Emma, se llamaba. Tenía 26 años y en su futuro se dibujaba la esperanza de ayudar a los otros salvando vidas, con su título de médica bajo el brazo. No pudo ser.
En su camino se cruzó un enajenado que la sometió junto a una amiga, a todo tipo de vejámenes antes de matarla. Y su compañera sobrevivió sólo porque simuló estar muerta.
Hoy, Emma es el triste recuerdo bañado en lágrimas de sus familiares y de sus amigos. Es el símbolo de la irracional violencia femicida a la que nadie parece poder ponerle freno.
No hay palabras para describir el dolor, el horror y la indignación que provoca el caso. Sólo queda la esperanza -pobre, pero esperanza al fin- de que se haga justicia con su homicida.
Las ató, las violó, intentó quemarlas, las acuchilló y finalmente las golpeó salvajemente con una pala. A la bestia acusada de tamaña irracionalidad, la policía lo detuvo un par de horas después, mientras dormía junto a su pareja, y una beba de un mes, en la casa lindera de donde se había consumado el femicidio. No hay palabras.
“María Emma, ya no puede soñar. La mató. No me la voy a volver a cruzar sonriente por la facultad o por el hospital (con su ambo azul, con el que la tengo grabada en la memoria), no voy a volver a escucharla nunca mas. Y su amiga, tiene que luchar por su existencia en una cama de un hospital donde ella también quería ayudar a la gente”, escribió en una dolorosa y sentida despedida, Priscila Zijlstra, compañera de estudios de Emma y de A.L., la joven que sobrevivió a la barbarie..
Hace poco más de un año la Argentina se conmovió de un extremo a otro con la primera marcha del colectivo #NiUnaMenos. Fue un grito que, se supuso, había sacudido los cimientos de una sociedad que se negaba a tomar conciencia de la brutalidad de los ataques de género.
Pero poco y nada cambió. Mujeres asesinadas por sus parejas, quemadas. Vidas arruinadas, vidas perdidas. Gritos y pedidos de auxilio que nadie pareció escuchar. Ruegos que llegaron a las tapas de los diarios, a las redes sociales, pero que de poco han servido.
A las mujeres, a nuestras mujeres, las de este país, las siguen matando. Víctimas de sus ex parejas, parecía se el patrón de conducta. Y así fue, hasta hace poco.
Ahora, en este 2017, el panorama se agrava. Sólo en lo que va de julio, hubo diez casos como el de Emma en el país. Y los victimarios ya no son sus parejas. Las crudas y frías estadísticas que reflejan las crónicas periodísticas indican que las víctimas son cada vez más jóvenes y que en los ataques que sufren cada vez hay un mayor componente de violencia sexual.
“María Emma, ya no puede soñar. La mató. No me la voy a volver a cruzar sonriente por la facultad o por el hospital (con su ambo azul, con el que la tengo grabada en la memoria), no voy a volver a escucharla nunca más”
Hoy son caras que nos conmueven. Historias que nos duelen pero que, como tantas otras veces, poco a poco pasarán a engrosar la lista de olvidadas por la gente.
¿Cuántas Emma hubo ya? Hago un esfuerzo. ¿De cuál se acuerda?
Tal vez, este sencillo ejercicio de la memoria sirva para demostrar que no basta con marchar. Que el #NiUnaMenos que una inmensa mayoría abrazó como definición propia, debe ser mucho más que seguir la corriente de cambiar el icono en una red social.
La lucha contra el femicidio es una batalla mucho más difícil. Es cultural, es educativa. Es responsabilidad de todos. Podemos abogar por cambiar las leyes. Incluso, podemos lograr cambiarlas, pero mientras no se tome verdadera conciencia de la tragedia femicida, será cuestión de esperar por otras Emma.
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