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Trump, el exhibicionista

afp

Por ROBERT J. SAMUELSON

WASHINGTON .- Nadie está buscando el juicio político de Donald Trump más que Donald Trump. Lo que hemos aprendido sobre este presidente es que tiene la compulsión de ser el centro de atención. No puede soportar estar fuera de candelero y está dispuesto a hacer casi cualquier cosa -sin importar cuán ofensiva, indignante o deshonesta les parezca a millones de norteamericanos- para que la población tenga su atención puesta en él. Cuanto más repite esa conducta, más riesgo corre de ser sometido a un juicio político.

No está claro en qué medida John F. Kelly, general retirado de los Marines y ahora jefe de personal de Trump, podrá frenar a su jefe. Sin duda, ésta es una cuestión central que pende sobre la Casa Blanca, y no será fácil.

Durante meses, la conducta de Trump ha suscitado la siguiente pregunta: ¿Por qué es tan auto-destructivo? Sus tweets constantes profundizan las divisiones del país, que él prometió curar. La explicación acostumbrada es que Trump está haciendo su juego, pero recientemente, esa teoría ha sido menos convincente. Las encuestas de opinión sugieren que su apoyo se va erosionando, incluso entre sus defensores más leales. (La última encuesta Washington Post-ABC News indica que la tasa de aprobación de Trump cayó del 42 por ciento en abril a un 36 por ciento a principios de julio.)

De hecho, hicimos la pregunta equivocada. Se supone en general que la conducta de Trump debe reflejar una cierta lógica política. Trump es, después de todo, el político más importante de la nación. Cada uno de sus actos debe tener como objetivo reforzar su popularidad y su programa. Aunque todo eso parece razonable, no cuadra con los hechos. Las incesantes explosiones de Trump alienan, en general sin necesidad, a innumerables electores: precisamente aquellos que él necesita para expandir su apoyo.

Pero el misterio desaparece una vez que nos damos cuenta de que los motivos de Trump, en lugar de avanzar una gran estrategia política, son profundamente personales. No puede controlarse. En su mente, el silencio significa oscuridad, lo cual le resulta insoportable, especialmente cuando se la puede evitar con uno o dos tweets. No importa lo que diga -si es cierto o falso, relevante o irrelevante- en la medida en que azuza las pasiones y domina el discurso público.

Es su personalidad más que la política lo que impulsa a Trump a ser Trump. Mirando atrás, sus diatribas retóricas pueden describirse como maniobras políticas, pero es más que nada para controlar daños. Véase la cuestión de Trump y Rusia.

Trump es un exhibicionista extremo en una profesión -la política- en la que el exhibicionismo es normal

Superficialmente, las posibilidades de que la Cámara de Representantes someta a Trump a un juicio político y que el Senado lo condene -destituyéndolo de su cargo- son pocas.

El juicio político (que es parecido a una acusación) requiere un voto de mayoría en la Cámara. La condena en el Senado requiere dos tercios del voto. Incluso si todos los demócratas votaran contra Trump, muchos republicanos tendrían que unírseles para que Trump fuera destituido de su cargo. Una condena en el Senado requeriría 19 votos republicanos, si todos los senadores estuvieran presentes, dice la politóloga Sarah Binder de la Brookings Institution. Por el momento, no hay una coalición anti-Trump.

Aún así, no se puede desechar nada totalmente. Ésa es la realidad que enfrenta Kelly como jefe de personal. Trump es un exhibicionista extremo en una profesión -la política- en que el exhibicionismo es normal.

Su adicción a los tweets incendiarios será difícil, aunque no imposible, de controlar. Podría desafiar toda lógica política o legal. En verdad, lo coloca bajo mayores riesgos, porque puede meterse en problemas legales o decir algo enormemente poco popular. Pero satisface su necesidad de “poseer” el ciclo de noticias.

En ese sentido, puede considerarse a Trump como el propulsor más fuerte y determinado de un juicio político. Si debe coquetear con el juicio político para retener su dominio de los medios, que así sea. Como asunto práctico, Trump podría ver un juicio político (aunque no una condena) como algo aceptable. Él sería automáticamente el centro de atención, todos los días, durante meses. Tendría un nuevo ruedo en el que luchar y “ganar”.

Quizás inconscientemente, ése es su objetivo: ¡Sométanme a un juicio político, por favor!

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