Una artista que parece salida de una película de David Lynch, que todo lo transforma en figuras de oro.
1.
La voz de un padre alzándose en la oscuridad. Es una voz que crece y carga violencia y alcohol y a medida que retumba en las paredes de la casa, es como si el emisor se volviera más loco, por el propio sonido de sus gritos, por el eco del odio.
La nena en su cuarto lo sabe porque lo vive todos los días: En cuanto dejen de alcanzarle las palabras y se termine la botella, esas palabras ya no golpearán las paredes sino otra cosa. Y en la oscuridad de su cuarto se baja de la cama, se pone el saquito de lana y los zapatitos y agarra sus dos libros de cuentos.
Escapa de los gritos de su padre por la puerta de atrás de la casa. Es una noche sin estrellas. El frío lastima la piel. La acompaña su perro. Caminan por la calle iluminada por faroles amarillos. El perro al lado de ella parece un caballo. Se meten en un campo en las afueras de City Bell. Le pregunta a su perro si quiere que le cuente un cuento. El perro no le contesta pero ella sabe que quiere que se lo cuente porque cuando lo acaricia le chupa la mano. Y entonces ella empieza con el Había una vez…
Y así empieza esta historia.
La historia de Sandra Altinier.
2.
Varios espejos con los vidrios rotos. Todos los espejos tienen marcos dorados. El color del oro predomina y ciega. El brillo y la música que flota en ese ambiente hace que todo sea como un pesado sueño. Unas letras sobre una pared de la habitación forman las palabras “Esencia divina”. Hay un vitral muy antiguo de colores y en el techo se ven las grietas, el yeso caído por algunas partes, se ve la madera, hay hojas verdes que brotan desde las grietas de las paredes y flotan y trepan por todo el lugar. Hay dos maniquís con vestidos largos. Uno rojo y uno negro. Es un lugar mágico y tétrico y misterioso y hay muchas palabras más para definir lo que esto, porque esto puede ser muchas cosas, y a la vez ninguna. Varias sillas tapizadas. Pintadas de color dorado. En la habitación contigua tiene el taller. Algunos marcos de cuadros dorados, aunque hay uno también plateado. Flota un aire de película, como si fuera una escena lyncheana de Blue Velvet, porque Sandra, Sandra es como un personaje, como Isabella Rosellini, pero de estas diagonales, de este espacio y de este tiempo. Tiene un vestido largo y rojo y con una rosa bordada y el pelo negro recogido. Veo unas ratas en el piso. Unas ratas de oro sobre un reloj dibujado entre las baldosas. El tiempo y las ratas y el oro. Intento descifrar el mensaje pero no me da la cabeza. Estoy como volado, extasiado. No entiendo. Hasta que Sandra me mira y me habla.
3.
“Buscaba casas abandonadas porque tenía muy poco dinero. Llegué a un arreglo con los dueños para pagar un bajo alquiler y me vine a vivir a acá y me puse mi taller. La casa se llovía por todos lados. Ese sueño de artista era un sacrificio inmenso. Y ahí fue cuando llegó la Virgen de las Cenizas, del Teatro Argentino. Me la trajeron para que la restaurara”. Ella me muestra las fotos de la virgen en un cuaderno dorado. Hay fotos del Papa Francisco con un marco dorado de fondo. Es un trabajo que hizo hace unos años. Pero vuelve a lo de la virgen, me cuenta del proceso de restauración; dice que esa virgen pertenecía a la ópera Tosca y que es la más importante de nuestra ciudad, que la sacaron en procesión cuando se quemó el Teatro Argentino, pero que luego estuvo abandonada en uno de los pisos del subsuelo durante mucho pero mucho tiempo. “Me la trajeron y ella estaba toda maltratada, mojada, y eso nos unió porque yo me sentía así”.
4.
“Mi camino es de oro desde que yo soy muy chiquita, el oro va llevándome a donde me tiene que llevar. Yo de chiquita tenía nada más que dos libritos: uno de Egipto y otro de la Alhambra. Fui muy golpeada por mi padre en mi infancia, pero aun así, veía todo dorado, yo sentía que no, que había otra vida, y que era de oro. En mis meditaciones veo todos símbolos, y yo no entendía qué eran, yo veía águilas de oro, escaleras de oro, era todo de oro. Y lo empecé a tallar, para poder mostrarle a otros lo que veía”.
5.
“Todos mis trabajos tienen un sentido. El marco que le hice al papa Francisco es sobre la virgen Desatanudos. Yo iba a ver a esa virgen en el barrio porteño de Agronomía, íbamos con mi pareja cuando yo tenía a mi hijito en la panza, y un día a mí me toca perderlo todo, a mi hijito, a mi hombre. Y yo le preguntaba a la virgen cómo me hacés perder todo. Y un día, cuando él ya se estaba muriendo, me dijeron, hay un marco que tenés que hacer, es para el Papa Francisco. Y pegué cada lámina de oro con un amor, por mi hijo, por mi hombre. Un día me llaman y me dicen ‘Mirá tu marco, mirá al Papa, mirá a Cristina’, porque en este momento Cristina se había juntado con el Papa y fue cuando salió el marco que había hecho. Mis hijas me decían que estaban orgullosas de mí, y yo les decía que las estaba matando de hambre, que les hacía faltar de todo, pero yo siempre fui fiel a mi don, este es mi don, yo tengo que hacer lo que estaba haciendo”.
6.
“Para mí el oro es humildad, porque humildad es cumplir con tu don y tu destino. No importa cómo estés vestido o qué auto tengas; hay gente que se piensa humilde porque usa zapatos viejos, pero para mí humilde es cumplir con tu don, con lo que elijas. El oro en los alquimistas es la transformación”.
7.
A fin de mes Sandra se tiene que ir del mágico taller donde está ahora. Van a demoler esa casa y van a hacer un edificio. “Esta casa que me habita se va a demoler, no va a existir más. Existimos juntas. Vinimos abandonadas las dos. Yo sin un mango. Por eso algo mío va a quedar siempre acá. Espero que mi paso por la ciudad haya dejado algo”.
8.
Y para cerrar quiero recordar a Sandra como la vi esa mañana helada de invierno. Fue hace unos años atrás, un sábado. El sol le pegaba en todo su cuerpo. Ella era un cuadro. Lo vi. Lamenté dibujara para la mierda sino la hubiera bocetado. Estaba con un vestido largo. Sentada en la puerta de una casa antigua. El peinado de la noche anterior. O de esa mañana. Mirando al sol. La mirada perdida, pero satisfecha. Con el arte en la carne, flotándole como aura. Comiendo un paquete de criollitas. Ella, como la postal de una artista que cree que su don, su arte y su destino, nunca deben brillar más que para nosotros mismos.
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