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Guillermo Saccomanno: la filosofía es cosa de chicos

Guillermo Saccomanno
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Por Redacción

Con ilustraciones de María Wernicke, el narrador argentino se sumerge en la literatura infantil con dos trabajos realizados en una especie de juego que comenzó con su hijo

“El nene y la sombra” y “El nene y el piojo” son los títulos de los dos nuevos libros del escritor argentino Guillermo Saccomanno que, en colaboración con su pequeño hijo, hablan de la curiosidad natural de los chicos al formularse preguntas no muy alejadas de las que realizaron los grandes filósofos de la historia.

Con ilustraciones de María Wernicke y editados por Planeta, ambos libros fueron realizados en una especie de juego que comenzó con su hijo Anselmo, donde surgieron algunas de las preguntas plasmadas en los textos, tales como: ¿Habrá vida en el cielo? ¿Habrá nenes allá arriba? ¿Por qué soy yo? ¿Por qué yo soy también en el espejo?

“A partir de las preguntas que puede hacer un chico, lo que busqué es que estos relatos tuvieran el tono y el sentido de un aforismo presocrático o un koan zen, indagar en el absurdo y en el misterio del modo en que puede hacerlo la curiosidad de un chico”

“Si estos libros respiran un cierto aire metafísico no fue deliberado -explica Saccomanno-. En todo caso, a partir de las preguntas que puede hacer un chico -mi hijo Anselmo, en este caso-, lo que busqué es que estos relatos tuvieran el tono y el sentido de un aforismo presocrático o un koan zen, indagar en el absurdo y en el misterio del modo en que puede hacerlo la curiosidad de un chico”.

El autor de libros como “El oficinista”, “El amor argentino” y “Cámara Gesell”, entre otros, con este nuevo giro en su obra no solo plantea cuestiones filosóficas sino que también induce a los grandes a repensar el mundo.

Al momento de esta escritura, su hijo tenía poco más de cuatro años. “Escribí los cuentos a su lado -cuenta el narrador-, como si se tratara de componer un poema. Estaba a mi lado cuando escribía o tomaba apuntes. Y una vez que había redondeado una pregunta y una respuesta posible, lo consultaba, tomaba en cuenta su observación, corregía y así. Se trataba de un ida y vuelta, nos reíamos, nos quedábamos pensando. Avanzábamos, nos deteníamos. De pronto tenía la impresión de que esos instantes eran únicos, que no podía dejarlos esfumar. Ante lo que a mí se me ocurría, mi hijo formulaba tal o cual pregunta. Y yo debía capturar al vuelo ese instante de sentido. Al ver hoy los libros compruebo que en gran medida su mérito está en la delicadeza del dibujo de María Wernicke, que le aportó a cada historia una perspectiva cómplice en vez de subrayados”.

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