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“La edad de oro”: juventud, ese divino tesoro que siempre se está escurriendo

“La edad de oro” en escena: estrenada en 2011, la obra visitará por primera vez la Ciudad / Facebook

Por Redacción

La obra de Walter Jakob y Agustín Mendilaharzu se presenta mañana y el jueves 8 de noviembre en la Sala Discépolo de la Comedia

En Mar del Plata, en algún momento de este siglo, un joven hambriento llega a la guarida de un veterano coleccionista de discos de vinilo que ha resuelto desprenderse de su tesoro. El rock es una religión demasiado masiva para unirlos; pero, al descubrir que ambos son fanáticos de Peter Hammill, se da entre ellos una identificación brutal, como entre miembros de una secta o una logia secreta.

Así la premisa de “La edad de oro”, obra escrita y dirigida por Walter Jakob y Agustín Mendilaharzu, que, protagonizada por Ezequiel Rodríguez, Pablo Sigal, Jakob y Katia Szechtman, se presentará mañana y el jueves 8 de noviembre, gratis, en la Sala Armando Discépolo (12 entre 62 y 63).

La pieza habla sobre la pasión del coleccionismo y cómo los avatares de la vida pueden hacer que esa pasión merme o desaparezca, junto con la juventud, esa “edad de oro”.

"La idea de una edad de oro “tiene que ver con vincular algún momento del pasado a la plenitud de la vida, ese momento donde uno sintió cosas muy importantes y era pura potencia. Algo así como la juventud: a medida que uno crece, las opciones se acortan, uno ya no puede ser cualquier cosa, el camino se va estableciendo. En ese sentido, cierto espíritu rebelde que hace que uno quiera seguir siendo joven siempre, sintiendo que uno tiene siempre la capacidad de reinventarse, sin estar tan determinado por la edad, es saludable”, explican Jakob y Mendilaharzu en diálogo con EL DIA: los dramaturgos ponen a los discos coleccionados con fervor en un lugar simbólico en “La edad de oro”, y “desprenderse de esos discos pareciera que es desprenderse de quien uno fue cuando los escuchaba, ahí se arma la gran confusión. Pero la obra termina afirmando que podemos conservar nuestros viejos berretines, podemos seguir siendo quienes éramos cuando escuchábamos esos discos y al mismo tiempo ser adultos que hacen cosas de adultos: no hay que dejar de ser una cosa para ser otra, sino que uno puede ser cada vez más cosas, la experiencia puede tener que ver más con ensancharse”.

La dupla gestó la que sería su segunda obra a cuatro manos en 2001, por encargo del Centro Cultural Rojas, en el marco del Ciclo Proyecto Manual, que consistía en convocar a distintos directores para que armaran una obra a partir de un manual de instrucciones. “Esa consigna la abarcamos, pero también la reformulamos: tomamos el manual de un mueble para armar y lo metimos dentro de un mundo que nos interesaba a nosotros, el del coleccionismo de discos. Usamos la consigna para escribir la obra que queríamos”, dicen. Y la obra que querían hacer debía rendir tributo a la música, luego de que en “Los Talentos”, su primer trabajo colaborativo, reflejaran muchas de sus pasiones, “pero misteriosamente no tenía música, así que ‘La edad de oro’ fue un poco resarcir ese problema”.

Amigos “desde las panzas” (sus madres eran amigas antes de que nacieran), la dupla autoral se gestó “de manera muy natural”. Ambos comenzaron su periplo adulto estudiando cine, y fueron parte de varios reconocidos proyectos, como “Historias Extraordinarias”, insoslayable filme de Mariano Llinás.

(Su ligazón al cine hace que la premisa de “La edad de oro” remita a “Alta fidelidad”, pero ellos rechazan la comparación proque “Peter Hammill es alguien que es tan oculto, que se desmarca tanto de cualquier canon, que hace que nuestra propia obra se desmarque brutalmente. Y que estos personajes sean hamilleros evitó que nos pusiéramos a hablar de cualquier disco: si nos ponemos a hablar de rock en general, la gente irá a ver la obra y va a opinar si coinciden o no con los personajes. Y todo el mundo va a pensar que sabe lo mismo que los personajes: pero en ‘La edad de oro’, los personajes han profundizado tanto en una línea rockera que eso permite ver de un modo más distancia su nivel de raye y locura, su fanatismo. Casi todos los espectadores no saben quién es Peter Hammill, pero estar distanciados de esa pasión les permite ver mejor cómo funciona esa pasión”).

Pero mientras estudiaban cine, Jakob y Mendilaharzu comenzaron a transitar la senda del teatro a partir de un tercer amigo: Joaquín Bonet, cuyo padre es el actor y director de teatro Osvaldo Bonet. “El mundo teatral estaba en nuestra infancia a través de él”, cuentan. Jakob participaba en aquellos años como actor en algunos cortos de la facultad, y un día Agustín “me dijo que se iba a anotar en un taller de actuación recomendado por Joaquín, con unos profesores muy buenos (eran Javier Daulte y Alejandro Maci). El quería probar eso, y le parecía que si quería dirigir cine tenía que entender algunas cuestiones de actuación. Y como quien no tiene nada mejor que hacer, yo también me sumé. Ahí se abrió un mundo”.

Con Daulte tomarían ambos clases de dramaturgia, en el marco de las cuales Mendilaharzu comenzó a escribir “Los Talentos”, que “era un poco sobre nuestras vidas, nuestra primera adolescencia”, pero que quedó cajoneada. Jakob insistió para revivirla, y mientras Mendilaharzu escribía “yo le iba tirando devoluciones: y así surgió nuestra primera obra”.

Sería la primera de cuatro colaboraciones hasta la fecha. “La escritura a cuatro manos se da de modo natural, nos facilita las cosas porque somos dos tipos bastante inseguros, y solos tendemos a naufragar.#Pero cuando el otro agarró lo que dijiste, y hace su aporte, empieza a haber una especie de dialéctica que hace que la cosa avance. Y ya hay una primera comprobación, con el otro que está ahí: vamos objetivando el material entre los dos”, revelan el detrás de la cortina, que tiene una regla de oro: “El otro siempre tiene razón. Siempre que el otro se opone, aunque no nos gusten sus argumentos, tenemos que entender que por algo dice lo que dice. Y de esos cruces salen siempre instancias superadoras”.

El resultado de este proceso ha sido una carrera premiada y reconocida (“La edad de oro”, por ejemplo, recibió el Premio Teatro del Mundo Mejor Dirección en 2012) donde han buscado, “no tan conscientemente, un arte ‘inclusivo’, una ecualización entre sofisticación e inclusión. Queremos hacer un arte sofisticado, pero no hermético”.

“Pudimos crear objetos que no resignan sofisticación pero eso no implicó volverse objetos que exijan del público una competencia determinada: la obra no pide ninguna condición de ingreso al público, más que las obvias de poder pactar en algunas convenciones. El público no necesita para ver la obra más que estar ahí, y la obra va a dotar al público de las herramientas necesarias para descifrar lo que la obra tiene para narrar”, explican.

Y agregan: “No nos gusta trabajar pensando en qué es lo que le gusta a la gente, lo que está de moda ahora, no nos interesan esas preguntas y creemos que no existe eso, a la gente se la convence de que vea las cosas que tienen éxito, no son precisamente ejercicios de libertad del espectador, son más bien hechizos realizados a través de los medios para que se consuman determinadas cosas”.

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