A pesar de su juventud, los ladrones conocían perfectamente que no podían salir en un raíd así con la cara destapada o exponiéndose. Llevaban capuchas, cuellos y sólo se les veían los ojos. El timbre de voz y la estatura les delataban la edad. En toda la secuencia hicieron cuanto quisieron, parando a juntar recaudaciones como si de cobradores se tratara. Pero hubo algo que los vendió: su efusividad en mostrar el lechón robado, que llamó la atención inclusive de los que ni siquiera pensaban en meterse con ellos. La jactancia fue más que la agilidad y el desparpajo.
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