Escribe Monseñor DR. JOSE LUIS KAUFMANN
Queridos hermanos y hermanas.
La avaricia, que es uno de los siete pecados capitales, es un vicio que puede ser origen u ocasión de otros delitos, según ya lo indicaba Virgilio (poeta romano del primer siglo antes de Cristo) en una de sus obras, la Eneida; aunque san Pablo - con mayor autoridad - afirma “la avaricia es la raíz de todos los males, y al dejarse llevar por ella, algunos perdieron la fe y se ocasionaron innumerables sufrimientos” (1 Tim 6, 10).
Santo Tomás de Aquino dice: “Se llaman hijos de la avaricia aquellos vicios que se derivan de ella a través del deseo de realizar el fin que ella persigue. La avaricia, por ser un amor excesivo de poseer riquezas, peca por un doble exceso. Primero, reteniendo las riquezas. Así causa la dureza de corazón, en cuanto cierra su corazón a la compasión y no socorre a los necesitados con sus dineros. Peca, en segundo lugar, la avaricia adquiriendo sus riquezas. Desde este punto de vista, se puede considerar primeramente en la avaricia el afecto interior. Bajo este aspecto, ella engendra la inquietud, es decir, la demasiada solicitud y cuidados vanos, porque ‘el que ama el dinero - dice el Eclesiastés - nunca se ve harto de él’. También puede considerarse el efecto exterior. Entonces el avaro se vale muchas veces de la violencia y del engaño para apropiarse de los bienes ajenos. Si dicho engaño lo realiza con palabras, tenemos la mentira; y si lo apoya en un juramento, el perjurio. Si, en cambio, el engaño va en las obras, resulta el fraude en la acción y la traición contra la persona, como Judas, que entregó a Cristo, por avaricia.” (II-II, q. 118, a. 8).
Jesús exhorta: “Cuídense de toda avaricia, porque aun en medio de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas” (Lc 12, 15)
La avaricia, entonces, es un apetito desordenado de bienes materiales. Por un lado induce a la tacañería, restringiendo las erogaciones razonables o haciéndolas con disgusto; asimismo induce a la codicia, que trata de acumular más y más riquezas por razones egoístas.
Este vicio pone en riesgo la observancia de la justicia y se opone a la caridad y a la Misericordia.
Las riquezas en sí mismas no son malas sino que es malo y pernicioso el apego desordenado a ellas y el mal uso de ellas.
Jesús exhorta: “Cuídense de toda avaricia, porque aun en medio de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas” (Lc 12, 15); y finaliza la posterior parábola del rico insensato afirmando: “Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios” (Lc 12, 21). Y en otra ocasión enseña: “No acumulen tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los carcomen, y los ladrones perforan las paredes y los roban. Acumulen, en cambio tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que los consuma, ni ladrones que perforen y roben. Allí donde está tu tesoro, estará también tu corazón” (Mt 6, 19-21).
San Pablo, por su parte, asegura: “¿Ignoran que los injustos no heredarán el Reino de Dios? No se hagan ilusiones… ni los ladrones, ni los avaros… heredarán el Reino de Dios. Algunos de ustedes fueron así, pero ahora han sido purificados, santificados y justificados en el Nombre de nuestro Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios” (1 Cor 6, 9-11).
Los remedios contra la avaricia no son fáciles; pero lo fundamental es vivir el espíritu de la primera bienaventuranza y de todo el sermón del monte: pobreza de espíritu (cf. Mt 5, 3)
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