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El último riff del monstruo sagrado

Por Redacción

Cuatro décadas de reflexiones sonoras sobre su repertorio y estilo inconfundible se condensan en la obra póstuma del guitarrista, cantante y compositor que cambió para siempre el mapa sonoro contemporáneo

Célebre por su incalculable aporte al surgimiento y la consolidación del rock’n’roll tanto como por su personalidad poco afín a otorgar concesiones, Chuck Berry hizo las cosas a su manera hasta su último disco, un conjunto de diez canciones que le tomó casi 40 años concluir.

El músico originario de Saint Louis, considerado ampliamente como el padre de la guitarra de rock -lo que virtualmente equivale a haber engendrado el movimiento entero-, había anunciado los planes para el álbum “CHUCK” el pasado octubre en su nonagésimo cumpleaños. La noticia adquirió aún más relieve cuando Berry murió, en marzo.

La inminente edición del material es un final apropiado para el maestro de la guitarra que mezcló blues, rythm’n’blues y música country en un sonido que dominó la década de 1950 y cambió para siempre el panorama cultural estadounidense, para luego ramificar su imaginario en escala global. Algunas de las nuevas canciones, como “Wonderful woman” y “Big boys”, tienen los mismos ritmos de sus éxitos más tempranos como “Maybellene” y “Roll over Beethoven”. De hecho, una de las nuevas piezas, “Lady B. Goode”, ofrece la perspectiva de la mujer abandonada en la letra de su emblemática “Johnny B. Goode”.

Para el hijo de Berry, Charles Berry Jr., su padre no encaró esta colección de canciones como un “legado” postrero. “Creo que este era simplemente su siguiente cuerpo de trabajo, sólo que le tomó mucho más tiempo lanzarlo que sus otros discos”, consideró Berry Jr, de 55 años. “Mucho tiempo” es apenas un eufemismo. Jim Marsala, quien tocó el bajo en la banda de Chuck por 41 años, reveló que había comenzado a trabajar en él poco después de lanzar el poderoso “Rock it”, en 1979.

Siempre marchando a su propio ritmo, Berry no tenía ninguna prisa. En los primeros ‘80 pasó diez años enteros grabando canciones, riffs para canciones, o cualquier cosa que le ocurriera.

Pero todo esto fue destruido en 1989, durante un incendio que devastó un estudio cercano a su casa en Wentzville, Missouri, un suburbio de Saint Louis.

En ese momento “no tenía nada”, recuerda su hijo: “así que construyó otro estudio desde las cenizas y volvió a trabajar, recreando y creando nueva música”.

Entretanto, Chuck continuó actuando, con conciertos que incluyeron presentaciones mensuales por casi dos décadas en Blueberry Hill, un recinto en otro suburbio de su ciudad de origen, University City, hasta los 88 años.

Marsala dirigía la banda, Charles Berry Jr. tocaba la guitarra, y el siempre impredecible -y a veces irascible- líder dominaba el escenario, llevando a sus compañeros cada noche en un viaje cuyas escalas no podían anticipar.

“El show era completamente improvisado”, rememora Marsala: “uno nunca sabía lo que iba a venir después. Solíamos empezar con ‘Roll over Beethoven’, ‘School days’ y ‘Sweet little sixteen’, y a partir de ahí él tocaba lo que se le antojase en el momento”.

Marsala se aseguraba de pararse a la izquierda de Berry para poder verlo mejor tocar y “saber en qué clave estaba”. Charles Berry Jr. sonríe al recordar esos espectáculos: “él estaba arriba del escenario y empezaba a hacer cosas; era como... ‘ok, simplemente síganlo hasta donde vaya’”.

“CHUCK”, el disco, fue un asunto de familia. Charles Berry Jr. tocó guitarra, al igual que su propio hijo, Charles Edward Berry III, quien cumple 23 años esta semana. Ingrid Berry-Clay, una de las tres hijas de Chuck, cantó y tocó la armónica y junto con su padre cantó en “Darlin’”, una balada con tintes country que resuena como un mensaje final para sus hijos.

“Querida, tu padre se hace más viejo cada año”, canta Berry en inglés: “los mechones canosos se notan más/ ven y posa tu cabeza sobre mi hombro/ mi querida, el tiempo se está pasando rápido”.

Como en los clásicos de Berry, un compositor imaginativo que prestaba especial atención a la sintaxis, el sentido y la pronunciación de sus palabras, la letra de “CHUCK” es por momentos poética y por momentos juguetona. “Big Boys”, en tanto, suena como sus tempranas odas a las apetencias de los adolescentes: “las chicas quieren quedarse y los chicos quieren jugar/ así que rocanroleemos hasta el amanecer”.

“El impacto de Berry en la música es evidente”, señaló Joe Edwards, propietario de Blueberry Hill y amigo cercano del músico: “pero el hecho de que él cambió la cultura alrededor del mundo al reunir a chicos negros y blancos a través de la música fue un logro aún más grande quizás. Es simplemente increíble la influencia que tuvo”.

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