¿Por qué necesitamos el arte, cuál es su importancia, en qué nos beneficia? ¿Por qué los museos atesoran producciones desde los inicios de la historia? ¿Y por qué los visitamos?
Quizás porque como un libro, un poema o una escultura, el cuadro es una y mil cosas al mismo tiempo. Una para el artista, otra para el espectador, para cada espectador, que lo goza o lo rechaza. Pero la obra está allí, siempre dispuesta a ser interpelada.
Quizá sea una manera de entrar en el mundo, de comunicarse, e identificarse con él, con la realidad. O tal vez nos permita hacer un viaje hacia la profundidad, hacia el fondo oscuro y misterioso de las cosas en búsqueda de la luz, de la verdad, de significado, del orden secreto establecido por una sensibilidad, una conciencia, que se proyecta sobre la realidad y nos la entrega abierta a la comunicación mediante la forma.
El individuo/artista se vuelve agente activo de las manifestaciones técnicas y lingüísticas. Entre estas manifestaciones destaca la producción artística, entendida como el resultado de una actividad sobre diferentes dispositivos.
Las producciones se aceptan, se conservan, se transmiten y se musean y la historia del arte es entonces la disciplina que desde su inicios, se ocupó de explicar, ordenar y clasificar esta producción.
El arte es un complejo proceso, simbólico, las obras coleccionadas, museadas, o atesoradas en la caja fuerte de un banco son restos de la vida cultural de otros tiempos, que conservamos como objetos culturales, o como mercancías de valor económico.
Como la vida y la cultura de una época es variable, cambiante y efímera, lo que nos queda de ella, son sus artefactos.
Si para el hombre el lenguaje verbal le permite un tipo de transformación espacial a nivel cognitivo e interior, la herramienta y la técnica le permiten su transformación externa, física.
El arte nos revela y se revela a si mismo, una parte de nuestra intimidad, de nuestro ser
A las necesidades de territorio se le añade una tercera: la de la expresión simbólica mediante el uso de lenguajes no articulados.
“Al presentar su cuerpo al mundo, el artista cambia al mundo en arte” dice Merlau-Ponty, pero al hacerlo lo que nos entrega es la realidad misma del mundo en su manifestación esencial, aquella a través de la cual se nos muestra el Ser. “Quizás pinte para surgir” dice Paul Klee.
El arte nos revela y se revela a sí mismo, una parte de nuestra intimidad, de nuestro ser. Haciendo visible al mundo y haciéndonos visibles a nosotros mismos a través de él, es cómo podemos recuperar al mundo y a nosotros mismos.
En cualquier civilización donde nazca, de cualquier creencia, motivo o pensamiento, de cualquier ceremonial que se rodee y hasta cuando parezca consagrado a otra cosa, desde Altamira hasta hoy, figurativo o abstracto, plano o volumétrico, el arte no celebra otro enigma que el de la visibilidad.
En estos tiempos, en que la realidad nos interpela a diario, pensar el arte y disfrutar de él es una posibilidad liberadora, de conocimiento y formación permanente.
Visitar los museos, galerías, centros culturales y participar de las propuestas que nos ofrecen son sin duda la oportunidad de una experiencia que puede transformarnos.
La ciudad es el contexto en el que se multiplica un conjunto de espacios lúdicos, creados artísticamente para proporcionar diversas experiencias de goce a partir de las cuales cada grupo pueda participar, estéticamente, de su sistema simbólico.
A través de sus diversas interpretaciones, como afirmación de la vida o como puente hacia la muerte, el arte nos regresa a su sentido más profundo; la imagen del hombre en la búsqueda de sí mismo y del mundo, el mágico encuentro entre el yo y la apariencia, el carácter y el destino.
(*) Dra. en Historia del arte. Directora del Macla, Rectora de la Universidad del Este, docente en la Facultad de Bellas Artes, UNLP
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