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Oficios de buena madera

Karina planificando el proceso de reparación.
Karina planificando el proceso de reparación.
Coito aplica un pegamento especial para arreglar una silla.
Coito aplica un pegamento especial para arreglar una silla.
Leandro comienza la fabricación de un instrumento de cuerda.
Leandro comienza la fabricación de un instrumento de cuerda.
Vargas y sus Udus.
Vargas y sus Udus.
En el taller de Cecilia la colaboración es grupal.
En el taller de Cecilia la colaboración es grupal.

Por Facundo Arroyo

Hay manos que convierten la supuesta basura en un elemento del cotidiano. Sin presencia publicitaria, sostienen su rutina atareados de pedidos. Luthiers, reparadores de muebles y aparatos de sonido, mecánicos y ceramistas desafían la rapidez del mercado y reviven lo deshecho

Hay oficios en la ciudad que forman parte de grandes secretos, y que a su vez han sido reconocidos durante los últimos años. La mayoría de ellos están protagonizados por personas envueltas en un manto de surrealismo práctico. Restauradores, mecánicos y luthiers que arreglan aparatos retros, algunos de valor simbólico y otros cotizados por altos precios. Muebles del siglo XIX, Wincos –y variedad de equipos de sonido-, autos y motos de colección. En La Plata, esos maestros de lo específico están liberados al azar. A veces llegan a través de un pedazo de papel donde están anotados sus teléfonos. De vez en cuando se esparce un rumor, y el efecto del método “boca en boca” toma sentido. En épocas de hiper-información es difícil encontrarlos por las redes sociales. Menos aún, a través de un sitio web que le reconozca su oculta trayectoria. Un negocio con atención al público, en efecto, también quedará descartado para su posible localización. Están ahí, solucionan lo imposible, pero antes hay que llegar a sus puertas.

“Tomá, en este papel está el teléfono. Insistí varias veces, parece que no está pero en realidad casi nunca atiende. Te va a parecer extraño cuando lo vayas a ver. No te preocupes, es el indicado para que tu Winco vuelva a andar”. Uno de los coleccionistas de vinilos más prolijos de La Plata entrega ese pedazo de papel como si fuera el mapa de un tesoro. Los más difíciles de encontrar son los que, siempre, están más cerca, delante de tus ojos.

El timbre de Omar Giménez se destaca. Tiene el tamaño de un botón de saco, está rodeado de metal dorado, barnizado, y se desprende de los demás llamadores. “Apretá el punzón de arriba”, es la frase que advierte como clave cuando, finalmente, te podés comunicar con él. Luego de cumplir con las reglas implícitas, Omar aparece desde el fondo de un pasillo que tiene 50 metros de largo. Mientras se va acercando, te identifica en voz alta y empieza a hablar del aparato del que sos propietario y de sus problemas, pero, sobre todo, de su valor simbólico.

“Mi trabajo está centrado en sonido y audio de aparatos de los años 70, 80 y 90. No me gusta la estandarización de los equipos nuevos, la reparación es más complicada y menos satisfactoria. Además, me gusta el buen sonido”, explica Omar mientras deja entrever su opinión por el audio fabricado en el siglo XXI.

Carlos Sánchez, ex baterista de la banda Estelares y diseñador industrial, también repara y restaura bandejas tocadiscos. A raíz del renacimiento del vinilo, el trabajo de restauración creció de manera exponencial y Carlos, que no se lo toma como un trabajo fundamental en su cotidiano, se fue especializando en esta labor más por amor y gusto que como salida laboral. “Por lo general se me acerca gente que no está tan vinculada a la música como oficio; es decir, coleccionistas y músicos. Es más gente que encontró un aparato sin uso entre las cosas de su familia y lo quiere reparar, una acción más simbólica, emotiva. En ese sentido es más el laburo de restauración. Me complace devolverle la vida a aparatos que hace 20 o 30 años no funcionan. Consigo repuestos, pero si no existen también los puedo fabricar, ahí se mezclan un poco mis oficios, fueron muchos años de maqueta”, asegura Sánchez.

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No es ficción, los restauradores de muebles en La Plata vieron lo que para ellos podría haber sido un apocalipsis del palo. El 02 de abril del 2013, la ciudad se inundó y las pérdidas materiales estuvieron protagonizadas por piezas únicas de madera. Muebles, instrumentos, bibliotecas, entre otros objetos de fabricación única. “También nos pasó de ver cosas que estaban tiradas como residuos. Para nosotros servía todo, pero no podíamos cargar casi nada”, recuerda el joven restaurador Luciano Coito. Muebles mojados, hinchados, en proceso de descomposición. Un capítulo de terror que luego derivó en nuevas salidas: “Una de las decisiones de practicar este oficio fue a raíz de ese hecho. Mi casa se inundó y quise reparar varios de los muebles arrasados por la tormenta”, explica Karina Orqueda, que junto a Coito acaban de fundar un grupo de trabajo destinado a la restauración de muebles.

El taller de Cecilia Canale ocupa uno de los lugares del Centro de Fomento y Biblioteca Pública General San Martín. Como toda institución antigua platense, sus habitaciones improvisadas generan un laberinto que, durante la primera visita, necesitan una guía casera. Así es como llegamos al espacio de restauración: con la guía de Karina y Luciano, discípulos del taller de Cecilia, alumnos “egresados” por oficio. Allí hay una mesa rectangular donde se siente la presencia de lijas gastadas. Hay herramientas colgadas y sobre la pared, que supone el límite del Club, está Cecilia. A través de una sonrisa cansina y amable, saluda y advierte que ella desarrolla el oficio hace 30 años.

Canale no es arquitecta ni carpintera, dos oficios que podrían relacionarse con la restauración de muebles. Es profesora de Historia que, al decir de ella, también es una disciplina que está íntimamente vinculada a su oficio: “A partir de lo que es lo histórico uno puede determinar si un mueble tiene determinado estilo o pertenece a alguna época en particular. También puede haber réplicas, que quizás no tengan el mismo valor, pero tienen un valor estético”, explica.

“Después entra en juego el valor afectivo que alguien le puede dar a un objeto”, interviene Karina, y profundiza: “A veces no son piezas antiguas sino que son muebles que han hecho los propios familiares y lo que buscan es conservarlos. Los últimos trabajos que hicimos tenían que ver con eso. Hace unos días, por ejemplo, reparamos un Winco, los que son grandes, como un mueble”.

La música y la madera siguen relacionando esta enumeración de oficios instalados en la ciudad. Leandro Cicconi es luthier, se formó con el maestro Hernán Rojo. Ahí aprendió a trabajar instrumentos de arco (violín, viola, chelo y contrabajo), creación y también restauración. Al tiempo empezó a hacer su propio camino, comenzó con la restauración de guitarras clásicas anexándole una investigación para aprender a construir instrumentos de cuerdas latinoamericanos (charango, cavaquinho, ukulele, entre otros). Eso fue a partir del 2000, y el proceso duró 8 años, ayudado de sus viajes realizados por Latinoamérica. La búsqueda personal de esos instrumentos tuvo que ver con el acabado más fino ya que los que arreglada solían ser muy estándar.

Actualmente es un instrumento que se usa mucho en la música popular. El platense Tiki Cantero, que está entre los tres mejores percusionistas del país, siempre incorpora algún Udu en sus distintos sets”

“A veces no son piezas antiguas sino que son muebles que han hecho los propios familiares y lo que buscan es conservarlos. Los últimos trabajos que hicimos tenían que ver con eso”

“Una de las decisiones de practicar este oficio fue a raíz de ese hecho. Mi casa se inundó y quise reparar varios de los muebles arrasados por la tormenta”

Leandro afirma que después de unos años de trabajo, con un poco más de presencia de los luthiers en exposiciones y otros eventos, se fue desarrollando más el oficio

“Si bien hay pasos que son tradicionales para seguir (que vienen de las escuelas españolas, francesas e italianas), uno siempre tiene sus mañas. Construye su forma de trabajo, sobre todo para simplificar algunos procesos”, explica Cicconi. “Particularmente me gusta la selección de las maderas (hasta sus colores) que voy a usar en cada instrumento. Y en mi taller nunca falta el mate, es como un elemento más del proceso. Me gusta tener ese espacio despejado. Al término de cada jornada, trato de ordenar para que al otro día me den ganas de arrancar sin chocarme nada. Podría decir que en ese punto me pongo un poco obsesivo”, se confiesa el luthier.

Leandro afirma que después de unos años de trabajo, con un poco más de presencia de los luthiers en exposiciones y otros eventos, se fue desarrollando más el oficio. Antes era más ermitaño, los luthiers antiguos no tenían la costumbre de trasladar sus conocimientos a los más jóvenes. “Eso ahora cambió bastante -explica-. Ayudó a que los músicos conozcan más nuestra actividad. Y que también la valoren en cuanto al trabajo, ahora saben más del proceso que tiene un instrumento, que es bien distinto al de los instrumentos que salen en serie y de fábricas. La gran diferencia entre las dos clases es el tiempo que insume cada instrumento y que cada uno está hecho a medida, a partir del pedido del músico”, cierra.

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Hernán Vargas se vinculó hace dos décadas con el Udu; un instrumento de percusión de origen africano creado por el pueblo Igbo y el hausa de Nigeria. En su lenguaje, Udu significa “paz” o “vasija”. Curiosamente para Hernán, esos dos significados vendrían de la mano: “Mi relación con el inicio de la actividad se dio de manera paralela a la experimentación de la música y entrar al mundo de la cerámica”, explica.

“Cuando arranqué había muy pocos que hagan esto”, advierte Vargas. “En realidad, en la actualidad, hay pocos que los hagan y que los toquen. Lo que yo busco es experimentar entre la fabricación y la práctica. A partir de la ejecución también fueron surgiendo nuevas innovaciones e ideas pensando siempre en el instrumento”, afirma. “Actualmente es un instrumento que se usa mucho en la música popular. El platense Tiki Cantero (De Aca seca, entre otros grupos), que está entre los tres mejores percusionista del país, siempre incorpora algún Udu en sus distintos sets”.

La comunicación con el artesano local más importante de este instrumento se da a través de la web y desde París. Su oficio le ha dado la chanche de recorrer distintas regiones del mundo. Mezclando el intercambio musical, con cursos y talleres, más la conexión con nuevos seminarios de cerámica, Hernán ha ido construyendo su propio camino. Uno único e importante para el desarrollo del instrumento y de nuevas experiencias. Una de las más recientes, es su búsqueda para conformar una orquesta de barro. “Hay una sola en el mundo, está en el norte de Brasil (Grupo Uirapuru), estuve ahí y fue parte de la inspiración”, aclara. Esta orquesta busca empezar a experimentar con instrumentos construidos con barro, específicamente. “Va a ser un proceso largo porque no todos los instrumentos pueden resolverse de la misma manera, pero ya hay varios. El objetivo principal de esta experiencia es que la gente pueda hacerse sus propios instrumentos con lo que tengan a mano”, explica entusiasmado. Parece que la conexión se corta pero en realidad Hernán está pensando, agarra su chiva castaña clara y luego cierra: “Siempre pensamos en el enriquecimiento a partir del intercambio social y cultural”.

Oscar Fernández siempre tiene unos pantalones bombacha marrones gastados. Ojos claros muy atentos y chiva afrancesada, sus palabras son justas y suaves. Nunca sube la voz por más que tenga una máquina pulidora encendida. No titubea, es claro, sintético y sus historias siempre persiguen un dejo de alegría juvenil. El vínculo con la madera aquí sigue presente: Oscar es carpintero. Pero más allá de su oficio formal, también repara autos y motos. Las dos ruedas, dice, lo tiran más. “El desafío que me traen los motores es muy lindo, cuestiones como reparar cosas que no existen más o que tienen que ver con superar ese trance que se genera ahí es enriquecedor. A veces termina siendo caro… pero bueno, forma parte de esto”, aclara.

Jeep, camionetas, motos antiguas, Oscar superó muchos desafíos desde los 14 años. Y anécdotas, en efecto, hay a rolete luego de 40 años de oficio fierrero. “Hubo ejemplares que me costaron tiempo, plata y más tiempo, y que nunca llegué a usar”, dice sobre algunos de sus logros. En él, como en pocos mecánicos, hay algunos gestos que cuesta encontrar: te va a ayudar con los propios desafíos si se da cuenta que tus propósitos están envueltos de solidaridad, amor, compañerismo y pasión. “No voy mucho a esos grupos donde todos se muestran sus tesoros mecánicos. Pareciera que lo hacen para competir y este oficio no tiene nada que ver con eso”, aclara mientras patea una moto que él mismo refaccionó. No hay serie, ni ejemplares; es la moto “modelo Oscar”.

Solitarios, callados, dueños de un secreto que siempre puede ser una solución. Un luthier, un músico ceramista, un mecánico, restauradores de muebles antiguos y equipos de sonido. Un ecosistema sostenido por el alumbrado de la misma ciudad pero con conexiones poco visibles. No es difícil encontrarlos, hay que tener ganas e incertidumbre. Están ahí y te pueden ayudar. No van a facturar lo imposible, van a arreglar algo casi inexistente para algunos.

El Winco que está arriba de la mesa estuvo casi 20 años sin girar. Ahora reproduce el álbum blanco de The Beatles, mueve la franela que lo acaba de limpiar. Pasó por las manos de Omar y, como si fuera un cirujano activando un corazón, generó nuevamente el sonido de ese pequeño aparato marrón claro. Cuidado con la basura, entonces, podría todavía cantarte una nueva canción.

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