La burocracia laberíntica del Correo pudo más que una caja de chocolates alemanes. Sobre este insólito episodio, en el que se vio perjudicada una joven estudiante extranjera que se encuentra en La Plata, trató una nota publicada en este diario. Los requerimientos que le formularon fueron tantos que, finalmente, desistió de retirar la encomienda que, como se ha dicho, no contenía complejas aparatologías cibernéticas o claves cifradas sobre algún secreto bancario o militar, sino un paquete de golosinas que sus padres le enviaron desde Alemania.
Tal como se informó, la joven canadiense que está realizando una pasantía de estudios recibió hace unos días un telegrama en el que se le notificaba sobre un “envío internacional entrante” y que en 72 horas debía retirarlo del Correo platense. Su padre ya le había anticipado que le llegarían unos chocolates desde Alemania.
Lo primero que le pidieron fue que ingresara a la web de la AFIP para completar unos datos que no tenía por ser extranjera. Luego fue informada de que, para poder retirar los chocolates, tenía que contar con el certificado de domicilio, por lo que tuvo que dirigirse al Registro de las Personas de 46 entre 5 y 6. Allí la fila era tan larga que estimó que perdería al menos una hora en esa dependencia. Además el costo del trámite era de unos 20 pesos.
Luego debía dirigirse a la sucursal de la AFIP con una fotocopia del pasaporte para solicitar una clave fiscal. Pero –ya en pleno recorrido de ese insoportable calvario burocrático- se le advirtió que, cuando tuviera su certificado de domicilio y su clave fiscal, tendría que regresar al correo con los datos completos en la web de la AFIP y pagar un cargo por el envío internacional -pese a que su padre pagó al enviarlo-, más 120 pesos por el almacenaje. Claro que ese pago tampoco podría hacerlo en el Correo, sino que debía efectivizarlo en el Banco de la Nación.
Allí fue cuando la joven, según expresó, decidió renunciar a los chocolates. Tras señalar que nunca había pensado que recibir un regalo de su padre le iba a costar tanto trabajo, tantos trámites yendo de un mostrador a otro, la estudiante dijo lo siguiente: “Nunca me pasó algo así, en mi país el cartero toca el timbre y te entrega las cosas, no tienes que ir a ningún lado, ni pagar nada”.
Ciertamente, causa mucho desánimo y hasta desorientación que ocurran estas cosas en un país que necesita a todo trance crecer, que busca atraer la inversión extranjera –mientras se opone tan obstinadamente a la entrada de un paquete de bombones- y que impone similares tramitaciones y costos, por dar sólo otro ejemplo, para el ingreso de un libro enviado de regalo desde España, como le ocurrió el año pasado a un platense que finalmente optó por dejarle ese ejemplar al Correo.
Se ha dicho en otras oportunidades y ante casos análogos, que si la imaginación puesta por los burócratas para complicar trámites la aplicaran para darles mayor agilidad, el país y nuestra sociedad se verían favorecidos por un impulso extraordinario. Sin embargo, prefieren invertir su ingenio en obstaculizar todo, hasta rozar los límites del absurdo. La burocracia conoce de crímenes perfectos, porque diluye la responsabilidad. Aquí el Correo podría pasarle la pelota la AFIP, al Registro de las Personas o al Banco de la Nación. Y viceversa. Nadie se hará cargo de semejante desaguisado. Y algún pícaro, de los que no faltan, finalmente se comerá los bombones alemanes.
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