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La soberbia

Por Redacción

Escribe Monseñor DR. JOSE LUIS KAUFMANN

Queridos hermanos y hermanas.

El pecado de la soberbia es el “apetito desordenado de la propia excelencia” (Sum. Theol. II-II q. 162 a. 2). El que es soberbio procede, explícita o implícitamente, como si fuera el causante, dueño y señor de sus condiciones y cualidades, aun exagerándolas. El libro del Eclesiástico afirma: “La soberbia es odiosa al Señor y a los seres humanos… ¿De qué se ensoberbece el que es polvo y ceniza, si aún en vida sus entrañas están llenas de podredumbre?” (10, 7 y 9).

La mayor soberbia es la de quien rechaza toda dependencia y pretende ser igual a Dios (cf. Gén 3, 5), y le resulta abominable que lo humillen (cf. Eclo 13, 20). Es un delito de extrema gravedad y “padre” de todos los pecados. La soberbia - apetito de la propia excelencia - es como el principio de todo pecado. Así, engendra la presunción, la ambición, la vanagloria, la ostentación, el egoísmo, la hipocresía y muchísimos otros; además dispone a la lujuria, a la infidelidad, a la avaricia, la envidia, la ira, la gula, la pereza… Pero, las consecuencias remotas de la soberbia son: el empecinamiento en las ideas falsas, a sabiendas que son falsas, la discordia, los juicios temerarios, la desobediencia, las murmuraciones y las calumnias…

El Salmo 31 [30] finaliza proclamando: “Amen al Señor, todos sus fieles, porque Él protege a los que son leales y castiga con severidad a los soberbios”.

En la doctrina cristiana se condenan las manifestaciones de soberbia, como el orgullo hipócrita del que todo lo hace para ser visto (cf. Mt 23, 5) y que tiene su corazón corrompido (cf. Mt 23, 25-28); o el que se considera superior a los demás y se atribuye virtudes que no tiene, como Jesús refiere en la parábola del fariseo y el publicano (cf. Lc 18, 9-14).

También Jesús enseña a la multitud la necesidad de cultivar la virtud opuesta a la soberbia: “que el más grande de entre ustedes se haga servidor de los otros, porque el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado” (Mt 23, 11-12).

La soberbia es, de suyo, un pecado grave o mortal, si bien admite parvedad de materia. No es exagerado afirmar que es el más grave de todos los pecados, porque se dirige directamente contra Dios, superando a los demás pecados en la aversión a Dios, que es el elemento formal del pecado. Es el pecado cometido por el Diablo o Satanás y los primeros seres humanos.

El Salmo 31 [30] finaliza proclamando: “Amen al Señor, todos sus fieles, porque Él protege a los que son leales y castiga con severidad a los soberbios”.

El mejor antídoto para los soberbios - ¡que son tantos! - es la práctica habitual de la humildad. La Virgen Santísima, dando gloria a Dios por sus obras en Ella, declara que Él “miró con bondad la pequeñez de su servidora… y dispersó a los soberbios de corazón” (Lc 1, 46 s).

El camino de los soberbios, de los arrogantes, de los que están asociados a todo mal, termina en la tortura de la desgracia eterna; mientras que el sendero de los humildes, de los que no buscan figurar ni aparecer, de los que no se vanaglorian, conduce y se corona en la felicidad sin fin de la Vida Eterna.

Todo el que sea soberbio puede sanarse, si lo quiere y si responde con pronta generosidad al Amor de Dios. Ante todo ha de convencerse de su propia indignidad, de su condición de pecador, de su fragilidad y de la perversidad del vicio de la soberbia; luego ha de contemplar el anonadamiento de Jesús, que “se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de Cruz” (Filip 2, 8), como también de la Virgen Inmaculada y de los santos; y empeñarse con responsabilidad a vivir según las enseñanzas del Evangelio.

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