Cualquier intento de ayudar a quien se encuentra en una situación vulnerable merece todo el respeto. Y suma valor cuando se trata de una mano que se tiende a personas en extremo indefensas como lo son los niños. Sin embargo, aunque esos gestos despiertan admiración ponen a la vez al desnudo las profundas desigualdades sociales que genera un sistema en el cual el Estado está ausente y deja librada su deuda al esfuerzo de iniciativas particulares impulsadas por la sensibilidad y el amor al prójimo.
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