Queridos hermanos y hermanas.
Esta virtud cardinal tiene su importancia. Es la virtud que modera y ordena la atracción de los placeres y procura el equilibrio en el uso de los bienes creados. Asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos.
La templanza es de suma necesidad para la vida de todo cristiano, ya que además de moderar los instintos más fuertes de la naturaleza humana, controlando y ajustando las pasiones a la razón iluminada por la fe, también favorece al mismo tiempo el vivir como hijos de Dios, con esa libertad de espíritu que nos vincula por la caridad con Dios y con los hermanos. Las personas templadas son más libres, y por lo tanto más felices.
Se trata de una virtud que enaltece al ser humano, haciéndolo dueño de sus actos, por eso sus expresiones son la humildad, la sobriedad, la castidad y la mansedumbre.
Los humanos somos seres racionales capaces de ordenar nuestras pasiones hacia nuestro fin, por el que fuimos creados. Es la inteligencia que reconoce y valora esas capacidades, inclinando al individuo a una vida ordenada según el orden de la naturaleza.
La vivencia de templanza se hace realidad cuando tratamos seriamente ser personas humildes, reconociendo las propias carencias y valores sin doblez, es decir sin ser hipócritas ni autosuficientes
Ser varones y mujeres equilibrados y maduros significa vivir la templanza, es decir: esforzarse por ser siempre mejores, gozar de nuestra capacidad de controlar nuestros impulsos y saber dominarnos, ser dueños de nosotros mismos y de nuestro actuar, ser coherentes con lo que pensamos, decimos y hacemos, tener conciencia de nuestras debilidades y evitar las ocasiones que ponen en peligro nuestra felicidad.
La vivencia de templanza se hace realidad cuando tratamos seriamente ser personas humildes, reconociendo las propias carencias y valores sin doblez, es decir sin ser hipócritas ni autosuficientes; practicando la sobriedad, que ayuda a distinguir entre lo que es razonable y lo que es inmoderado y le ayuda a usar bien de sus sentidos, sus esfuerzos, sus bienes, según criterios objetivos; siendo castos y reconociendo el valor de la propia intimidad, respetándose a sí mismo y a los demás; ejerciendo la mansedumbre, que le permite vencer la ira y soportar las molestias con paciencia.
Además, la templanza facilita la vivencia de la formación de una conciencia sana, el conocimiento de las propias capacidades y de los dones de Dios, el valor de las mortificaciones y sacrificios por amor a Dios y a los hermanos, y un carácter reflexivo por el que piensa y medita antes de dejarse arrastrar por sentimientos o pasiones.
Otras manifestaciones de la templanza son también el orden disciplinado en los horarios para descansar, alimentarse, trabajar, recrearse, rezar, etcétera, y respetarlos para así respetarse a sí mismo; evitar todos los excesos y practicando la sobriedad, expresarse según las normas de urbanidad, con palabras adecuadas y sin ofender nunca a nadie; vestirse sin refinamiento, según la modestia y la dignidad, evitando lo que pueda dañar a otros.
Finalmente, en la conducción de vehículos también es necesario ejercer la virtud de la templanza, siendo respetuosos de las normas de tránsito, dando la prioridad a los más débiles o necesitados, sin excederse de las velocidades y evitando toda maniobra que implique un riesgo para la seguridad propia y la de los demás conductores y peatones.
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