Hubo una época en que escenas como ésta en el Parque Olímpico de Londres no hubieran ocurrido: el príncipe Guillermo, heredero del trono británico, corriendo por la pista con su esposa, la duquesa de Cambridge, y su hermano, el príncipe Enrique, entre los vítores de otros corredores durante una carrera de relevos para promover la salud mental. Fue un gesto tan humano. Tan accesible. Tan estilo Diana.
Lady Di, una maestra jardinera empujada al brillo de la fama por su matrimonio con el príncipe Carlos, arrastró a la estirada realeza de Gran Bretaña al mundo moderno. Diana tuvo una conexión directa con el público -corriendo una vez su propia carrera en una amplia falda blanca y un suéter holgado- y promovió causas mucho más allá de lo convencional para la época, como el retiro de las minas terrestres y la investigación del Sida.
Ese vínculo sigue vivo a través de sus dos hijos, quienes adoptaron el acercamiento más personal de su madre a la monarquía y en el proceso revitalizaron la institución. Ella fue la primera integrante de la realeza que realmente llegó al corazón de la gente. Y los estudiosos de la monarquía apuntan que sus hijos son iguales. “El público sencillamente los adora”, destacan.
Guillermo y Enrique son los recordatorios más obvios del impacto de Diana. Han hablado abiertamente sobre sus propios problemas de salud mental tras perder a su madre a temprana edad, rompiendo tabúes del mismo modo en que Diana abrazó a pacientes de Sida para apaciguar los temores sobre la enfermedad. Pero el legado más transcendental de la princesa es su popularización de la idea de que las celebridades pueden usar sus relaciones con millones de personas a las que nunca han conocido para efectuar un cambio.
Esta joven mujer se ganó aún más el amor de la gente contando su lado de la historia cuando su matrimonio colapsó en medio de la relación del príncipe Carlos con Camila Parker Bowles, quien luego se casó con él.
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