“Don Quijote es un soñador, un idealista y un romántico, decidido a no aceptar las limitaciones de la realidad, avanzando sin importar los contratiempos. No me gusta la versión normal del mundo, prefiero pensar que hay más juego y diversión ahí fuera”
“Quijote vive”: la pintada aparecía al costado de uno de los camiones de producción de la película que Terry Gilliam planificó durante 28 años y que finalmente culminó de rodar el mes pasado, un grafiti que se rebela ante el estado del mundo (aparentemente, la versión final contendrá reflexiones sobre el terrorismo, la inmigración y otras problemáticas actuales) pero que remitía en realidad, claro, a la lucha del cineasta de “12 monos” por terminar el proyecto de sus sueños, que terminó convirtiéndose en pesadilla.
El cine está lleno de películas que no se terminan: un esfuerzo conjunto de inversores, actores, técnicos y creativos es a menudo tan delicado (particularmente en los esfuerzos independientes) que muchas veces son sostenidos por la voluntad de sus directores. Así ocurrió con “El hombre que mató a Don Quijote”, el título provisorio del proyecto de Gilliam que empujó con pasión a su terminación aún después de la pesadilla que vivió cuando intentó rodarla por primera vez, en 2001.
Es que el Quijote es una pasión de Gilliam, cuyo trabajo ha estado marcado siempre (particularmente, en “Las Aventuras del Barón Munchausen” y “Fisher King”, dos de sus películas más aplaudidas) por los juegos entre realidad y fantasía, entre sanidad y locura y entre un individuo rebelde y una sociedad opresiva.
“Gilliam es un poco el Quijote: es el soñador, el idealista, el que ve cosas que los demás no vemos”, decía en 2001 el diseñador de producción Benjamín Fernández, cuando comenzó el primer rodaje del filme. Y el ex Monty Python, 15 años después y tras culminar su propia quijotesca empresa, concuerda: “Don Quijote es un soñador, un idealista y un romántico, decidido a no aceptar las limitaciones de la realidad, avanzando sin importar los contratiempos. No me gusta la versión normal del mundo, prefiero pensar que hay más juego y diversión ahí fuera”.
Por eso, pese a las innumerables ocasiones en que el proyecto se le ha venido abajo en los últimos años, la película sigue siendo su máximo sueño creativo, una auténtica obsesión. “Es un problema médico, sí”, reconoce. “Nunca he dejado de pensar en ello. Cada vez que terminaba una película me planteaba intentarlo otra vez, nunca se ha ido. Soy estúpido, no aprendo”. Por esa estupidez, esa locura que se confunde en sus propias películas con tozudez y genialidad, es Gilliam, director y personaje, completó “la película que no quería ser hecha”.
EL PRIMER RODAJE
Así fue bautizada la cinta luego de los sucesos de 2001. El director ha trabajado en el rodaje desde 1989, pero tras años de buscar financiamiento en Estados Unidos decidió rodarla en Europa, con fondos europeos: los 40 millones de euros que servirían para realizar la cinta la convertirían en la producción europea más cara de la historia, aunque Gilliam decía en el documental “Lost in La Mancha”, un retrato del rodaje que culminó siendo un retrato del desastre, que la cinta estaba escrita para al menos el doble de dinero.
Con ese dinero, sin embargo, finalmente arrancar el rodaje, con un reparto encabezado por Jean Rochefort (Quijote), Johnny Depp (Sancho) y Vanessa Paradis (Dulcinea): la aventura duró sólo seis días en los que tuvieron que hacer frente a todo tipo de adversidades.
Ya el primer día comenzaron los problemas: mientras la producción intentaba traducir a la realidad los escenarios y disfraces que poblaban las fantasías de Gilliam sobre su visión de la adaptación de la novela de Cervantes, descubrieron que la locación elegida para la filmación era un lugar donde los aviones de la OTAN realizaban vuelos de práctica.
Gilliam decidió continuar con la filmación (con tan poco presupuesto no había modo de cambiar de lugar) esperando reemplazar el audio en la posproducción, pero en la segunda jornada del rodaje una repentina inundación acompañada de un furioso granizo averió parte del equipo y modificó el escenario en el que filmaban. Cuando días más tarde Rochefort se lastimó la espalda y no pudo continuar filmando, la producción se vio forzada a terminar: el reclamo de 15 millones de dólares de la compañía aseguradora terminó con la transferencia de los derechos del guión, durante varios años, a la empresa.
En 2006, tras años de batallas legales, los derechos volvieron a manos de Gilliam, que se encontraba alistando, una vez más, su adaptación. El filme había sido reescrito completamente, con el rol del Quijote ocupado a lo largo de lo siguientes años por diversos actores: Michael Palin y Robert Duvall incluso realizaron pruebas de cámara, con Depp todavía como Sancho, aunque cuando el actor firmó con Disney para la franquicia de los “Piratas del Caribe” también ese rol tuvo que volver a ser elegido.
Con Duvall y Ewan McGregor contratados, la pre-producción comenzó en 2009, pero colapsó un año más tarde por falta de financiación: nadie quería tocar la excéntrica visión de Gilliam de la obra clásica, y muchos rumoreaban incluso que estaba maldita.
EL FINAL
“La maldición del Quijote es una estupidez”, diría siete años más tarde, tras una exhaustiva lucha contra los molinos de viento, el miembro de Monty Python: acababa de terminar el rodaje que finalmente comenzó en 2014, con Adam Driver y Jonathan Pryce (quien interpretará próximamente al Papa) como Sancho Panza y Don Quijote en esta adaptación libre y contemporánea de la novela de Cervantes, que contará tambipen Olga Kurylenko, Stellan Skarsgard y actores españoles como Jordi Mollá, Sergi López, Oscar Jaenada o Rossy de Palma.
El guión, en esencia, sigue siendo el mismo: Toby (Driver), un ejecutivo publicitario, regresa al pueblo donde rodó un corto diez años antes y se reencuentra con Javier (Pryce), un zapatero que desde entonces vive pensando que es el auténtico Don Quijote y le confunde a él con Sancho Panza.
La producción recayó finalmente en la productora Tornasol Films, para la cual supone su producción más ambiciosa hasta la fecha, con un presupuesto de 16,6 millones de euros (19,4 millones de dólares) que es casi la mitad de lo que fue en el 2001. La productora ya vendió los derechos para Estados Unidos a Amazon, y se ha aliado con otro productor belga, uno portugués y una compañía francesa de ventas internacionales, para conseguir el dinero.
Gerardo Herrero, fundador de Tornasol, tuvo que recomponer el rompecabezas de la financiación tras la salida del coproductor portugués Paulo Branco, que obligó en otoño pasado a posponer, por enésima vez, el rodaje, hasta esta primavera. Al parecer, Branco quería hacer la película con un presupuesto aun menor.
“Al final lo estamos haciendo con menos dinero de lo que realmente necesitamos”, subraya Gilliam, “todo el mundo que está implicado, del reparto al equipo técnico, están trabajando por menos de lo que normalmente cobrarían, porque todos quieren ver esto hecho. Cualquier persona sensata habría renunciado hace años, pero a veces los cabezotas soñadores ganan al final, así que doy las gracias a todos los idealistas que se han unido para hacer realidad este sueño”.
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