Queridos hermanos y hermanas.
El término humildad proviene de humus, la tierra que pisamos. Por eso, es humilde el que se abaja, se ubica en su pequeñez, sin compararse con nadie ni pretender más de lo que es y tiene. Es una postura por la que ningún ser humano puede humillar a otro sino sólo a sí mismo, lo cual no es posible sino con la ayuda de Dios.
Pero, la virtud de la humildad, que es aneja a la virtud de la templanza, es moderadora y se opone a la soberbia y a la vanagloria.
Es una virtud fundamental, básica, sobre la cual se edifican todas las demás virtudes, si bien presupone la virtud teologal de la fe. Por lo cual, la humildad, en la medida en que mantiene la mente y el corazón sometido a la razón y a Dios, cumple una función propia en relación con la fe y con todas las demás virtudes, y por eso puede ser considerada como una virtud universal. Es imposible vivir como cristianos si no hay un cultivo conciente de la humildad.
La humildad cristiana se ilumina en Jesús: tanto su Encarnación como su Pasión y muerte fueron en situaciones humillantes. En efecto, “Él, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz” (Filp. 2, 6-8). Además, todo su ministerio público fue un humilde servicio de amor sin acepción de personas.
“Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy manso y humilde de corazón, y así encontrarán alivio” (Mt 11, 28-29)
La predicación de Jesús y de los Apóstoles exhorta a toda la humanidad a reconocer humildemente que todo es don de Dios por su misericordia y manifiestan el valor básico de la humildad en la vida que conduce a la Eternidad. Así, por ejemplo, la parábola del fariseo hipócrita y del humilde publicado (cf. Lc 18, 9-14) es indicativa de que Dios recibe complacido la oración del pecador que reconoce su miseria, mientras rechaza la del soberbio arrogante que se cree mejor que los demás. El Apóstol Santiago reitera que “Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes” (4, 6; cf. Prov. 3, 34). Y lo mismo se repite varias veces de modos semejantes en toda la Biblia.
La negación de sí mismo y el reconocimiento de la absoluta soberanía de Dios son las dos expresiones de la humildad, condicionantes para alcanzar la identificación con Jesús, quien exhortó a sus discípulos: “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy manso y humilde de corazón, y así encontrarán alivio” (Mt 11, 28-29).
La vivencia de esta virtud - cimiento indispensable para edificar una vida en consonancia con el Evangelio - exige el conocimiento de la Palabra de Dios. “Porque la locura de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que la fortaleza de los hombres… Dios eligió lo que el mundo tiene por necio, para confundir a los sabios; lo que el mundo tiene por débil, para confundir a lo que vale. Así nadie podrá gloriarse delante de Dios…” (1 Cor 1, 25. 27-29).
Ser humilde, abnegarse, evitar toda hipocresía y vivir en la verdad (porque “humildad es la verdad”, decía Santa Teresa de Ávila), tiene el beneplácito de Dios, “porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado” (Mt. 23, 12).
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