Con sus diez nominaciones, “La luz incidente” partía como candidata para los Premios Cóndor, pero la cinta de Ariel Rotter enfrentaba a “tanques” nacionales como “Gilda”, con 12 opciones, y “El ciudadano ilustre”, la película nacional más taquillera de la pasada temporada.
Pero la Asociación de Cronistas Cinematográficos se inclinó finalmente por la película de Rotter, un drama sutil protagonizado por Erica Rivas (ganadora del premio a mejor actuación junto a Natalia Oreiro), ganador de siete estatuillas en la noche del lunes y convertida ya en una de las joyas secretas del cine argentino, inaccesible a los espectadores tras un paso corto por las carteleras comerciales, sin exhibición en plataformas online y, claro, con los videoclubs al borde de la extinción.
Quizás intuyendo esta imposibilidad del cine nacional de competir contra la invasión de Hollywood en todas las pantallas, Rotter llamó a “defender la Ley de Cine” para proteger a lo que denominó como “una industria renga” al recibir el premio a mejor película, y se explayó ayer en diálogo con EL DIA sobre un galardón que es “un premio a la existencia de un cine más autoral” y que le dio una “satisfacción especial porque se reconoce una forma de hacer cine, un cine que no es exitoso en términos de números, que está un poco por fuera de la lógica del mercado”.
“Me da cierto temor que cuando el paradigma empieza a ser que hay que apoyar a las películas exitosas, y no a todas, se pierda de vista la verdadera naturaleza del hecho cinematográfico, que es parte de la formación de nuestra identidad como país”, dice Rotter en relación a ciertas opiniones que afirman que hay que dejar que el cine se rija según la ley del mercado.
Para Rotter la intervención del Estado en el cine es indispensable para “dar pantalla y tratar de equiparar las condiciones para que películas como la nuestra se puedan encontrar con su público, porque lo tiene también”. Y no es que su película, afirma, sea una película “de nicho en sí”, una película para un público cinéfilo, sofisticado: “El nicho es hacerse un lugar dentro de una oferta cinematográfica absolutamente dominada por películas hollywoodenses”.
Por eso Rotter se muestra preocupado ante “la sensación de que cada cuatro años pareciera que hay que reinventar las políticas culturales. En Argentina se rearma el plan de fomento al cine en cada cambio de administración: esa sensación de que todo lo hecho anteriormente no sirve es una tendencia muy destructiva”, opina, y explica que con cada nuevo debate “se detiene la producción, el flujo normal de actividades que esta disciplina requiere”, y se muestra preocupado por el regreso tras la salida de Alejandro Cacetta del INCAA del debate en torno al modo de financiamiento del cine nacional, con la Ley de Convergencia que reemplazará a la Ley de Medios en borrador y los políticos recibiendo supuestas presiones de las cableoperadoras, principales aportantes al cine nacional, y las salas, que pretenden flexibilizar la cuota de pantalla para el cine nacional.
La cuota
“La cuota de pantalla es un instrumento muy valioso pero que no se cumple: no se logra llevar a cabo porque los intereses que están en juego son muy grandes, porque las salas de cine son propiedad de grandes empresas que defienden sus propios productos, el cine hollywoodense, y el cine es la segunda industria de EE UU”, explica Rotter, en referencia a las cadenas de complejos multisalas.
“Las presiones son enormes, es la segunda industria de Estados Unidos y la defienden a capa y espada. Cuando se intentó en su momento establecer una cuota de pantalla fuerte y rígida, la respuesta de EE UU fue sacarnos las patentes de medicamentos”, agrega al respecto. “Esto ya sucedió, es una nueva realidad: ahora es el Estado el que debe regular un marco para cohabitar esos espacios de la industria”.
“La identidad cultural debería ser patrimonio inalienable. Trasladado a otro plano de la economía, una postura similar nos llevó a que en otras épocas fuera más redituable importar chorizos de Bélgica que hacerlos en Argentina: si el cine como actividad cultural queda librada a una lógica de mercado, pasa lo que pasa hoy. El cine necesita de la protección del Estado como lo hacen otros países”, dice Rotter, para quien este esfuerzo “requiere de una gran convicción y de una defensa de la identidad cultural del país, porque el mercado no da chances”.
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