Escribe Monseñor DR. JOSE LUIS KAUFMANN
Queridos hermanos y hermanas.
Este pecado capital, que nunca admite parvedad de materia, puede definirse como la satisfacción moralmente desordenada del placer sexual, o como abuso de la facultad generativa; se busca el gozo por sí mismo o por motivos que no lo justifican, ya que tal facultad sólo debe ejercerse dentro del legítimo matrimonio y de acuerdo a los fines del mismo. Cuando se dice “placer sexual” se entiende que es el propio del acto conyugal en sí mismo, y también el que acompaña la serie de fenómenos corporales que preceden fisiológicamente a la cópula. Es de singular importancia reconocer por eso la excelente dignidad de la condición sexuado del varón y de la mujer. El sexo es en sí mismo un valor precioso que, por eso, no debe ser menoscabado por actos o actitudes contrarios a su fin. La Palabra de Dios - que es incuestionable - es precisa: “No se hagan ilusiones: ni los inmorales… ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los pervertidos… heredarán el Reino de Dios… ¿O no saben que sus cuerpos son templo del Espíritu Santo, que habita en ustedes y que han recibido de Dios? Por lo tanto, ustedes no se pertenecen, sino que han sido comprados, ¡y a qué precio! Glorifiquen entonces a Dios en sus cuerpos” (1 Cor 6, 9 ss).
El uso desordenado de la propia sexualidad, ante todo daña a quien lo hace, y por eso - porque se daña a sí mismo - ofende gravemente a Dios. Por lo cual conviene tener en cuenta que pueden ser consecuencia de la lujuria: la debilitación u oscurecimiento de la inteligencia, con la implícita dificultad para percibir los valores morales y espirituales; el debilitamiento de la voluntad; el egoísmo que alimenta la búsqueda constante y enfermiza del placer; e incluso la aversión a Dios por motivo del orden moral establecido. Además, no se descarta que los delitos de lujuria conlleven también pecados de escándalo y de cooperación con el mal ajeno.
Entre los actuales delitos de lujuria, el consumo de la pornografía hace verdaderos estragos y destruye la personalidad de varones y mujeres.
El uso desordenado de la propia sexualidad, ante todo daña a quien lo hace
“La pornografía consiste en dar a conocer actos sexuales, reales o simulados, fuera de la intimidad de los protagonistas, exhibiéndolos ante terceras personas de manera deliberada. Ofende la castidad porque desnaturaliza la finalidad del acto sexual. Atenta gravemente a la dignidad de quienes se dedican a ella, pues cada uno viene a ser para otro objeto de un placer rudimentario y de una ganancia ilícita. Introduce a unos y a otros en la ilusión del mundo ficticio. Es una falta grave. Las autoridades civiles deben impedir la producción y la distribución de material pornográfico” (Catecismo, 2354). Si una persona consumiera materia fecal nunca se dañaría tanto como cuando consume pornografía, pues el estiércol puede despedirlo, pero la perversa inmoralidad de la pornografía queda en la mente y en el corazón por mucho tiempo. Los remedios para desterrar la lujuria son, ante todo, el debido respeto a Dios, por Quien y para Quien vivimos; y la invocación confiada a la Santísima Virgen María, Madre de Jesús y Madre nuestra. También la oración y la penitencia, el evitar toda ocasión próxima de pecado en esa materia, la celebración frecuente (semanal) de la Reconciliación y la participación asidua en la santa Misa, el dominio de sí mismo por el fortalecimiento de la voluntad, y otros.
San Juan Pablo II enseña que “el amor es la vocación fundamental e innata de todo ser humano” (Exh. ap. Familiaris consortio, 11).
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