Dicen que el tango te llega.
A Pamela Galinski, 35 años, acompañante terapéutica, le llegó en el 2000, a pesar de que en su infancia odiaba que su tío abuelo dejara de jugar con ella para ver Grandes Valores del Tango. “Ese programa de televisión era mi competencia”, subraya.
Se acuerda como si fuera hoy cuando abrió la puerta de la sala del Club Libertad. Martín Gutiérrez y Ramiro Nievas, los profes, le encajaron un compañero y empezó a bailar. “Nunca más dejé de ir”, dice. También se acuerda que a sus padres no les gustó nada cuando volvía a cualquier hora, todas las noches. Sus amigos, claro, no entendían cómo en vez de ir al boliche prefería la milonga.
Desde entonces vive el tango como una ceremonia que la vincula a su abuelo, la música clásica, el barrio, la salud. “Bailar tango es una forma de elaborar las cosas que te pasan”, explica Pamela y completa: “Es una adicción”. Como trabaja desde el tango terapia en un centro de día, tiene una visión psicoanalítica del baile: “Uno baila como es, manifiesta la personalidad en los movimientos, en cómo se conecta”.
En su trayectoria como bailarina participó de la Guardia Tanguera durante 7 años y fundó en el Club Ateneo, donde supieron actuar Troilo y Pugliese, la Milonga La Popular, en 39 115 y 116. Pero todo cumple un ciclo en la vida. En el 2010 ganó junto a Ale Lencina el primer lugar en la subsede del Festival de Tango, llegó a la semifinal metropolitana y en el 2013 el tango la encontró viajando por Europa. “A los tres días que llegué estaba dando un seminario”, recuerda y comenta: “Fue un viaje de mucha observación. Ver los distintos abrazos y la apropiación del cuerpo”.
Dos o tres veces por semana Pamela se va a la milonga. El lunes pasado estuvo en capital, bailando en La Parrilla, los domingos casi siempre va a La Torre, a veces se da una vuelta por la tradicional milonga de Raúl Gaggiotti, los martes, y es probable que anoche haya celebrado su cumpleaños bailando algún que otro tanguito en la Milonga solidaria La Tilinga o en la San Martín.
“Soy milonguera, milonguera, me encanta abrazar y que me abracen”, afirma Pamela al tiempo que explica los tres tipos de abrazos que existen: salón, escenario y nuevo o abrazo abierto. Dice que cuando uno se mete en el tango, deja -un poco- su vida. Que el tango va cambiando a medida que cambia la sociedad y que te llega de manera irracional.
TANGO EN ZAPATILLAS
“Tengo el estigma de llamarme Malena”. Venía de la salsa y estudió hasta cuarto año de la tecnicatura en alimentos, pero cuando abrió la carrera superior en Interpretación y Coreografía de Tango en La Plata, Malena Molfino, de 28 años, no lo dudó.
Lo primero que dice esta joven bailarina y docente -que colabora junto a Ezequiel Dalessio, su compañero, y Ulises DelleVille el espacio de práctica y milonga La Torre, en 12 y 51- es que el tango es un hecho cultural que se va transformando con la sociedad. Enseguida se pregunta ¿Porque soy mujer no puedo sacar a bailar? Y se responde: claro que sí.
“Es un hecho único e histórico, con mucha energía femenina, limpia y alto nivel de baile”, asegura Paula, con una mueca como sonrisa, y anota: “Ahora la gente me conoce como la mina que hace de chico”
La Torre es unos de los espacios que habilita una espacie de vidriera del tango en la Ciudad. Allí, jóvenes y grandes se acercan desentendidos de la formalidad de la vestimenta que se usan en otros espacios, lejos de los códigos del cabeceo, de la mirada impositiva, la palabra mujer y hombre son eliminadas y el que quiere aprender hace los dos roles por igual.
“El hecho de abrazarte te pone en otro mundo”, dice Malena cuando describe lo que pasa con la danza y expone: “Mi mundo es raro para el resto del mundo. Yo necesitaba bailar, necesitaba el abrazo. Mis viejos siempre me acompañaron, mis amigos nunca lo entendieron”.
En este orden de cosas, Malena reflexiona y cuestiona el imaginario, donde el farol, la media de red y el compadrito siguen existiendo en el sentido común como algo que se espera del tango, mientras muchos otros -como ellos en La Torre- trabajan en un sentido inverso. Es decir, sin reproducir esa historia, proponiendo que los protagonistas de un baile se encuentren en ese abrazo, atentos y a la par.
“En el tango platense no faltan propuestas y todas son a la gorra”, asegura Malena mientras cuenta con sus dedos 12 milongas activas. “Lo que falta es gente joven, nueva, que se quede”. Para acercarse a una milonga, dicen los testimonios de esta nota, basta con acercarse a una práctica y animarse a bailar. La adicción viene sola.
“Tango sin abuso” es un grupo de mujeres autoconvocadas que proponen tratar la problemática de la violencia de género en su ambiente
Ahí anda Malena, estudiando expresión corporal y danza afro. “Cualquier cosa que hago me lo llevo para el tango, incluso soy muy observadora del rol docente y del proceso de enseñanza aprendizaje”, revela y precisa “el tango es un diálogo, un encuentro donde a veces hay un montón de desencuentros”. Como en la vida.
PISAR A TIEMPO
Gladis Balbuena, 48 años, instructora de tango y suegra de Malena, nació en Misiones pero se siente platense. Llegó al baile del abrazo hace aproximadamente 12 años. Vivía en 54 entre 5 y 6, cuando un día, con una amiga, pasaron por la glorieta de Plaza San Martín, que era como el patio de su casa y se quedaron asombradas por cómo bailaba el profesor. “Arrastrando los pies”, dice Gladis, y desliza una palma de la mano sobre la otra. Ese profesor era Fernando Napoliello, referente de la Guardia Tanguera, quien sería luego su primer maestro.
A los cinco años de que el tango fuera parte de todos los días de su vida, Ezequiel Dalessio, su hijo, también empezó a tomar clases. Así el tango los fue enlazando. Desde ese momento ya no eran solo madre e hijo sino pares. Desde ir a las milongas, las primeras exhibiciones, las primeras clases, y hasta el trabajo final de la carrera de tango: todo lo hicieron juntos.
Después, Gladis fue asistente de Andrea Benassi, otra gran mujer del tango platense, cuando daba clases en el Pasaje Dardo Rocha. Bailó y dio clases con Javier Arias, y trabajó muchos años en el ballet de Olga Becio. Todavía recuerda cuando bailaron en Plaza de Mayo, el Día del Tango.
Por estos días da clases junto a Dante Granado, toma clases de musicalidad con Horacio Godoy, en La Viruta, capital, y coordina dos milongas bien platenses: La Tana y Dímelo al oído. Ambas en el Círculo Italiano. La primera lleva solo 5 meses de vida y la segunda ya casi dos años, los terceros sábados de casa mes, con exhibiciones de bailarines profesionales como Chicho Frúmboli y Juana Sepúlveda, Bruno Tombari y Rocío Lequio. Además es una de las referentes de los Encuentros de Tango del Interior (ETI), donde alrededor de mil personas reunidas en alguna provincia de la Argentina, se juntan –sin fines de lucro- por tres días consecutivos, 4 veces al año, para movilizar el tango.
Lo maravilloso del tango es que “entre dos se arma una sola cosa”, asegura Gladis y reafirma: “Para mí es increíble transmitir algo que me cambio la vida”.
Ella pasó por la carrera de psicología, tuvo 4 hijos y trabaja en un comercio céntrico junto a su madre. Asegura que entrar al tango no fue fácil: “Al principio me angustiaba, sobre todo por ser mujer, esperar que me cabeceen, pero de a poco fui encontrando mi lugar, además de que los tiempos cambiaron y en La Plata el ambiente es cada vez más relajado, hoy puedo sacar a bailar a un chico más joven, o bailar indistintamente con hombres y mujeres”, comenta y agrega: “Nos conocemos todos, somos una comunidad”.
No hay un día en la vida de Gladis en que el tango no esté presente, ni los zapatos de tango en la cartera. Arranca todas las mañanas con D`Arienzo, Di Sarli, Pugliese, Piazzola y Troilo en sus auriculares y termina todas las noches en una milonga, a veces en dos. Sus manos danzan con cada una de sus palabras. Dice que le da tranquilidad y paz. Que se acercó a bailar para llenar el vacío que le produjeron ciertas cosas de la vida. “Me llené de tango”, concluye Gladis que encontró que bailando podía no estar. Casi como meditar, pero en un abrazo.
TANGO SIN ABUSO
“El tango te encuentra, es una energía invisible que tenemos adentro”. El abrazo de Paula Morales -24 años, bailarina, instructora y estudiante de tango- al recibirte es fuerte y dulce. Nacida en el sur de la argentina, tenía 14 años cuando en San Martín de los Andes, empezó a bailar con un vecinito, en lo de Marcos y Analía, sus primeros maestros en este arte. Por ese entonces tenía una relación complicada con la familia por la “macanas” que se mandaba, pero el tango la salvó. Al menos eso es lo que ella dice. Ya verá.
Como en casi todas la historias el amor arma la trama y sus desenlaces. Llegó a La Plata después de vivir en Mendoza con su hermano, estudiar historia y enfermería. Acá conoció un muchacho, se enamoró, tuvo una hija, organizó en el 2013 Milonga Sur, se separó del muchacho y siguió: con la milonga, la crianza de su hija, sus clases, entre sus zapatos de tango. Todavía se acuerda el día que su mamá la acompañó a comprarse los primeros tacos, que todavía conserva.
“El abrazo que usamos en mis clases es el mismo que damos afuera, a un amigo, a un novio, una madre”, dice Paula. Ella es una de las pocas que en La Plata, enseña el tango desde roles activos: “Hablo de propuesta y de intérprete -aunque todavía no le convencen- es la forma de nombrarlo que mejor encuentra”.
No hace más de un año y a raíz de una situación personal, donde tuvo que denunciar lo que consideró un abuso por parte de un muchacho con el que bailó una noche en una milonga, comenzó a juntarse con otras mujeres que iniciaron un cuestionamiento hacia el interior del tango. Nació “Tango sin abuso”, un grupo de mujeres autoconvocadas que proponen tratar la problemática de la violencia de género en su ambiente. Una de sus mayores banderas es la escritura de un nuevo código milonguero, propuesto a todas las milongas, pero no siempre bien aceptado, junto a una lista con todos los varones que fueron denunciados.
Como organizadora de Milonga Sur -lo dice ella- en el baile tiene que haber respeto y consenso. “Pero no siempre es así. Muchas chicas se acercan al tango, bailan, preguntan para empezar las clases, y muchas veces no vuelven más. Nos empezamos a preguntar por qué”, comenta Paula y agrega: “Algunos creían que la milonga se acababa con mi separación”, se acuerda y asegura que todavía es muy fuerte la figura de la pareja hombre-mujer.
“El abrazo que usamos en mis clases es el mismo que damos afuera, a un amigo, a un novio, una madre”
Sin embargo, algunas cosas van cambiando. Hace poco, junto a Florencia Echeverría salieron terceras en el primer campeonato de tango de lideresas donde el rol de guía lo lleva la mujer. “Es un hecho único e histórico, con mucha energía femenina, limpia y alto nivel de baile”, asegura Paula, con una mueca como sonrisa, y anota: “Ahora la gente me conoce como la mina que hace de chico”.
Así es Paula, como tantas otras chicas del tango, joven, apasionada, madre, luchadora, que sueña con trabajar en un ambiente sano, familiar, viajar por el mundo, conocer gente, mostrar su arte, volver al sur, desde donde vino quemando etapas, como le reclamaban sus padres, abriéndose camino entre los abrazos que la salvaron.
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