Pinta cuadros al óleo, toca tangos a pedido en el piano, escribe poemas. Trasnochadora, usa las horas en las que por lo general el resto de la gente duerme para leer. En eso consiste la vida de Lucrecia Cambas. Se podría decir que la rutina no tiene nada de extraordinaria si no fuera porque la vecina de Gonnet acaba de cumplir 103 años, edad que no representa por su aspecto físico ni tampoco por su actitud, encendida, movediza y de humor chispeante.
Nacida el 7 de agosto de 1914 en San Juan capital, radicada en La Plata cuando era una nena, mudada a Estados Unidos al promediar los 50 años y vuelta a esta ciudad para celebrar los 101 y quedarse para siempre, la vitalidad que muestra Lucrecia pasado ya el hito de la centuria no es otra cosa que la prolongación de una vida muy activa, con cierta audacia, y experiencias polifacéticas.
Un antecedente que habla de su particular energía se remonta, por caso, a unos años atrás, cuando pisaba los 90 y en Monterrey -Estados Unidos-, donde residía desde 1964, iba cinco veces a la semana al gimnasio y bailaba milonga mientras terminaba de publicar su libro “Espirales poéticas”.
Buscadora permanente de desafíos y muy decidida a la hora de definir un proyecto, se fue a vivir a la ciudad californiana cuando su hijo era todavía un niño. Por razones familiares tuvo que dejar el trabajo que tenía en la capital federal y se largó nomás a la aventura cuando un amigo que ya vivía en Estados Unidos le propuso que fuera para allá a probar suerte.
Lucrecia había estudiado de todo: arte, literatura, francés y griego, pero no sabía una palabra de inglés; igual se animó. Y tan mal no le fue. Vivió de trabajos esporádicos mientras hacía cursos, como un master de arte en la Universidad de San José (California), hasta que apareció su oportunidad en un Instituto de Estudios Internacionales de Monterrey, en donde se necesitaba una profesora de español. Ahí dictó clases hasta jubilarse. Fundó y dirigió, además el teatro en español “La Farsa”.
De Gardel a Shirley Temple
Inquieta, curiosa, y con una sed intelectual que nunca logró apagar, durante su experiencia porteña conoció a Carlos Gardel. Fue en una fiesta donde el “Zorzal” se presentó con dos guitarristas. También compartió una reunión literaria con Alfosina Storni, quien le pareció “cautivante”. Y poco más acá en el tiempo, ya en su estadía norteamericana, en cursos de verano que dictaba en español tuvo de alumna a Shirley Temple, muy lejos por entonces de ser la niña que había conquistado Hollywood.
Hoy, en su casa de Gonnet, siempre acompañada por alguna de sus colaboradoras, y visitada, casi todos los días, por sus sobrinos Lucrecia, Raúl, Mario y Elmy, conversa sin parar, da pinceladas a su última pintura, y derrocha máximas. “Es muy difícil que me aburra. Para mí, la gente se aburre o porque recibió un sablazo o porque espera algo que no va a llegar”, dice y ahí nomás se ofrece a tocar un tango en el piano.
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