Queridos hermanos y hermanas.
Nuestra condición de cristianos implica conocer las enseñanzas de Jesús y de su Iglesia con el fin de poder vivir en la fe que profesamos, amando los designios de Dios y esperando el pleno cumplimiento de sus promesas.
Entre tales enseñanzas se incluye la referida al pecado, como el único verdadero mal, que es el apartamiento voluntario del orden establecido por Dios. “El pecado es la iniquidad” (1 Jn 3, 4).
Es necesario comprenderlo bien: el pecado es el único verdadero mal, porque todo pecado viola los sagrados designios de Dios y provoca el desorden. Sólo el ser libre y limitado es capaz de pecar, de querer sustraerse a la soberanía de Dios, inclinándose desordenadamente a las criaturas.
La raíz del pecado no está en la falta de un bien, sino en el apartamiento libre y voluntario de la ordenación al fin. Es decir que el pecado es la privación del bien que debería tener la acción de un ser inteligente y libre.
Sin embargo, el ser humano no busca el pecado como un mal sino como un bien aparente, de un bien al que se le ha privado de algo que debería tener para conducir al último fin. Por eso santo Tomás de Aquino dice que estos son los dos componentes del pecado: el apartamiento de Dios y el apego desordenado a las criaturas.
El pecado siempre es personal, y por eso depende de la voluntad libre de quien pone el acto pecaminoso, aunque el mismo acto se haga por varios o por todo un grupo social
Por lo tanto, sólo el ser inteligente y libre es capaz de cometer el único verdadero mal. Ni los ángeles ni los santos del cielo pueden pecar, pues están en la presencia del Bien Absoluto que es Dios, donde todo es amor. Tampoco los animales irracionales pueden ofender a Dios. El pecado siempre es personal, y por eso depende de la voluntad libre de quien pone el acto pecaminoso, aunque el mismo acto se haga por varios o por todo un grupo social.
La malicia del pecado no implica necesariamente la voluntad explícita de ofender a Dios. Basta la elección desordenada.
Cualquier desorden moral grave ofende a Dios, aunque quien lo haga no tenga un conocimiento claro de la existencia de un Dios personal, y daña al orden de la naturaleza.
El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que “el pecado es una falta contra la razón, la verdad, la conciencia recta; es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes. Hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana. Ha sido definido como ‘una palabra, un acto o un deseo contrarios a la ley eterna’.” (n° 1849)
Lamentablemente, como resultante de la misma injusticia de quienes “filtran el mosquito y se tragan el camello” (Mt 23, 24), hay personas que acusan a Dios-Amor por los graves problemas de la humanidad, mientras se sigue dando amplio espacio al pecado, el único verdadero mal, y todos aquellos que lo cometen son los exclusivos responsables de la generalizada decadencia y perversidad en todo el mundo. Por eso, “el que sabe hacer el bien y no lo hace, comete pecado” (Santiago 4, 17).
“El que encubre sus delitos no prosperará, pero el que los confiesa y abandona, obtendrá misericordia” (Prov. 28, 13).
La solución depende de la conversión personal: dejar el pecado y retornar a Dios, que nos ha creado para la felicidad y la paz.
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