Cuatro años pasaron desde que Rafa Nadal se tiró al suelo de la cancha central de Flushing Meadows para celebrar su segundo título. Casi un lustro en el que las lesiones y otras vicisitudes quebraron la persistencia indómita del español. Pero el hombre de Manacor es indestructible. En este 2017 resucitó de manera increíble ese nivel sobrehumano que le llevó a ser número uno y ha terminado coronándose en un US Open que dominó con autoridad. El sudafricano Kevin Anderson fue una sombra en el estadio Arthur Ashe, que solo tuvo un dueño desde el primer juego. Tres sets (6-3, 6-3, 6-4) y dos horas y 17 minutos fueron suficientes para alargar todavía más su leyenda, con un título que lo acerca a Roger Federer en su eterna lucha por ser más inmortal.
Nadal se acordó de su tío Toni, que a fin de temporada dejará el puesto de entrenador. “Es una de las personas más importantes en mi vida y probablemente sin él no hubiese jugado al tenis”, afirmó
Hace tiempo que Nadal compite solamente contra la historia del tenis. Una rueda gigantesca que solo son capaces de hacer girar los mitos. Lo es el mallorquín en vida. Un deportista especial y único, con un estilo particular, intachable e indestructible. Dieciséis son los títulos Grand Slam (Federer tiene 19), pero su convicción le permiten soñar con elevar ese número hasta una cifra que hace unos años parecía insuperable.
En Nueva York se impuso con una superioridad inusitada para el mallorquín en cancha rápida. Del Potro, en semifinales, fue el verdadero rival. Kevin Anderson duró lo que tardó en liberarse de la tensión lógica de una final de este calibre. El respeto que Nadal profesa a todos sus rivales hizo ser excesivamente prudente en el inicio. Pero si ser controlador le concedió las primeras ventajas en el partido, el paso de los minutos mostró al jugador que discute a Federer el título de mejor de la historia, en cuanto a números. Un animal hambriento en busca del triunfo en cualquier situación, por imposible que parezca.
Anderson nunca pudo soñar con la victoria. El gigante, uno de los mejores sacadores del circuito, pronto se vio acomplejado por el nivel de Nadal. Desde el principio la presión fue insoportable para un jugador que disputaba su primera final de Grand Slam. En el tercer juego, Rafa logró las dos primeros quiebres. Anderson se defendió con varios buenos primeros saques y salvó la primera situación de peligro. Pero esa presión ya comenzaba a afectarle.
En los primeros juegos, Nadal no concedió ni siquiera un “deuce”. Solo cuatro puntos en todo en el primer set. La autoridad con su saque estaba mucho más alta que la de su rival y era cuestión de tiempo que terminase ganándolo. Y la quinta fue la vencida. En el séptimo juego, con 3 iguales en el marcador, otra doble falta del sudafricano terminó siendo fatídica. En el punto posterior no aguantó más y falló una derecha sencilla para regalar la ventaja en el marcador al español. En todo el primer set, Anderson ganó el 66% de sus primeros saques. Hasta este partido lo lograba en un 83% (6-3).
La velocidad de piernas le permitía a Nadal llegar a muchos de los “misiles” del sudafricano, enérgico pero inevitablemente más lento en sus movimientos. Por eso Anderson acortaba los puntos siempre que podía. Su estrategia le hacía correr cada vez más riesgos y los errores se multiplicaban. En los tres primeros juegos ya había sumado 18.
Poco a poco, Nadal empezó a controlar mejor el servicio de su rival. Situado siempre tres metros por detrás de la cancha, encontró el sistema para cada vez ser más efectivo. Golpeando más profundo y haciendo daño a un Anderson cada vez con menos confianza. En el segundo set solamente logró un solo break, en el sexto juego, pero la oposición de Anderson cada vez era menor (6-3).
El tercero requería de mayor fuerza mental para el número uno. Mantener su nivel de intensidad con la ventaja acumulada era todo un desafío. También cerrar un partido que suponía otro paso más hacia la eternidad del tenis. Pero la inspiración de Nadal no tiene límites y pronto logró el quiebre que le abriría las puertas del Olimpo. Todos sus golpes funcionaron a la perfección. Pero por encima mostró una superioridad física extraordinaria. Su capacidad de reacción le hacía llegar a pelotas imposibles. Con el marcador a favor “voló” por la cancha para agarrar y no soltar lo que creía suyo por derecho (6-4).
Para Nadal este triunfo supone asegurar el número uno del mundo por tiempo indefinido. Significa que nunca se ha rendido tras dos años complicados y lo que tiene por delante puede ser oro puro.
En Australia Federer derrotó a Nadal, en Roland Garros el mallorquín no tuvo rival, Wimbledon volvió a ser el “jardín” del suizo y en Nueva York, Nadal demostró que es número uno porque ha vuelto ser el mejor del mundo sin discusión. Con este US Open termina una temporada de Grand Slam para la recordar por siempre. Los dos más grandes se los han repartido como si el tenis los echase de menos. No puede vivir sin ellos este deporte que s han convertido en algo fantástico.
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