Aunque no lo veamos y cueste creerlo, hay un chimpancé adentro de cada uno de nosotros. Esto afirma el psiquiatra británico Steve Peters. Ese animal, no se deja ver. Su presencia se manifiesta a través de nuestras actitudes. Y acaso este que vivimos sea un momento especial para reconocerlo y aprender a tratar con él. La teoría de Peters dice que dos cerebros se instalan en nosotros desde el vientre materno. Uno humano (el que estudian fácticamente las neurociencias, la biología y otras disciplinas) y uno de chimpancé. El primero es producto de la evolución que nos trajo desde el primitivo hombre de Neandertal hasta lo que somos hoy, y se caracteriza por la presencia del neocórtex y los lóbulos prefrontales, inexistentes en los cerebros de las primeras criaturas que poblaron el planeta. Gracias a esto calculamos, imaginamos, intuimos, calculamos, elaboramos pensamientos complejos y podemos comprender nuestras sensaciones y gestionar nuestras emociones.
El cerebro de chimpancé es básicamente un conjunto de emociones en estado crudo. Una máquina de reaccionar que no se detiene a pensar. En términos anatómicos se trata del cerebro límbico, uno de los tres que portamos. En efecto, el de los humanos es, según lo definió en 1952 el neurocientífico estadounidense Paul D. MacLean, un cerebro “triunico” (tres en uno), producto de la evolución. El más antiguo, y compartido con las demás criaturas vivientes, es el reptiliano, cuya función básica es garantizar la supervivencia inmediata. Determina acciones espontáneas y simples ante sensaciones como el hambre, el miedo, la ira. El segundo es el límbico (hábitat de nuestro chimpancé), que permite asociar emociones y experiencias y, a partir de ello, es responsable de los aprendizajes esenciales para la vida y para la relación con otros seres. Gracias a él, por ejemplo, evitamos algo que anteriormente nos produjo dolor o podemos repetir una acción que nos llevó a resolver una situación enojosa. El tercero, o neocórtex, bien puede ser considerado como una conquista humana. es la sede de la razón y el que nos habilita a comprender la realidad, modificar algunos de sus aspectos, tomar las decisiones que tomamos y, de algún modo, constituirnos como seres responsables y agentes morales.
EL ANIMAL INTERIOR
Aún vigente, a la teoría del cerebro “triúnico” se le suele objetar que en su visión el cerebro aparece fragmentado. Pero su descripción de la morfología del órgano mantiene su validez, y en los hechos los tres cerebros funcionan integrados. Uno de ellos, el reptílico, trabaja de modo automático y nuestra conciencia es ajena a su labor, aún cuando él garantiza nuestra supervivencia básica. Los otros dos, en la hipótesis del doctor Peters, están en desacuerdo en la mayoría de las situaciones conque nos enfrentamos. En su trabajo “La paradoja del chimpancé”, el científico británico desarrolla la idea de que no elegimos tener este mamífero adentro de nosotros, que este tiende a actuar por su cuenta, que sus acciones con frecuencia van en contra de nuestros intereses y que es importante que aprendamos a reconocerlo para poder a convivir con él.
Pensar en gris significa admitir el error, salir del modo reactivo simple y elemental
Según Peters, resulta esencial no confundir al Humano (nuestro neocórtex) con el Chimpancé (cerebro límbico), porque cuando caemos en ese malentendido atribuimos racionalidad a nuestras conductas irracionales y, una vez producidas las consecuencias, debemos justificarnos con argumentos bastante complicados y a altos costos de todo tipo. Cuando vivimos tiempos de crisis y de altos grados de estrés, como son los actuales, producto de desajustes y permanentes errores no forzados de gobernantes y funcionarios, estamos expuestos como nunca a que el cerebro chimpancé tome el timón de nuestro barco y nos impulse a decisiones y actitudes que nos empujen aún más hacia el remolino. Estamos ante lo que Peters llama “la hora de crecer”. El momento de gestionar cuidadosamente las emociones y reflexionar acerca de cómo conducimos nuestra vida. Propone diez minutos diarios (no más, para no impacientar al Chimpancé) para ordenar las ideas, observar el panorama, recapacitar sobre conductas a seguir o correcciones sobre decisiones pasadas. Esos minutos son importantes porque cuando se produce un desacuerdo el chimpancé tiende a prevalecer sobre el humano. Su pensamiento es emocional, de conclusiones rápidas, ve todo blanco o negro, sin matices, despierta la paranoia y es catastrofista. Ve lo que quiere ver y no lo que tiene ante sus ojos. Y busca, o inventa, evidencias que lo justifiquen. Como no se detiene en la lógica de los hechos, puede llegar a conclusiones y acciones absurdas.
Frente a esto, el cerebro humano se basa en evidencias, razona, detecta los contextos y las perspectivas, los evalúa, busca los matices entre el blanco y el negro, explora los variados tonos de gris. Pensar en gris es una capacidad humana que no siempre valoramos. Es decir, salir de la modalidad binaria para ampliar la visión sobre la realidad y los posibles modos de actuar ante ella. Pensar en gris significa admitir el error, escuchar, captar y valorar la diversidad, aceptar la incertidumbre, salir del modo reactivo simple y elemental. Hoy es común escuchar la frase “la gente está mal”, que alude a una atmósfera de malhumor, de reacciones intempestivas, de enfrentamientos violentos e incomprensibles, de alternancia extrema entre furia y depresión. El chimpancé anda suelto. Su propósito esencial, según Peters, es sobrevivir como sea y contra quien sea, mientras el propósito del humano es realizarse y descubrir el sentido de su vida.
EL VALOR DE LA ACTITUD
Lo cierto es que no se trata de eliminar al chimpancé. Es parte de nosotros y luchar contra él equivaldría a desatar una guerra civil en nuestro ser. Ya se sabe que las guerras solo tienen perdedores y sobrevivientes. Peters propone entender el mundo de las emociones y ayudar así a que chimpancé y humano convivan de un modo que potencie nuestra vida. En definitiva, somos seres emocionales que aprenden a razonar. Quizás para empezar sea importante recordar las que Peters bautizó como Tres Verdades de la Vida: 1) La vida no es justa (tampoco injusta, simplemente es); 2) Los postes del arco se mueven; 3) No hay garantías de nada. La vida no es un cuento de hadas, insiste Peters, y tenerlo presente ayuda a estar en la realidad y evita numerosos desencantos. “Lo que proporciona paz mental, señala en su libro, no es lo que sucede, sino el modo en que lo gestiono”. Es lo que se denomina valor de la actitud.
Las malas noticia que proporciona la realidad son recibidas en primer lugar por el chimpancé. Se trata entonces de entrenarlo para que consulte de inmediato con la computadora que hay en nuestra mente. Esta tiene archivos que guardan episodios anteriores con información, experiencias y valores con los que actuamos ante diversas situaciones. Es esencial alimentar a esa computadora con experiencias resueltas por el cerebro humano y no por el chimpancé. Cuantas más veces el humano haya comandado la situación, mayores posibilidades tendrá el chimpancé de aprender y adiestrarse. Eso es, según Peters, domar al chimpancé sin reprimirlo ni dañarlo. El secreto, afirma, está en priorizar siempre la solución y no el problema. Problemas habrá siempre.
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