Por: Alejandro Castañeda
Mail: afcastab@gmail.com
Periodista y crítico de cine
Los animales a su manera comentan la actualidad y transportan amenazas y moralejas. Piquetes de perros salvajes, murciélagos peligrosos y un mono rebelde dejaron ver otra cara de un escenario donde sobran rabia y mordidas. El final de los zoológicos les dio nuevos aires a una animalada que tiene más protectores que nosotros. Los monos han hecho carrera en circos y jaulas. Quizá Lincho, el mono de Quilmes, buscó un escenario ajeno para renovar público. Estaba harto de la gritería futbolera del dueño de casa. ¿Lo bautizó lincho en recuerdo de algún referee? Cuando descendió el equipo cervecero, la cosa se puso tan espesa, que el mono decidió irse solito en busca de repechaje. Lo suyo fue un acting libertario y tribunero, con vecindario y cámaras a su merced. La familia lo reclamaba, pero cuando lo quisieron llevar a casa, Lincho mostró su temple. Trataron de sobornarlo con novia y banana, pero el primate sabe que la cosa no está para andar recibiendo coimas la luz del día. A la oferta multicultural de hembra y comida, viejo truco de los captores de siempre, respondió con una negativa. En esa negociación se lo vio digno, célibe y rechazando limosnas, que más de un cura quisiera.
Lo de los perros salvajes del extremo sur es otra cosa. En Tierra del Fuego dice que son una jauría que viene huyendo del desorden santacruceño, tierra de mordidas, si las hay. Prefirieron hacerse cimarrones antes que andar llorando por un hueso, como hace su gobernadora. Estos perros raros emigraron en busca de revancha. Se los ve llegar bien organizados, siguiendo a una ovejera presentable que les marca territorio y modales. Aprendieron que, si quieren sacarse las ganas, hay que alborotar la calle. Y usan dientes y ladridos para señalar culpables y darle fuerza a sus urgencias. No tienen rabia. Todavía. La nieve temprana los va dejando con pocas chances de obtener alimentos y calma. Pero el malón va por todo. El intendente de Ushuaia por las dudas se atornilló en su despacho. Le teme, como otros intendentes, más a los votos que a los mordiscones. Los perros patagónicos se han alzado porque saben que en esa región siempre sobró plata. Y que el festival de las mordidas reservó los huesos para cuchas preferidas. Los perros fueguinos adquieren hoy el sesgo amenazante que le enseñaron los hombres. Unos y otros se potencian en busca de una identidad grupal que los reconozca y les dé número, sigla y futuro.
La nueva apoteosis del bicherío quiere decirnos que los humanos ya no vienen como antes. Y esta semana, por aquí nomás, hubo demostraciones con mensajes. Murciélagos con rabia anduvieron por Tolosa. El temor es que contagien a perros y gatos. Fue en el barrio El Churrasco, un nombre que invita a la mordedura. Reaparecieron de golpe. Andaban tranquilos, rosqueando y yendo de una ventana a otra. Pero justo esa semana, cuando aparecieron los candidatos de las PASO, los murciélagos se pusieron rabiosos. O sea.
No fueron los únicos. Dos jubilados anti sistema se hicieron sentir. Uno se pegó un balazo en la ANSES y el otro atropelló con su auto a la Casa Rosada. El hombre desafió la sede presidencial para demostrar que todo poder es vulnerable. Sabe que sus ocupantes tienen fecha de vencimiento. Y que sólo los bustos de los ausentes se referencian con una perpetuidad que todo lo demás desmiente. El tipo salió una noche con viejo Renault 19 y se mandó como si conociera el camino. “Me voy a guardar el auto a la Casa Rosada”, dijo. Y nadie le creyó. Buscaba algún ministro de turno para que le recetara unos comprimidos. Ansioso por salir en TV, el supremo tribunal de estos días, imaginaba que su maniobra le iba a deparar pantalla y fama. Pero nada, sólo demostró que la seguridad, tan escasa y prometida, debe esperar otro semestre. Un cuidador, que sólo se cuida a sí mismo, se acercó hasta donde pudo y un rato después decidió actuar.”¿Quién pidió un remís?” gritó en el desolado patio de Las Palmeras. La Rosada sabe de atropellos, de noches con sorpresas y de intrusos. Pero la novedad fue la aparición de este jubilado destituyente a la hora de los murciélagos. Como quería devolverle visitas domiciliarias al presidente, fue a timbrear a la casa del gran timbreador. Sin bocina ni pompa, llegó hasta el trono de Cambiemos para demostrar que todo reinado es vulnerable. Y que, los que tienen que cuidarnos, al final no cuidan nada.
No caigamos por eso sobre las bestias. Todas sus mañas, aun las peores, se la copiaron al hombre. O andamos con rabia, o somos un mono caprichoso, o somos perros desesperados por comida. “Caímos en la selva, hermano”, decía Chico Novarro. El miedo nos obliga a vivir con jaulas y ladridos. ¿Seremos como el mono quilmeño? No creo. Si vienen con milanesas y novias, “negociemos”, como decía el Mendieta.
Aparecieron en el barrio tolosano El Churrasco, buen nombre para la mordedura. Justo esa semana, cuando aparecieron los candidatos de las PASO, los murciélagos se pusieron rabiosos. O sea.
A la oferta multicultural de hembra y comida, el mono quilmeño le dijo no. En esa negociación se lo vio digno, célibe y rechazando limosnas, que más de un cura quisiera.
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