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La venganza tiene precio. Sesenta mil pesos le costó el dolor y la rabieta a una esposa despechada. En Mendoza donde se desplegó esta historia amorosa entre un cliente del banco, una empleada y una esposa descontrolada que quiso escrachar a la amante y al final tuvo que poner perdón y plata.
Está visto que las largas esperas en sede bancaria no sólo permiten la contemplación sino también el juego de miradas seductoras. El tipo la estuvo relojeando mientras la pantallita con los turnos avanzaba a paso lento. Repasaba el fajo y miraba complacido a esa empleada sonriente. De a poco aprendió a disfrutar de esa demora. Sintió que lo atraía esa muchacha bien dotada a la que vio desenvolverse con dulzura entre formularios y reclamos. No es fácil enamorarse en un lugar así. Aunque en todo banco hay siempre una empleada que tiene al contador muy pendiente de sus tesoros. La esperó a la salida y la invitó a un café. Ella aceptó. Fue un romance a todo trapo. Le dijo que era divorciado. Pero como las bancarias siempre exigen comprobantes, él le presentó su nuera y su hija. Después le prestó una cochera. El romance se afirmaba. Pero todo acabó cuando la dueña del hombre y de la cochera volvió de España. Como toda esposa, lo primero que hizo fue un inventario. Y allí descubrió faltantes. Y la bancaria sabe lo que duelen los descubiertos. La novela rosa se convirtió en film de terror. El divorciado no la esperó más a la salida del banco. Y el portero le pidió la llave de la cochera y le avisó que ni se le ocurriera aparecer por el departamento. La esposa viajera estaba como loca. Cuando el hombre le confesó su affaire, lo primero que hizo fue prohibirle el banco. Ni cheques lo dejaba hacer. Rearmada de furia, alentada incluso por la actitud de su obediente marido, la recién llegada dobló la apuesta. No se sentía segura. La bancaria había movido los fondos de un matrimonio con poco circulante y muchas transferencias. La vio tan atractiva que decidió hacer justicia por mano propia. Primero le empezó a mandar amenazas. No le bastaba recuperar estacionamiento y esposo. Después decidió escracharla en el banco, el templo de todas las trampas. Y fue allí, sacada y llorosa. La difamó en medio del gentío y hasta le pidió al gerente que la echara porque usaba el escritorio para armar citas con cualquiera.
La jueza se puso en el lugar de las dos. Fue la empleada deslumbrada por ese amor que la transportaba más allá de sumas y restas. Pero también recordó que a ella también alguna vez le quisieron ocupar la cochera
Todo acabó cuando la dueña del hombre y de la cochera volvió de España. Como toda esposa, lo primero que hizo fue un inventario. Y allí descubrió faltantes. Y la bancaria sabe lo que duelen los descubiertos
Pero la amante recurrió a la justicia y la jueza Rosana Moretti puso las cosas en su lugar. Lo de señora ofendida no da permiso para armar un show agraviante. La viajera se amparaba en su dedicación familiar para tratar de darle nobleza a sus patoteadas. Aún con cochera y cónyuge recuperado, siguió atacando a esa bancaria de buen legajo que se había esforzado en atención al cliente. ¿Pero hasta dónde puede llegar el despecho? ¿Cuándo se acaba el derecho de las víctimas? La esposa engañada sintió que la integridad hogareña estaba antes que nada. Y que su rol de dueña de casa la ponía a salvo de cualquier exceso. Pero el fuero Penal la obligó a pedirle perdón a la amante de su marido. Y el Civil, a entregarle 60 mil pesos como reparación por su alboroto bancario.
¿Cómo siguió esta historia? ¿Qué fue del infractor? ¿Qué rol jugaron hija y nuera a la hora del blanqueo? ¿Qué hacía este donjuán amilanado mientras la señora ensayaba el escándalo? Hay una cultura del escrache que autoriza a ir más allá de cualquier cosa. Los lastimados creen que tienen vía libre para hacer valer su rol de sufridos. Y lo de la cochera ocupada fue la metáfora de un amor matrimonial que se iba desocupando. La que se fue a Sevilla estuvo a un tris de perder algo más que la silla. El fallo de la jueza no duda de la buena fe de esta amante. Y los 60 mil pesos que pagó la señora por haber prestado esposo y estacionamiento, es una tarifa que más de un vengativo deberá tener en cuenta. La empleada, según consideró la justicia, no chantajeó. Ponderó como un lapsus ilusorio su temporadita con ese divorciado fugaz. Se enamoró, le creyó. No es delito. Desde su escritorio había aprendido que hay varones con cuentas pendientes. Y ahora puso entre los incobrables a este cuyano arrepentido. La jueza habló de “impacto espiritual” para calibrar el costo del daño. Una amante indemnizada es un llamado de atención para cónyuges traicionados. Es cierto, el sigilo ya fue. Todo es estruendoso y a la luz. Nada de lagrimear entre los pasillos pidiendo explicaciones al infiel. Pero eso sí, hay que cuidarse y no excederse, para no tener que pagarle 60 mil a la odiada. ¿Es justo? Es muy difícil tarifar la desdicha. La jueza se habrá puesto en el lugar de las dos. Fue un rato la empleada deslumbrada por ese amor que la transportaba más allá de sumas y restas. Y en otro momento, recordó que a ella también alguna vez le quisieron ocupar la cochera. La declaración de la bancaria ante la doctora Moretti fue concluyentes: “Cuando él entraba al banco, pensaba sólo en Ganancias; pero la tarde que irrumpió ella, me acordé de Ingresos Brutos”.
(*) Periodista y crítico de cine
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