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Escribe Monseñor HECTOR AGUER
Nicolás Lencke es un muchacho rubio, de ojos claros, muy pintón, homosexual. Su amante es Martín, un hombre casado y con hijos. Al comienzo del filme -estoy refiriéndome a “Nadie nos mira”- Nico ha decidido partir hacia Estados Unidos, porque percibe que su pareja, que debe atender a su familia, no puede entregársele por entero; en la despedida se notan, tras los besos, las lágrimas del joven.
En el país del norte no consigue fácilmente una audición para un papel cinematográfico; se lo descarta “in limine” por su aspecto “caucásico” -así le dicen- y por su inglés con acento ajeno. Los rechazos lastiman con frustraciones reiteradas su vocación actoral. Trabaja de lo que puede. Lo más significativo es su empleo como niñero de Mateo, un bebé hijo de una amiga argentina y un yanqui; es esta la única familia que aparece en la película. El vínculo entre Nicolás y el pequeño se muestra rebosante de ternura, de apego mutuo. Este oficio, en el que conmueve el desinterés del niñero, concluye abruptamente cuando la madre del niño lo descubre robando en un supermercado, y con el bebé en brazos. En esa escena se pronuncia por primera vez la frase que da título a la película; es la justificación que Nicolás esboza: “nadie nos mira”, aunque el hecho quedó captado por una cámara. Entonces se descubre que el pequeño Mateo era el refugio de amor inocente, de nostalgia, con el cual el protagonista cubría el vacío de su alma. Lo hospeda para dormir una compasiva lesbiana, y él hace pasar por suyo un departamento que cuida para recibir a un buen amigo argentino, el cual luego advierte con asombro que Nico no es lo que dice sino que trabaja como dependiente en un bar. Nuestro protagonista habla varias veces con su madre, a la que oculta la realidad de su situación acortando siempre las comunicaciones.
Martín, su amante, lo llama repetidamente; quiere ir a verlo, aunque él lo rehúye. Va finalmente, con el pretexto de una gira que le deja poco tiempo disponible. Se encuentran en el aeropuerto. La directora, Julia Solomonoff, presenta entonces, tomando como escenario el baño, una de las dos escenas “hot” que contiene el filme; tuvo la discreción de orientar la cámara de la cintura hacia arriba, pero el acto, desde sus prolegómenos frenéticos, es brutal, violento, de sexo explícito diríamos, aunque no sé cómo se las arreglan los actores. Recordé lo que Aristóteles llamaba “akolasía”, desenfreno, en el que se manifiesta, según el sabio griego, “más lo que tenemos de animales que lo que tenemos de humanos”. Habrá otra escena, igualmente torpe, en un boliche gay con un desconocido, en la que Nicolás juega, a diferencia de la anterior, el rol activo. Además de frecuentar esos ambientes ha tenido como pareja a un tal Jeff; su madre, en una de las comunicaciones, lo anima a que afiance esa relación.
Avanzando el ritmo de la película queda claro que el autoexilio neoyorquino resultó un fracaso y por eso el protagonista, percibiendo dolorosamente su íntima soledad y su tristeza decide retornar a su tierra; allá en el Norte no se ha encontrado a sí mismo. Ya en el país, durante una reunión de amigos en la que se halla su amante, el casado, Nico aparece recostado en el césped tomando sol; Martín se le acerca y para invitarlo a otro encuentro íntimo le susurra al oído: “nadie nos mira”. Pero el muchacho finge estar durmiendo, y luego se despide de todos y a aquel lo enrostra: “no soy tu primo” (la cobertura social que usaban, de la relación). Entonces se encamina al pago, Rosario, donde vive su madre.
No hay amor en esta historia, ni eros; Platón se sentiría burlado. Las relaciones homosexuales aparecen banalizadas, como si “todos lo hacen”, normales, si bien nadie debe mirarlas. Es un filme “à la page”, según lo que han ido imponiendo en la opinión de muchos los lobbies LGBT y la “antidiscriminadora” legislación argentina. Sin embargo, la parábola vital del joven Lencke va acentuando el desencanto, la soledad de alguien que no sabe qué es, quién es. Mueve a la conmiseración. ¿Se encontrará a sí mismo en el regreso?
Esta es la lectura que ofrezco de una película permitida a chicos de 16 años. No puede hacerles bien, y es difícil que entiendan lo esencial. El costo de la filmación, desarrollada en Nueva York y bilingüe, debe haber sido enorme. ¿Quién lo habrá afrontado? ¿Será el ente oficial, con dinero público? No soy crítico cinematográfico y por tanto mi juicio no procede de oficio, tampoco de una censura moral: no me parece una obra de arte.
Voy a la cuestión central: con liviandad suele ignorarse hoydía la realidad de la naturaleza, y por consiguiente, en el discurso argumental, su concepto. Sería “discriminatorio” afirmar que existe una dualidad en la naturaleza humana: la persona varón y la persona mujer, distintos y complementarios. Las ciencias positivas, empero, demuestran que cada célula del cuerpo del varón es varonil, y cada célula del cuerpo de la mujer es femenina; la distinción se encuentra ya en el embrión recién concebido. Para decirlo platónicamente: las almas no caen en cuerpos equivocados.
La enseñanza eclesial sobre la homosexualidad está formulada con exactitud doctrinal y exquisito miramiento en el Catecismo de la Iglesia Católica (números 2357-2359). Se afirma allí que los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados, contrarios a la ley natural, y por tanto no pueden recibir aprobación en ningún caso. En varios pasajes de la Biblia se los presenta como “depravaciones graves”. Se reconoce asimismo en el Catecismo que “un número apreciable de hombres y mujeres presentan tendencias homosexuales profundamente arraigadas; esta inclinación objetivamente desordenada constituye para la mayoría de ellos una auténtica prueba”. Es, por ejemplo, el caso de Nicolás Lencke, el protagonista de la película, que suscita espontáneamente un sentimiento de aflicción, de cercanía y conmiseración. La advertencia que sigue ha de ser atendida seriamente: “Deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza; se evitará respecto de ellos todo signo de discriminación injusta” (¡Lo curioso es que se insinúa entre nuestros políticos la tendencia, que a veces se cumple, de discriminar a los heterosexuales!). La enseñanza de la Iglesia se dirige a todas las personas que experimentan aquella inclinación desordenada, las cuales están llamadas “a realizar la voluntad de Dios en su vida”, y si son cristianas a unir sus dificultades a la cruz del Salvador, empeñarse en el dominio de sí mismas y aspirar a la castidad empleando los medios por los cuales se recibe la gracia de Dios.
En la película comentada no se oye ni una sola vez la palabra “God”; Dios no es nombrado siquiera de paso, en una conversación convencional. Jean-Paul Sartre, el notable filósofo y escritor ateo del siglo XX, dijo: “Si Dios no existe, todo está permitido”, o sea que resulta imposible distinguir el bien del mal. Si fuera así, “nadie nos mira”. Pero no es así; alguien nos mira, el Autor de la naturaleza. Las más veces lo hace en silencio, y aun -si cabe la expresión- con una pena que no empaña su inalterable gozo. En el Salmo 52 el orante afirma: “Dios observa desde el cielo a los hijos de Adán, para ver si hay alguno sensato que busque a Dios”. San Agustín, comentando este pasaje, sugiere que al observarnos Dios nos ilumina y nos concede conocer, conocernos, pasar de la necedad a la sensatez.
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