Hay escasez de galanes. No hace mucho, cuando aparecían en escena los llamados “galancitos”, las chicas seguidoras se encargaban de mejorar el ánimo y el borderaux a sus preferidos. Eran tiempos de Mariano Martínez, Nicolás Cabré, Gonzalo Valenzuela, para citar algunos. Los tipos tenían su pinta y con un poco de gracia y altísima exposición televisiva atraían material femenino para felicidad del ego y la boletería. Pero algo pasó. La decadencia parece que llegó a todos los puertos. Hasta el estándar de los galanes ha debido aceptar que la pobreza se ha ido extendiendo en todas direcciones. El donjuanismo de hoy ha bajado la vara. La apostura ya no cotiza. Y la hombría ha sido acorralada por mil canallas que desfiguran a golpes su buena fama. Los nuevos seductores imponen un modelo de menor cuantía y atraen por saturación más que por encanto. Su éxito habla de nuevas tendencias y le aporta un dejo de frustración a la galanura de todos los tiempos.
Es como si lo masculino, tan vapuleado estos días, hubiera decidido guardar sus mejores exponentes y largar un ejército de debiluchos, dubitativos y poco románticos, que desmienten a esas muchachas de Serrat que soñaban con “ese hombre joven/ fuerte para ser su señor/tierno para el amor”. Cuando uno ve que Federico Bal y el Polaco son los modelos más requeridos por la revista del corazón y que por ellos hay peleas y abogados, la hombría siente que hay una sobre oferta de representantes devaluados. Bal y el Polaco son los nuevos paradigmas de una tribu que tuvo ejemplares que despertaban sorpresa y envidia. La escasez ha extendido los límites del buen gusto y de la seducción. El país ha ido moderando sus apetencias y la frase “es lo que hay” ya sirve para calificar casi todo. Estos dos conquistadores no tienen un cuerpo de adonis ni brillan por su ingenio ni poseen un currículum exitoso. Su fama se ha ido construyendo sin valores a la vista. Ni el humor ni el desparpajo ni la potencia física entran dentro de su bagaje. Su celebridad se apoya en una secuencia de desmentidas ante un tribunal que, en vez de juzgarlos, los proyecta. Es que la cosa está tan confusa que hoy, los que hacen, deben dejar su lugar a los que aclaran. Hasta el gobierno da la impresión que a veces avanza sólo para darse el gusto de poder retroceder. Bailando por un sueño por supuesto ha marcado el derecho de admisión de una fila de aspirantes que con dos o tres malentendidos arañan el estrellato. Esa es la aduana que autoriza a ventilar lo que sea. Hasta abogados y diputados van allí a pleitear por amores que piden más cámara televisiva que cámara nupcial.
En todas las épocas, el mundo del espectáculo tuvo a gente linda en el podio. La belleza física en los escenarios es algo más que un anzuelo. No vale la pena hacer nombres. Las pantallas siempre han necesitado de una silueta atractiva para encarnar su propuesta de ensoñadora. El arte es una forma de idealización que se lleva bien con lo llamativo. “Sólo los superficiales no juzgan por las apariencias”, decía Oscar Wilde, defendiendo el valor del aspecto. Dos de los grandes realizadores del cine del ayer –Leopoldo Torre Nilsson y Leonardo Favio- no dudaron en elegir a un par buenos actores con sobrada pinta para revivir a dos gauchos difíciles: Alfredo Alcón fue Martin Fierro con Nilsson y Rodolfo Bebán fue Juan Moreira con Favio. Gente linda con facón que halagaban el ojo y mejoraban al gauchismo. No fueron los únicos. La escena nacional tiene sobrados ejemplos de gente que subrayó con buena facha sus dones para la escena. Por eso, la sensación es que también el donjuanismo criollo va a tener que esperar por un nuevo semestre para ir ascendiendo. Al Polaco y a Bal los dejamos en suspenso, como suplentes de un equipo de galanes que por ahora pelea por el descenso.
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