Con dos obras recién salidas a las librerías, la novela “Shunga” y el libro juvenil “Todas las sombras son mías”, el escritor Martín Sancia Kawamichi captura universos lectores que podrían pensarse contrapuestos pero que su imaginario perturbador unifica en una misma escenografía donde se esparcen la violencia, el dolor y distintas formas de opresión que como espectros fantasmales retoman los tópicos de sus obras anteriores.
Luciérnagas, japoneses, zombies, geishas y montoneros se entremezclan en la inquietante cartografía de Sancia, autor de tramas que generan un desconcierto siempre ligado a la fascinación, ya sea cuando en “Hotaru” -ganadora del concurso Extremo-BAN!- decide revisar sus raíces genealógicas como cuando se inspira en la “shunga”, una derivación del arte japonés dedicada a exaltar prácticas sexuales para contar una fábula de traiciones, muertes y autodestrucción.
A pesar de los premios que apuntalan su oficio literario -hace tres años obtuvo el segundo puesto del Premio Sigmar de Literatura Infantil y Juvenil por “Los poseídos de Luna Picante” y acaba de ganar la categoría mayor del mismo certamen con “Todas las sombras son mías”- el escritor despliega el tiempo de escritura en las horas residuales que le deja su trabajo de empleado administrativo en una dependencia pública.
Por estos días celebra la módica visibilidad que le otorga la aparición en simultáneo de la novela juvenil recién distinguida y de “Shunga” (Evaristo Editorial), una obra con narradores múltiples que plantea en un clima de horror y ensoñación el destino de hombres déspotas o incapaces para el llanto y de un conjunto de mujeres que son víctimas de su hostigamiento, su violencia o su desaire.
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