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Por Redacción

Escribe Monseñor DR. JOSE LUIS KAUFMANN

Queridos hermanos y hermanas.

En sentido diametralmente opuesto a la mansedumbre, la ira es una pasión desordenada de la sensibilidad, unida al deseo irracional de castigar al prójimo. Considerado en su esencia íntima, la ira es un deseo, una sed de venganza, que responde a alguna injuria anterior o a lo que subjetivamente puede tenerse como tal; y la venganza, a su vez, es una satisfacción por la injuria precedente.

Santo Tomás de Aquino afirma: “La ira es una pasión, y toda pasión del apetito sensitivo es buena si va dirigida por la razón; mala en caso contrario. Respecto de la ira, el orden de la razón puede ser conculcado por dos caminos. Primero, a causa del objeto a que tiende, que es la venganza. Si se busca venganza conforme al dictamen de la recta razón, es virtud laudable, y se llama ‘ira por celo’. Si, por el contrario, busca la venganza sin atender al modo como debe conseguirse, por ejemplo, tratando de castigar a quien no lo merece, o más de lo que merece, o saliéndose del orden como debe proceder, o pervirtiendo el fin por el que debe hacerse, que es la conservación de la justicia y corrección de la culpa, ese apetito es vicioso y se denomina ‘ira por vicio’. Segundo, en cuanto al modo como la dirección racional debe imponerse en el movimiento de ira: que no se inflame demasiado ni interior ni exteriormente. Si no se observa este precepto, la ira no estará libre de pecado, aunque se trate de justa venganza” (II-II q. 158 a. 2).

Santo Tomás de Aquino afirma: “La ira es una pasión, y toda pasión del apetito sensitivo es buena si va dirigida por la razón; mala en caso contrario”

Por lo tanto, cuando es simplemente un movimiento transitorio de la pasión incontrolado sólo es pecado venial. Cuando se pierde el dominio de sí mismo y se llega a insultar al prójimo ya es pecado mortal. “Todo aquel que se irrita contra su hermano, merece ser condenado por un tribunal. Y todo aquel que lo insulta, merece ser castigado por el Sanedrín. Y el que lo maldice, merece la Gehena del fuego” (Mt 5, 22).

Según san Gregorio Magno, la ira es un obstáculo para el adelantamiento espiritual porque hace perder la prudencia, la amabilidad, el espíritu de justicia y el recogimiento interior.

Este pecado capital, si bien admite parvedad de materia, puede engendrar diversos pecados, como la indignación excesiva, el rencor, los gritos, las blasfemias, las injurias, las peleas, los golpes, las heridas…

San Pablo juzga que la ira es incompatible con la caridad (cf. 1 Cor 13, 5), afirmando que “es necesario terminar con la ira, el rencor, la maldad, las injurias…” (Col 3, 8).

Los remedios contra la ira son ante todo, reflexionar antes de actuar, cultivar la serenidad rechazando el fanatismo o cualquier forma de apasionamiento desordenado, sin siquiera dialogar interiormente con él; olvidar las injurias; rechazar las sospechas, los celos, y cualquier forma de pesimismo o desazón, y sobre todo invocar la ayuda de Dios.

En el caso que la ira llega al odio, ha de procederse con la mayor caridad, renunciando a sí mismo por amor a Dios y al prójimo, teniendo en cuenta el proceder de Jesús ante Judas.

“Si se enojan, no se dejen arrastrar al pecado ni permitan que la noche los sorprenda enojados, dando así ocasión al demonio” (Ef 4, 26).

La lucha contra la ira favorece la virtud de la paciencia, por la cual afrontamos las dificultades y contratiempos con el coraje de la confianza en Dios.

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