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Séptimo Día |LITERARIAS
Esteban López Brusa: un limón con yerba y un pañal

En su nueva novela, El lecho, el escritor platense diseña un degradado que va de la periferia a la ciudad, cartografiando cada uno de sus bemoles y contrastes. Eminentemente literario, el abordaje se emparenta a la antropología social y toma distancia del burdo panfleto denuncista. Para ello, el autor apela al recurso de un narrador que se identifica con los personajes al punto de cederle su voz, como si fuese un ventrílocuo

Esteban López Brusa: un limón con yerba y un pañal
4 de Junio de 2017 | 07:42
Edición impresa

Por MAXIMILIANO COSTAGLIOLA

Subestimamos la superficie de las cosas pero ¿quién estaría dispuesto a zambullirse en un mar donde flotan desperdicios de todo tipo aun cuando le garanticen que en la profundidad el agua es cristalina y se encontrará corales y pececitos de colores?, podría ser una de las tantas preguntas con las que López Brusa interpela al lector en El lecho. Con las inundaciones, como con las crisis, los problemas recrudecen y afloran como boyas fosforescentes en un río marrón. Aunque no está explícito, la novela parece ambientada en la tristemente célebre inundación que ahogó la ciudad de La Plata en el año 2013. Pero esa referencia es intercambiable-y el autor lo sabe-, porque si bien aquella tormenta larga duración afectó tanto a la urbe como a sus extramuros, los tantos entre una y otros nunca se emparejan y porque en los últimos cualquier chaparrón puede transformase en una tragedia. Cuando el río crece, en la capital sobrenadan residuos, en los suburbios cadáveres. Por eso el dato es el estado de emergencia permanente de estos y no los metros cúbicos de agua acumulada, ni siquiera la catástrofe. Y la novela visibiliza esa fragilidad vitalicia del extrarradio como si le colocase un reflector gigante encima.

Aunque no está explícito, la novela parece ambientada en la tristemente célebre inundación que ahogó la ciudad de La Plata en el año 2013

Sin embargo, López Brusa no sucumbe en ningún momento a la estrategia fácil y demagógica de periodizar y pautar su relato conmutando la narrativa en una crónica social. Su personaje, la Daniela, no es una muestra ni un testigo; simplemente es uno más de esos seres anfibios que habitan en el lado oscuro de la ciudad y se desplazan desafiando cualquier hábitat y cualquier forma de previsión de la experiencia.

Prácticamente en único plano secuencia de un día, acompañaremos a la Daniela en su peregrinación del barrio a Punta Lara y después al centro, para regresar únicamente con su bebé y un agotamiento mineral. Sucede que en su vitalismo adolescente, la Daniela se desentiende de lo que era un trueque, cuidar a una bebé ajena a cambio de recuperar algunos bienes que perdió con el agua, para saciar su deseo múltiple y desbocado de maternidad. De ese modo deambulará por la ciudad con sus dos criaturas y el módico capital de una mochila con tres pañales y cien pesos.

Los protagonistas lejos de aparecer adelgazados en función de su condición social, se manifiestan atravesados por contradicciones, deseos y aspiraciones incompatibles

En esa biósfera las mujeres muestran una mayor capacidad de adaptación que los hombres, que parecen un holograma. Madres, amigas, vecinas, empleadas públicas y niños orbitan en torno a ese centro de gravedad todo terreno que es la Daniela. Una doble apuesta polifónica del autor: “hacerse hablar” por voces femeninas y por las distintas lenguas sociales que pueblan ese universo.

“Era otro mundo la feria que el barrio” nos cuenta el narrador, hurtándose a la pueril y gastada operación de homogeneizar e idealizar la pobreza, tan propia de algunas agrupaciones políticas y de tantos artistas. Allí donde muchos escritores, fotógrafos, músicos y cineastas divisan un llano, López Brusa ve una quebrada. Donde aquellos representan el Río de La Plata como un friso de playas seductoras prologando aguas bendecidas por el reflejo del sol o de la luna, este narrador, más incisivo y más plegado a la realidad de estas latitudes, lo condensa en “un limón con yerba y un pañal”, como aúlla la banda platense Crema del cielo en su tema Playa negra. Asimismo, los protagonistas lejos de aparecer adelgazados en función de su condición social -otra tentación muy frecuente en el gremio-, se manifiestan atravesados por contradicciones, deseos y aspiraciones incompatibles y, fundamentalmente, por una relación ambigua con esa sociedad que los expulsa: “Se le cayeron unas lágrimas desde las pupilas, espaciadas, comunes, tan comunes como que estaban llenas y vacías de su propia historia. Lo dicho no debe inducir a engaño y hacer creer que El lecho se inscribe en la línea de un realismo sucio. Como todo buen escritor, López Brusa hace explícito el artificio de la ficción y se desplaza hábilmente por los intersticios que dejan los géneros, habitando diferentes frecuencias, gambeteando la riesgosa comodidad de estabilizarse en un estilo y haciendo colisionar las distintas prosas que se alojan en la subjetividad.

Con estos recursos literarios y una historia tan pequeña como intimista, que nunca tropieza con la pretensión de volverse un universal de lo que narra ni muerde el anzuelo del golpe de efecto, López Brusa crea un personaje de una ternura inusitada en la literatura argentina.

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