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La aparición de robots es uno de los más recientes capítulos de la euforia tecnológica que recorre el mundo sembrando la idea de que botones, chips, teclados y pantallas van a traer la felicidad eterna, la inmortalidad y todo aquello que los seres humanos soñaron por milenios. Cada día se anuncia un nuevo robot. El que limpiará la casa remplazando al servicio doméstico y a la misma ama de casa, el que sustituirá al odontólogo, el que desplazará al cirujano, el que hará prescindible a los choferes y conductores, el que hará innecesarios los pilotos de aviones. Así no sería raro llegar a generaciones de robots que, simple y llanamente, convertirán en obsoletos a los seres humanos y los arrojarán al vacío convertidos en chatarra.
Entre tanto fanatismo tecnológico, no está de más hacerse un espacio de silencio, pensar y plantear algunos interrogantes. Por ejemplo: ¿quién comprará los productos fabricados por robots cuando estos hayan remplazado a la mano de obra humana en fábricas y talleres? Los operarios y técnicos desplazados estarán sin trabajo y, por lo tanto, sin medios económicos. A esta pregunta se suele responder con dos hipótesis. Una dice que aparecerán nuevos empleos. Puede ser. Pero no es lo mismo un nuevo trabajo que surge de la inspiración y a partir de una situación favorable, que otro que nace de la desesperación y la urgencia. Muchos de los nuevos trabajos que aparecen en este contexto suelen ser inferiores en calidad y en satisfacción existencial (no solo económica) a los perdidos. Otra hipótesis señala (con optimismo liviano de fundamentos) que esta situación ya se previó y, por lo tanto, se están creando nuevos mercados. Resulta inevitable preguntarse entonces por qué si hay dinero, disposición e ingenio para la creación de mercados, palabra placebo con la que se rigen destinos y políticas, no las hay para solucionar cuestiones acuciantes para la Humanidad como son el hambre, el cambio climático con sus consecuentes catástrofes ecológicas, la ausencia de políticas sanitarias, la carencia de viviendas. No parecen ser campos atractivos para las eufóricas innovaciones de las que se ufanan día a día los tecno fanáticos.
LA ECUACION AL REVES
Las que hoy conocemos como ciencia y tecnología nacieron hacia los siglos XVII y XVIII con el iluminismo y el racionalismo, corrientes de pensamiento que ponían a la razón y su luz en el centro del escenario e, influyendo en la filosofía, la política, las artes y las ciencias, consideraban que aquella podía ser el motor impulsor de una vida mejor para la Humanidad. Al calor de esas ideas, la tecnología tenía como norte ese mejoramiento, entendido en sentido profundo y trascendente. En su origen la tecnología estaba al servicio del hombre. Hoy se pareciera que la ecuación se ha invertido.
Con una lógica implacable, el semiólogo, filósofo y brillante pensador italiano Umberto Eco (1932-2016), a quien se deben obras invalorables como “Apocalípticos e integrados”, “Obra abierta”, “Construir el enemigo”, “El nombre de la rosa” y “El cementerio de Praga”, entre tantas otras, decía en el año 2000: “Mientras el siglo XX se acerca a su fin deberíamos preguntarnos si en realidad durante estos cien años hemos inventado muchas cosas nuevas. Todas las cosas que usamos cotidianamente fueron inventadas en el siglo XIX”. Eco se preguntaba esto en una de las numerosas columnas que llevan su firma y que fueron recopiladas en el delicioso y reciente libro “De la estupidez a la locura”. A continuación enumeraba algunas de las útiles invenciones a las que se refería. El tren, el auto, los barcos de vapor con propulsión de hélice, la arquitectura de hormigón armado, el rascacielos, el submarino, el subterráneo, la dínamo, la turbina, el motor diésel, el aeroplano, la máquina de escribir, la máquina de coser, el fonógrafo, el magnetófono, la heladera, las conservas en lata, la leche pasteurizada, el encendedor, el ascensor, la cerradura de seguridad, el lavarropas, la plancha eléctrica, la lapicera estilográfica, la estampilla de correos, el papel secante, la goma de borrar, el inodoro, el timbre eléctrico, el ventilador, la aspiradora (en 1901), la hoja de afeitar, las camas plegables, el sillón de peluquería, las sillas giratorias, el fósforo, el impermeable, el cierre relámpago, el alfiler de gancho, la bicicleta, las bebidas gaseosas, las ruedas con radio de acero y transmisión de cadena, el autobús, el tranvía eléctrico, el celofán, el celuloide, y pedía permiso para incluir también la iluminación eléctrica, el telégrafo, el teléfono, la radio, la fotografía y el cine. Además, recordaba la invención de una máquina calculadora capaz de efectuar sesenta y seis sumas por minuto, que sería una precursora de la computadora.
Las que hoy conocemos como ciencia y tecnología nacieron hacia los siglos XVII y XVIII con el ilusionismo y el racionalismo
Conviene recordar que se trataba del siglo XIX, lo cual no está de más, porque en medio del batifondo de la euforia tecnológica se tiende a creer que el mundo empezó hace unos minutos, con la aparición de las nuevas tecnologías, esas que aún no demostraron cuánto sobrevivirán en medio de la obsesión innovadora que arrastra como un alud a cualquier invento para darle paso al próximo sin que los usuarios lleguen a discernir si los necesitan o no, si les son necesarios o no, e incluso antes de que aprendan a usarlos. Esto ocurre cuando el hombre está al servicio de las premuras tecnológicas y no al revés, como era en un principio. Si nos permitimos recapacitar (costumbre en progresivo desuso en tiempos de fugacidad y urgencias) no tardaremos en advertir que toda invención tecnológica que perduró (la gran mayoría de las cosas enumeradas por Eco, además de las que podrían agregarse) lo hizo porque vino a responder a una necesidad. Con demasiada frecuencia la obsesión innovadora del presente suele vincularse mucho más con deseos que con reales necesidades, y con urgencias de los mercados antes que con verdaderas prioridades de las personas.
AGUANTE LA CUCHARA
Con su ironía característica Eco advierte que el progreso no consiste necesariamente en ir hacia adelante a toda costa y da ejemplos de cómo a menudo aparece la necesidad de regresar de tales saltos. En línea con ese pensamiento podemos advertir el retorno de los discos de vinilo y, con ellos, de los viejos tocadiscos que hasta hace poco muchos adictos tecnológicos miraban con desprecio y superioridad. El problema es que discos y tocadiscos son hoy mucho más caros (aun en términos comparativos) que entonces. O las carrocerías antiguas aplicadas a autos modernos. O toda la llamada moda “vintage”. Un “air bag” o un GPS en un coche de hoy son productos de la tecnología perecedera (pronto serán cosas viejas), pero ningún auto puede andar sin ruedas. El gran y milenario invento es, entonces, la rueda. Habíamos llegado al telégrafo sin hilos, recuerda el pensador italiano, pero la televisión por cable nos devolvió a la época del telégrafo con hilos. Y un ejemplo elemental: mientras el avión Concorde, que unía París y Nueva York en tres horas no existe más, por antieconómico y antiecológico, nada ha podido superar a la cuchara, el cuchillo y el tenedor a la hora de comer. De modo que antes de lanzarse ciegamente a adorar ciertas innovaciones, bueno sería preguntarse cuál será el costo humano de un impulso banal y perecedero.
(*) El autor es escritor y periodista. Sus últimos libros son "Inteligencia y amor" y "Pensar"
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