Decir que el ritmo de vida que lleva la mayoría de la gente en las ciudades es acelerado y estresante no es nada nuevo. Como máquinas productivas, terminamos durmiendo menos, trabajando más y nutriéndonos mal, lo que se transforma en un caldo de cultivo para varios trastornos de la salud.
La teoría básica de los médicos y especialistas se basa en tratar de descansar más, no comer determinados alimentos y algunos recomiendan medicamentos o suplementos nutricionales para que podamos rendir.
Pero cada persona es distinta, y si bien coincidimos en muchísimos parámetros, todos tenemos ciclos vitales distintos que habría que conocer y respetar para “funcionar” mejor.
Por ejemplo, los ciclos juegan un papel determinante en la naturaleza y la humanidad ha tratado de conocerlos y procurar adaptarse a ellos desde tiempo inmemorial, ya sea para sembrar o recoger cosechas, poner en práctica técnicas terapéuticas o regular los períodos de trabajo y descanso.
Hesíodo, Aristóteles, Galeno y médicos árabes del medievo escribieron sobre el carácter rítmico de los procesos vitales, todo ello conectado con saberes tradicionales que contemplaban la naturaleza como un todo integrado y que se han perdido o alterado al reducirse las ciencias a los aspectos meramente materiales.
Cronobiologia
A partir de experimentos realizados en el siglo XVIII por el astrónomo Jean Jacques Dortous De Mairan y continuados posteriormente por Christoph Hufeland, William Ogle o, ya metidos en el siglo XX, por Colin Pittendrigh y Jürgen Aschon, fueron sentándose lentamente las bases de una nueva ciencia denominada cronobiología.
La cronobiología estudia un complejo sistema compuesto por tres elementos: multitud de ritmos biológicos de diferente duración y características; relojes biológicos integrados en los seres vivos; y sincronizadores externos denominados zeitgeber (dadores de tiempo, en alemán).
El ciclo básico es el llamado circadiano por aproximarse a una duración de 24 horas, pero todos los animales y plantas, y probablemente todos los seres vivos, poseen ritmos biológicos de distintas duraciones, desde fracciones de segundo hasta años.
Otro ritmo de gran importancia para la salud es el seleniano, referido a la semana como cuarta parte del ciclo lunar, que señala un día de descanso por cada seis de trabajo, y que fue establecido en tiempos remotos como una forma de adaptarse a los ritmos cósmicos en busca de equilibrio y bienestar.
¿Donde esta el reloj biologico?
En la década del `70 se localizó por primera vez físicamente el reloj biológico de los mamíferos, seres humanos incluidos: consiste en dos pequeños núcleos formados por miles de neuronas y situados en la base del cerebro por encima del quiasma óptico donde se cruzan las fibras de los nervios que llevan la información visual.
Estos núcleos reciben información de la luz recogida en las retinas, la procesan y la envían a una compleja red integrada por los sistemas inmunitario, endocrino, termorregulador y neurológico, favoreciendo así la sincronización entre el ritmo externo y el interno.
Un papel clave en esa sincronía lo juega la glándula pineal, sexto chackra o tercer ojo en la tradición hindú, ojo celestial en la china y ojo de Horus en la egipcia, todas ellas haciendo alusión a su conexión óptica.
Este reloj circadiano básico se conecta con numerosos relojes sectoriales repartidos por tejidos de todo el cuerpo: hígado, pulmones, timo, bazo o células sanguíneas. Su importancia es tan grande que se desarrolla antes del nacimiento a partir de su sincronización con el reloj biológico materno.
El sensor pineal
La glándula pineal recoge información de la luz, del campo magnético terrestre y de otros campos originados por líneas de alta tensión o telefonía móvil, lo que le confiere un papel determinante en la salud.
La cronoterapia, la musicoterapia y la sonopuntura se basan en parte en sus funciones.
Por último, los zeitgeber son estimuladores exteriores que funcionan sincronizándose con los relojes internos de los seres vivos: temperatura, interacciones sociales, manipulaciones farmacológicas o, el más potente de todos, la luz. La cronobiología añade así elementos nuevos al estudio de las enfermedades y de la forma de tratarlas y prevenirlas.
Surgió así el cronodiagnóstico que, entre otras cosas, propone realizar mediciones regulares en lugar de puntuales para realizar diagnósticos más precisos. O la cronofarmacología, que coordina la periodicidad de los tratamientos con el reloj interno para aumentar su eficacia o disminuir los efectos indeseados.
En última instancia no hay trastorno que no esté de algún modo relacionado o influenciado por estos ciclos. Conocerlos y procurar sincronizarnos con ellos, y en general con los ritmos de la naturaleza, tendrá indudables beneficios para nuestra salud.
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