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La fama, ese envase vacío

Por Redacción

Por SERGIO SINAY (*)

Mail: sergiosinay@gmail.com

En uno de los tantos programas basados en chismes, peleas y otras anécdotas de la vida de la farándula, entrevistaban hace un tiempo a una modelo (así se definía ella, al menos). Cuando le preguntaron cómo transcurrían sus días, respondió con aire de satisfacción: “Estoy muy ocupada, gracias a Dios”. La siguiente pregunta fue: “¿En qué?”. Y la nueva respuesta: “Estoy dando muchas notas”. Dejemos de lado el nombre de la protagonista y el programa, aunque son reales. Episodios similares se repiten a diario. “Dar notas” se ha convertido en una actividad en sí misma. Las entrevistas, generalmente iguales unas a otras y fácilmente olvidables (tanto como el nombre de los entrevistados), ya no tienen como objetivo agregar información a un trabajo, una obra, una creación, un logro, un emprendimiento. Tampoco explorar un pensamiento, profundizar en una idea, reflejar el perfil de alguien cuyo quehacer enriquece el bagaje o estimula el afán de conocimiento del televidente o el oyente. La nota es el fin en sí mismo y el producto a “vender” o “comprar” es la persona, aunque lo más notable en ella resulte algún escándalo, una escucha (previamente filtrada de mutuo acuerdo para justificar “la nota”), una foto “hot”, o un romance pasajero.

Una vez lograda esta fugaz y perecedera notoriedad, el entrevistado de turno se recibe de “influencer” o se confirma como tal. Como se explicaba en este diario hace un par de semanas, esa palabra ha remplazado a “celebridad” y la actividad del “influencer” se condensa en “dar notas”, cosechar seguidores en redes sociales, promocionar marcas de manera “casual” (aunque se trata de una casualidad paga o bien paga), asistir a fiestas, estrenos, presentaciones y, como si contara con un reloj taxímetro, cobrar según el tiempo de permanencia y, por supuesto, sonreír siempre, afirmar que está pasando el mejor momento de su vida y que tiene mucho trabajo. Como, por ejemplo, el de estar en esa fiesta o dar esa nota.

EL CULTO DE LO BANAL

Los “influencers” son la muestra más acabada y bizarra de lo que François Jost estudia en su ensayo “El culto de lo banal”. Joist dirige el Laboratorio de Comunicación y Medios en la Universidad francesa de La Sorbonne Nouvelle. Si bien se concentra en la banalidad del arte chatarra y descartable tan de moda en estos tiempos, y a tan altos precios, también deja algunas interesantes definiciones que se extienden a otros ámbitos. Observa, por ejemplo, que en la televisión producen alto rating “hombres y mujeres sin cualidades, que no brillan ni por su conversación ni por sus acciones”. Pone como un ejemplo a “Gran Hermano”, aunque inmediatamente observamos que el morbo por seguir las vicisitudes de vidas y circunstancias muy poco interesantes se extiende en diferentes formatos (muchos de ellos disfrazados de noticieros o programas de “investigación”) a gran parte de la programación televisiva y a muchos portales y redes sociales en internet.

La banalidad, señala Joist, es repetitiva, previsible, vacía, no agrega nada a quienes la cultivan, ya sea como espectadores o como “influencers” (para seguir con ellos). Todo lo contrario ocurre con la curiosidad, agrega el prestigioso teórico francés. Quienes sienten auténtica curiosidad eluden lo banal, se vuelven a lo desconocido, a lo no habitual, a aquello que les abrirá nuevos horizontes en el pensamiento, que los nutrirá de algún modo. En la opinión de Joist el interés, reflejado en rating, que despiertan estos “seres sin atributos” podría explicarse porque los espectadores piensan que si individuos tan básicos pudieron arribar a la fama a partir de nada, quizás también a ellos (es decir a los espectadores) podría alcanzarlos un golpe de suerte similar. Después de todo, ya en los años ´60 el multifacético Andy Warhol (1928-1987) había adelantado que a todo el mundo le espera, en estos tiempos, sus 15 minutos de fama. El motivo de esa fama no importa, lo sustancial es que haya una cámara y un micrófono cerca.

La nota es el fin en sí mismo y el producto a “vender” o “comprar” es la persona, aunque lo más notable en ella resulte algún escándalo, una escucha (previamente filtrada de mutuo acuerdo para justificar “la nota”), una foto “hot”, o un romance pasajero

La fugacidad, el vacío y la banalidad de la fama que representan los “influencers” contrastan con una de las grandes preocupaciones del ser humano. Su mortalidad. Aunque se la intente evadir, se huya de ella, se la tape o postergue con todo tipo de aturdimientos y argucias, la cuestión está en el ADN psíquico y espiritual de los humanos. Como recuerda el gran sociólogo polaco Zygmunt Bauman (1925-2017) en su libro “Modernidad líquida”, lo opuesto y complementario de la mortalidad es la inmortalidad. Sabemos que es imposible aspirar a ella desde el punto de vista material y cronológico, pero cada quien se pregunta cómo trascender a su propia temporalidad, cómo dejar una huella, cómo quedar en la memoria de quienes vendrán después. Cómo recordarle al futuro que uno estuvo en este presente, que no pasó por la vida en vano.

Frente a esto, la fama inmediata y sin sustento parece imponerse a la voluntad de perdurar. Y con ello, dice Bauman, se evapora la responsabilidad sobre la propia vida y sobre la consecuencia de los propios actos. No importan la reputación y el prestigio, sino simplemente la fama. Aquellos se conquistan con actitudes, con valores, con legados, se procesan en el tiempo y quedan en la memoria de los otros. La fama, en cambio, se adecua a lo que predomina en estos tiempos líquidos, así definidos por Bauman, en los que nada echa raíces ni alcanza estructura, persistencia, presencia. La vida instantánea se impone a la vida trascendente. La memoria del pasado y la confianza en el futuro, escribe el pensador polaco, pilares de un puente en el que se instalaban los valores, los logros y la responsabilidad hacia el presente, son desplazados por la voracidad de vivir el momento, aunque este dure cinco minutos y le siga la nada.

SALIR DE LA VIDRIERA

Que alguien sea “influyente” porque “da notas”, protagoniza escándalos, se pelea públicamente, desnuda todas sus intimidades (físicas y de las otras), acude a fiestas, recolecta seguidores y “me gusta” en redes sociales, dice mucho de los tiempos que vivimos. Dice, por ejemplo, que las personas son productos y, por lo tanto resultan consumibles. Que no importa lo que se es o lo que se hace, sino lo que se muestra. Y estimula a otros a salir del anonimato, del vacío existencial y de un presente sin futuro por la vía de la exhibición. El mensaje es: convertite en tu propio producto, exhibite en las vidrieras de las redes sociales, poné tu intimidad en cualquier pantalla, generá tu propio escándalo, y acaso mañana tengas tus 15 minutos de fama en televisión, en you tube, en Instagram o en algún lugar donde otros te mirarán un momento antes de olvidarte para dar paso al que sigue.

El filósofo alemán Byung-Chul Han, nacido en Corea, propone (en “La sociedad de la transparencia”) recuperar la intimidad, la distancia, la vergüenza y el misterio. El alma humana los necesita, porque necesita estar consigo misma. Allí donde unos se exhiben y otros pierden su tiempo en mirarlos, se abre un profundo vacío en el cual el alma se ahoga. Es prioritario escuchar su grito de auxilio, quitarle atención al “influencer” y sus cinco minutos de fama y devolvérsela al alma y a sus necesidades.

(*) El autor es escritor y periodista. Sus últimos libros son "Inteligencia y amor" y "Pensar"

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