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Pasión y locura de los conquistadores de lo inútil

El pico de la “Montaña Blanca” del Himalaya: cuatro argentinos partieron hacia la cima en 2008, una expedición que terminó en tragedia y cuya historia es recuperada en un documental - facebook

Por Redacción

Un filme sobre una trágica expedición al Himalaya retrata las proezas y la crudeza del alpinismo

“Los conquistadores de lo inútil” es el título de un libro emblemático del alpinismo, autobiografía de Lionel Terray que a partir de esa frase, popularizada luego por Werner Herzog para resumir todo emprendimiento del alma humana contra la indómita naturaleza, resumía la ilógica aventura que emprenden los montañistas cada vez que enfilan para un pico inconquistable, una decisión fuera de toda racionalidad pero a la vez necesaria para esos hombres y mujeres como el aire, como la fe.

Esta pulsión casi mística y a la vez plagada de peligros terrenales es retratada de manera a la vez descarnada y emotiva en el documental “Dhaulagiri, ascenso a la montaña blanca”, cinta que se verá hoy y mañana a las 20.50 en el Cinema San Martín, dirigida por el andinista Guillermo Glass y Cristián Harbaruk, y que relata el trágico ascenso que realizó una expedición argentina a ese cerro de 8.167 metros de la cadena montañosa del Himalaya en 2008, en la cual desapareció intentando hacer cumbre el líder del grupo, Darío Bracali.

Una cinta que lleva casi una década gestándose, ya que tras la desaparición de Bracali, el hombre que “nos reunió a todos”, afirma Glass, el proyecto quedó guardado en un cajón: era imposible para su director completarlo con la tragedia tan cerca.

El tiempo pasó y nació la necesidad de los tres alpinistas argentinos sobrevivientes de la expedición de completar el trabajo y sanar las heridas: “Iba a ser un documental en sí mismo, pero con la desaparición de Darío quedó trunca esa idea y durante varios años quedó guardado en un cajón”, recuerda Harbaruk, contactado ocho años más tarde por Glass para terminar el trabajo comenzado en 2008.

Harbaruk había sido en el principio coproductor del equipo de Glass y Bracali, trabajando desde Buenos Aires “buscando el sostén económico para hacer realidad la expedición”, pero Glass le pedía ahora que lo ayudara a realizar la durísima tarea de volver a las imágenes del ascenso al “Dhaula” en calidad de director: necesitaba ayuda, otro par de ojos, para transitar ese doloroso proceso. “Fue como si estuviese viendo una ficción: ver que Darío estaba ahí, pero no está más...”, recuerda el “áspero” proceso de reencontrarse con el metraje Harbaruk.

Bracali “está filmado hasta dos días antes de desaparecer”, relata, y en algún lugar de la montaña quedaron las últimas imágenes de su ascenso, junto con él: el final de la expedición fue reconstruido para la cinta a partir de recreaciones y el relato de los tres sobrevivientes, reunidos en 2016 para cerrar el documental y realizar un ascenso simbólico al Llullaillaco salteño, una travesía que enmarca el filme.

Ver esas imágenes “trastocó todo: ahí es cuando empezás a dudar sobre qué película hacer, qué contar, qué no contar, como contarlo, como ser coherente con la realidad y no caer en un in memoriam. La idea del homanaje siempre sobrevoló la película, pero la película debía ser más que eso”, cuenta Harbaruk de la cinta, que planificó con el resto del equipo un documental en el guión pero terminó de encontrar la película en el montaje, cuando se percataron de que la expedición a Salta debía servir solo de marco y que el corazón de la cinta se encontraba en las imágenes de aquella expedición al Himalaya.

“Nos dimos cuenta que cuanto más nos alejábamos del Himalaya, de esa emoción a flor de piel que provocaba estar e un ocho mil, más se diluía la historia, y por eso el hoy termina siendo apenas un marco, en el comienzo y en el final de la película”, explica.

El viaje de 20 días al Himalaya (siete días a pie hasta la base, y luego el ascenso) toma así el centro de la cinta, mostrando a la vez la crudeza del frío implacable, las ampollas, el dolor y el cansancio, la desoladora belleza de las alturas del pico y la cofradía inquebrantable que conforman el colectivo de hombres y mujeres que se entregan con inusitada fe a la montaña y a sus compañeros.

Allí reside la metáfora que sintetiza la película más allá del in memoriam, del relato de las proezas, de la tragedia y de esa lucha infatigable por conquista lo inútil de los argentinos que retaron al “Dhaula” en 2008: en una sociedad que naufraga entre rencillas de pacotilla en las redes sociales, cada vez más alejada de la naturaleza, “Dhaulagiri, ascenso a la montaña blanca” busca a través de su relato de pasión y locura, dice Harbaruk, “dar valor a lo que es realmente importante en la vida”.

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