Un grupo de científicos platenses reparte sus horas de trabajo entre claustros de la Universidad Nacional y paisajes en la Antártida, un peculiar escenario que los lleva a alterar completamente sus rutinas durante meses y les permite avanzar en investigaciones vinculadas al continente blanco. Se trata de Eugenia Sar y Juan José Moly, dos de los profesionales del Museo de Ciencias Naturales de La Plata acostumbrados a resignar las comodidades de la Ciudad para vivir en campamentos, con temperaturas heladas y en un ambiente hostil para la vida.
Ellos, como decenas de científicos y técnicos del Museo de La Plata, viajan hacia el territorio antártico argentino para desarrollar trabajos de campo e investigaciones muy importantes. Parte de la rutina es excavar en lugares que llegan a encontrarse a varios kilómetros del campamento y para hacer frente a esa actividad necesitan tener un estado físico excepcional y una alimentación hipercalórica.
Son expertos en paleontología, ficología - estudio de las microalgas - y micología; se preparan con meses de anticipación para las llamadas “campañas antárticas”, que pueden durar días o incluso meses y se desarrollan durante distintas épocas del año en uno de los climas más hostiles de la tierra.
Por lo general son períodos largos de trabajo y convivencia necesaria con militares, personal de apoyo y algunas familias. Con cada viaje saben que deberán llevar adelante un trabajo científico en condiciones casi extremas.
Es que en la Antártida las temperaturas se miden bajo cero gran parte del año, y el verano no es precisamente una época cálida y acogedora. Si bien en algunos puntos específicos del continente, como en las bases situadas en la península e islas más alejadas del polo, el termómetro puede llegar a subir, rara vez lo hace por encima de los 0 grados centígrados.
Las bases antárticas son espacios de socialización fundamentales, administradas por el Instituto Antártico Argentino y el Ejército. En ellas conviven militares y sus familias con técnicos, científicos y visitantes ocasionales.
La doctora Eugenia Sar, ficóloga del Museo de La Plata, participó 7 veces de las campañas científicas de recolección de datos, casi siempre embarcada, en distintos buques que alcanzaron el mar de Wedell.
Si bien su principal actividad se desarrollaba a bordo del rompehielos Almirante Irízar, pudo experimentar la vida en tierra firme en varias ocasiones.
La investigadora recordó que entre mediados de los años 80 y 1995, -época en la que Sar estuvo en la Antártida-, por lo general eran pocas mujeres. “Cuando estuve en la Base Marambio, fui la única entre 99 hombres y, como no pude hacer trabajo científico por razones logísticas, me puse a organizar la biblioteca del lugar durante un mes”, señaló la especialista.
convivir en un clima hostil
En el continente blanco - al igual que en todo barco que no sea crucero turístico -, nadie está de vacaciones; por eso creen fundamental que las tareas se repartan entre todos de forma equilibrada, eso promueve que la convivencia en un lugar climáticamente hostil y en espacios reducidos, sea la mejor posible.
“La vida en un buque es como si estuvieras un mes sin salir de la cuadra de tu casa”, apuntó la científica.
Aunque uno pueda imaginarse que el ambiente es de un blanco absoluto, en el que nada se distingue, la gran mayoría de los técnicos y científicos que experimentaron la vida en la Antártida coincidieron en que el entorno natural es lo más destacable.
Cuando estás en la Antártida, “tenés que hacer de todo, salvo las tareas logísticas vinculadas al funcionamiento infraestructural de las que siempre hay alguien encargado. A mí me tocaba lavar los platos y, cuando estuvimos en un refugio lejos de las bases, también teníamos que cocinar para todos una vez cada 5 días y salíamos a buscar “gruñones” (hielo compacto y transparente que no contiene agua de mar) para derretir y tener agua consumible”, explicó Sar quien destacó que por las características del lugar y las personas, la convivencia pronto se transforma en camaradería. Como en todo espacio cerrado “la cotidianidad se ve afectada” y todo acto privado, salvo escasas excepciones, se convierte en público.
una dieta calorica
En relación al alimento que están obligados a consumir, se remarcó que las dietas deben ser muy calóricas; “los hombres que cumplen tareas en el exterior de la base consumen 5000 calorías diarias”, señaló la investigadora del Museo, y agregó que el alimento fresco, como frutas y verduras, es lo primero que comienza a escasear a medida que pasa el tiempo.
Las oportunidades para el esparcimiento son pocas: “en una ocasión” – recordó Sar - los militares de la base chilena cerca de Marambio nos invitaron a recorrer las instalaciones mientras estábamos trabajando en el campo. Una vez allí nos ofrecieron un almuerzo especial y, justo el mismo día, un crucero turístico ancló frente a las instalaciones. El capitán nos ofreció subir a la nave y recorrerla, compramos cosas en las tiendas de abordo y volvimos a comer. Fue un evento curioso que nos devolvió temporalmente al continente y a la civilización”.
Otro de los asiduos visitantes de la Antártida es Juan José Moly, técnico especialista de la División de Paleontología Vertebrados, quien acumula una veintena de visitas al continente menos habitable del globo.
“Mi primera campaña fue en 1987 y fuimos a la Isla Ross. Estuvimos encerrados en un refugio una semana por el mal tiempo”, contó Moly. Aún así, fue tal el esfuerzo físico que debieron realizar, como en otras temporadas en la Antártida, que la pérdida de peso corporal fue notoria.
“Antes de cada campaña me entreno en un gimnasio para poder afrontar en mejor forma la intensidad de trabajo físico que te insume la actividad paleontológica a la intemperie”, dijo Moly y detalló que “cuando estás allá cambia todo, la convivencia es totalmente distinta, especialmente en los refugios o los campamentos. El entorno y el rigor climático a la larga muestra la verdadera personalidad de cada uno ante la presión y los factores externos que te pueden condicionar”.
El peligro también forma parte de los desafíos y Moly destacó que “cada caminata hasta el lugar donde están los fósiles es un riesgo, y a veces no se puede trabajar porque la temperatura es tan baja que las rocas se congelan en el suelo y es imposible sacarlas”.
En esos días, el termómetro llega a marcar 18 grados bajo cero, lo mismo que adentro de un freezer.
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