tiene garantía de conducciones traidoras”.
“Pero en este campeonato –acepta- me pasó dos, tres veces, eso que le sucede creo que a todos los hinchas. Decir ‘a estos no le doy más bola’. Pero a mis setentipico aviso que no te curás, no podés zafar de eso”
Para ambos, y también para muchos más, Boca 2017, goleador y frágil, fue un campeón “ciclotímico”. “Fue un sacrificio verlo en España a las dos de la mañana y sufrir, porque da pena que juguemos tan mal”, dice Caparrós. Sasturain admite que, tan acostumbrado a un Boca fuerte en defensa y poco ambicioso en ataque, le gustó tanta vocación ofensiva del equipo del Mellizo Barros Schelotto. “Pero en este campeonato –acepta- me pasó dos, tres veces, eso que le sucede creo que a todos los hinchas. Decir ‘a estos no le doy más bola’. Pero a mis setentipico aviso que no te curás, no podés zafar de eso”. Caparrós admite el juego opaco. Pero avala también que “no podés zafar de eso. Una de las imágenes que más querría recuperar de la Argentina –cuenta desde su otra vez larga permanencia en Europa-, “son esos pasillos grises de la Bombonera y luego esa explosión de colores”. Es el fútbol que nunca se va.
“Como la contradicción de Boca, también el peronismo sigue siendo una representación de lo popular que a su vez también es poder”
Hay que decir que también el propio River alimentó burlas. Increíble cómo pasó del desastre de siete casos de doping, un rumor que salió desde la propia entraña del club, a sólo dos positivos. Y, mejor aún, a los refuerzos del nuevo equipo, la oportuna ampliación de tres a seis cupos de la Conmebol para la Libertadores que recomienza y la oportuna venta millonaria de Sebastián Driussi a Rusia. También todo eso es el fútbol. Competir al límite y más allá de los reglamentos. Gran negocio. Argumentaciones primitivas. Resonancia enorme. Y, en medio de todo eso, una gran dosis de infantilismo. Un mundo del que nadie se quiere ir. Como confesó días atrás Juan Román Riquelme cuando le preguntaron por qué se sigue postergando su partido despedida. Le teme, admite, a la sensación de jugar por última vez en la Bombonera.
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