Escribe Monseñor DR. JOSE LUIS KAUFMANN
Queridos hermanos y hermanas.
Cada cristiano que acude a celebrar el sacramento de la confesión o reconciliación, sabe que debe prepararse con un diligente examen para tomar conciencia de qué pecados ha cometido.
El examinar la propia conciencia es una práctica muy antigua que tiene su origen antes del cristianismo.
Los pitagóricos y los estoicos lo consideraban un medio útil para progresar en la vida.
San Juan Crisóstomo se lo recomienda a todos los fieles, como juicio de los pecados personales, y lo vincula con la diligente administración de los propios negocios, donde no se deja pasar un día sin hacer cuentas de las ganancias; debiéndose, de modo semejante, aplicar diariamente también a mejorar la conducta.
La Iglesia reconoce el valor y la eficacia del examen diario de conciencia, para el desarrollo de la vida espiritual, ya que favorece la necesaria conversión al amor de Dios.
Es normal, por lo tanto, que todo cristiano se examine en la presencia de Dios para descubrir lo que pueda haber de pecado y así acomodar su vida a la Voluntad del Señor.
La Iglesia reconoce el valor y la eficacia del examen diario de conciencia
Esta práctica, observada todos los días, hace más fácil la preparación inmediatamente previa a la celebración del sacramento de la confesión.
Si bien existen varios métodos o formas de hacer el examen diario de conciencia, la Iglesia nunca ha preferido uno sobre otro.
Lo importante es el examen en sí, más que un modo determinado de hacerlo. El tiempo que se emplea es mínimo, pero el provecho es muy útil.
En la vida de los cristianos, el examen de conciencia es llevar a la práctica la enseñanza común atribuida a los antiguos sabios: “Conócete a ti mismo”.
¡Conocerse a sí mismo es el gran desafío! Sólo es posible en quienes tienen el coraje de ser veraces y sinceros a su propia conciencia, sin anteponer excusas, disculpas o justificaciones infantiles.
Se trata de estar en la realidad: ser conscientes de las propias limitaciones, de las debilidades, pero también de lo que se ha ido alcanzando; además, tener un proyecto de vida y controlar su cumplimiento en el examen diario de conciencia, con los pies en la tierra y con el corazón en Dios.
Examinar así la propia conciencia implicará siempre preguntarse también el porqué de cada pecado.
Por ejemplo: ¿por qué no amo a Dios sobre todas las cosas? Y, buscando la razón, la raíz, la causa, el motivo de este pecado, quizás tenga que reconocer que no lo hago porque me dejo atrapar por inclinaciones egoístas, por ser haragán, por tener prejuicios erróneos, por ser soberbio, por no usar adecuadamente del tiempo, por llevar la contra... Las respuestas pueden ser muchas y cada una permitirá hacer las correcciones necesarias para evitar las ocasiones próximas a ese pecado. Y así, avanzar con mayor firmeza en la respuesta que cada uno debe a Dios, “que nos amó primero” (1 Jn 4, 10).
Es por esta falta de reflexión en nuestra interioridad que, en general, puede darse que celebremos durante años el sacramento de la confesión sin avanzar un solo paso.
Así, fácilmente, caemos en la rutina y vamos perdiendo la frescura de la dicha de ser cristianos, donde todo debe ser justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo (cf. Rom 14, 17).
Examinar la conciencia es necesario para todos los cristianos, en particular para quienes quieren tener una vida coherente con la fe que profesan.
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