Patricia tiene 48 años y, con una voz que no puede ocultar la impotencia, se declara “harta”.
“Harta de rezar cuando abro la puerta para entrar o sacar el auto. Harta de hacer las cosas bien, pagar los impuestos y educar a mi hijo, para terminar viviendo con miedo”, dice. Harta, en definitiva, de los cuatro asaltos que sufrió en los últimos años y de la inseguridad que golpeó muy duro a su familia.
Harta de haber sido amenazada y saqueada de madrugada, mientras esperaba a que la atendieran en la farmacia de turno a la que fue a comprar un remedio para su padre. Harta de los tiros que le tiraron a ella, a él, y a dos de sus hermanos, porque fue de pura suerte que no hayan lastimado a nadie.
EN EL PEOR ESCENARIO
Según contó a este diario Patricia, todo sucedió minutos después de la 1 de la mañana de ayer frente a la farmacia de 54 entre 17 y 18, donde paró un utilitario en el que viajaban ella, sus dos hermanos y su padre.
“Recién habíamos salido del (Instituto del) Diagnóstico”, explicó, aclarando que habían estado allí durante unas cuatro horas “por un cuadro de neumonía que padece mi padre. Salió con fiebre y fuimos directamente a la farmacia”.
Ella, que iba en el asiento trasero, se encargó de bajar en la farmacia y acercarse a la ventanilla del turno, situación en la que estaba cuando observó que se le acercaban dos jóvenes con armas en la mano.
Recordó que uno avanzaba “pegado a la pared” gritando amenazas inentendibles, mientras otro hacía lo mismo, pero “más cerca de la calle”. Como en un acto reflejo, Patricia corrió hacia el vehículo donde estaban sus familiares, en un intento por escapar o buscar refugio, aunque cayó al piso antes de llegar.
Así la redujeron, igual que a sus hermanos (los dos bajaron para ayudarla) y a su padre, inmovilizado por el cuadro febril por el que terminaban de asistirlo.
Sin parar de amenazarlos, a los cuatro les quitaron las billeteras, los documentos y los teléfonos, antes de alejarse caminando hacia el coche donde los esperaba un tercer compinche.
Pero la fuga no fue tranquila, sino el momento de mayor tensión: “Mientras se iban con nuestras cosas nos apuntaron y tiraron a quemarropa tres veces”, recordó Patricia, todavía incrédula por el hecho de haber salido ilesos de semejante odisea.
Una vez que los agresores se fueron las víctimas quedaron en sock y desconcertadas. “Nos fuimos, pero después volvimos y nos encontramos con la policía, que había ido porque la llamó una vecina. Lo único que quería yo era que me dieran el remedio que necesitaba mi papá”.
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