“No quiero perder mi vida diaria, ni que mi familia deje de hacer lo que hace”. Daniel tiene miedo, más que por él, por su mujer y sus dos hijos. Por eso pretende volver a ser uno más, anónimo entre el resto de la gente de su barrio, como lo fue casi siempre.
Quienes hayan pergeñado y realizado la amenaza supieron que sería efectivo para ellos enviar un mensaje que todos en esa casa pudieran ver. “Era distinto si se me subía un tipo a mi auto, me insultaba y me decía que me dejara de hablar”, compara.
Daniel se siente, también, desamparado: “Estoy solo, nadie me acompaña. Recibí un montón de mensajes, pero por celular. Solamente un miembro de la asamblea vino a mi casa. La custodia que tuve (después del mensaje con el ataúd) duró dos días. Yo salgo todos los días de mi casa a trabajar y sigo solo”.
“No sentí el acompañamiento de la gente del barrio, los políticos, la policía y la Justicia. El apoyo lo tengo, pero abro la puerta y estoy sin nadie”, insiste el hombre y completa: “Hoy estoy como para salir a la vereda y encontrarme con un desconocido de nuevo, o con cualquier cosa. Supongo que el próximo mensaje puede ser peor y no sé cómo termina esto”.
“me ganaron”
De ahí que, para él, luchar contra la venta de drogas se convirtió en una causa imposible. “Me siento abatido, me ganaron. Por eso me retiro en cuanto a hacer acciones o denuncias. Se pueden ganar algunas batallas, pero la guerra final no”, opina.
El Mondongo alberga a la zona roja desde hace unas cuatro décadas. Sin embargo, según las épocas, el movimiento de prostitutas y travestis fue cambiando de lugar. La gran diferencia es que antes lo que había era oferta sexual, mientras que hoy, según coinciden todas las fuentes, el 90% por ciento se dedica al narcomenudeo.
Fuentes oficiales calculan que en el punto máximo, hace poco, hubo más de 100 travestis dedicadas a la venta en toda la zona roja. Además evalúan que hoy unas 80 siguen en actividad, “desparramadas” por diferentes puntos de El Mondongo y los alrededores, hasta llegar a Parque Saavedra. Domínguez agrega que en 14 meses hubo 14 detenciones. Como una suerte de shopping a la vista de todos y en una zona residencial, la oferta de cocaína al paso atrae a compradores de la Región y también del Conurbano, con menores riesgos que el que podría implicar, por ejemplo, ir a hacerlo adentro de una villa porteña.
¿Qué pasará con el barrio? “Lo veo complicado. Esto va a seguir en una escalada muy grande. A no ser que haya una decisión política”, anticipa. Su panorama sombrío alude directamente al funcionamiento judicial. Sin actuaciones de oficio, el primer paso para que se persiga el delito es que haya denuncias. Sin nadie que lo haga, por miedo a una represalia salvaje, la ecuación parece simple.
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