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El fútbol, nuestro espejo

Por SERGIO SINAY (*)

A la FIFA (Federación Internacional de Fútbol Asociación) se la llama “las Naciones Unidas del Fútbol”. No es un título caprichoso. Mientras la ONU (Organización de las Naciones Unidas) reconoce la existencia de 193 países soberanos, más el Vaticano y Palestina, que también integran el organismo, pero solo como observadores, es decir sin derecho a voto, la FIFA incluye a las federaciones de 211 países. Quiere decir que, redondez por redondez, el mundo del fútbol es más grande que planeta político, económico, social y cultural oficialmente existente. La Tierra, vista así, es una pelota.

Podríamos discutir ahora qué clase de organización es la FIFA y hasta tendríamos argumentos para sospechar que se trata, a la luz del “FIFAgate”, que sigue su curso y que hasta aquí ha terminado con varios de sus máximos dirigentes enjuiciados, desterrados o presos, que se trata de una suerte de asociación ilícita dedicada a lucrar con el fútbol bajo ciertos códigos mafiosos. De hecho, la FIFA tiene sus propias leyes y sus propios tribunales y no admite la intervención de la justicia de los países miembros en la resolución de temas contenciosos o delictuales en los que aparecen involucradas sus federaciones asociadas. Ningún otro organismo en el mundo, salvo las mafias (aunque estas no lo declaran oficialmente por escrito) se da semejante lujo ni se adjudica tal privilegio de auto impunidad.

Argentina, por supuesto, es miembro de la FIFA a través de la AFA (Asociación del Fútbol Argentino). El hombre que dirigió a la federación argentina durante 35 años con métodos de monarca, dictador, dueño o patrón de estancia, según cómo se mire, se llamaba, como es imposible olvidar, Julio Grondona (1931-2014), un humilde ferretero de Avellaneda devenido en hípermillonario en simultaneidad con su cargo local y con el de vicepresidente de la FIFA. Grondona falleció con notable oportunismo apenas un segundo antes de que la justicia internacional, que sigue buceando en la corrupción de la entidad rectora del fútbol mundial, viniera por él.

MÁS QUE PELOTA Y JUGADORES

Argentina tiene un papel relevante en el fútbol internacional. La selección fue dos veces campeona del mundo y dos veces subcampeona. Dos jugadores argentinos llegaron a ser considerados los mejores del mundo, uno actualmente, el otro en el último cuarto del siglo pasado. Junto con la carne, la soja, el maíz y el trigo sus jugadores han figurado permanentemente como representativos productos de exportación. Y, por fin, el fútbol, al ser el deporte más popular en el país, ha generado una cultura, hábitos, memoria, adhesiones, pasiones, identificaciones y algo que suele llamarse confusamente “folklore”, los que sumados dan como resultado un fiel e indesmentible espejo de la sociedad. En él se reflejan sin maquillajes, con la crudeza habitual en los buenos espejos, matices definitorios de lo que se conoce como “argentinidad al palo”.

De los 211 países adheridos a la FIFA, y pese al tradicional pavoneo por lo que el nuestro representa en el concierto futbolístico mundial, Argentina es el único en el que los hinchas visitantes tienen prohibida la entrada a los estadios. No hay error. Es el único. Esto ocurre desde el año 2013, cuando, con esta medida, se aceptaba la derrota ante las bandas de sicarios llamados “barras bravas”, gerentes de negocios oscuros que, en connivencia con dirigentes de clubes y de la política, se han valido del fútbol hasta vaciarlo de sentido y contenido, desvirtuarlo como el bello juego que es e infestarlo de violencia y corrupción.

De los 211 países adheridos a la FIFA, el nuestro es el único que prohíbe hinchas visitantes

Pero, vale repetirlo, el fútbol no es solo la pelota y los jugadores. Es un espejo cultural y social. ¿Qué dice de un país y de su sociedad el hecho de que los visitantes no puedan ir a la cancha? Sencillamente que la intolerancia impide pensar, querer, gustar o elegir diferente. Que no hay espacio para la diversidad y que la violencia es el instrumento principal, cuando no el único, para zanjar desacuerdos, diferencias o, simplemente, convivir con lo distinto. Hasta tal punto esta intolerancia está instalada en nuestra cultura, que aquella violencia que los sicarios desplegaban en las tribunas explota hoy entre ellos mismos. De las guerras inter barras a las guerras intra barras.

¿Una cuestión del “folklore” futbolístico? De ninguna manera. El fútbol es la punta del iceberg, lo que sale a la superficie de modo inocultable. Pero todo iceberg tiene siete octavas partes debajo del agua. La intolerancia se expresa hoy en la palabra “grieta” y atraviesa el cuerpo social. Lo hace democráticamente, porque incluye clases, género, posición económica, nivel educativo, edades, geografías, militancia o indiferencia política, religión, ideología. En donde se pise, la sociedad argentina aparece hoy agrietada e infectada. No se admite la menor diferencia, la habilidad para el diálogo desapareció del mapa, el fanatismo desplaza al razonamiento, la sospecha y la paranoia se expanden como plagas. Solo se admite al que piensa igual (pensar es un modo de decir, porque también el pensamiento parece agonizar).

Este horror a la diversidad va creando grupos cada vez más pequeños, cerrados y endogámicos. En esto también los argentinos nos diferenciamos. Retrocedemos en el camino de la evolución humana para marchar en dirección de épocas pre civilizatorias, tribales. Sin arcos ni flechas (todavía), pero con piedras, armas de fuego, cuchillos, puñetazos, difamaciones, escraches e insultos. Como inevitablemente estamos en el siglo veintiuno, cuando no usamos tribunas o calles como escenarios de nuestras guerras lo hacemos a través de los medios o del último gran juguete tecnológico: las redes sociales. O los foros de los diarios on line.

LA MIRADA DEL OTRO

El producto más flamante de este estado de cosas tuvo, una vez más, al fútbol como vidriera. La final de la Copa Libertadores. River y Boca. Boca y River. Lo más claro y sintético que se dijo acerca de esto tuvo autoría anónima y se viralizó de manera inmediata. El meme que decía: “Tuvimos la oportunidad de mostrarle al mundo cómo somos. Y salió a la perfección”.

Por supuesto, este mal no aqueja al 100% de la población y sería injusto incluir aquí a todos los argentinos. Pero la portadora del virus es una masa crítica de la sociedad, por eso se vuelve indisimulable. Y por eso, también, crea angustia e impotencia entre quienes creen que la diversidad enriquece, que la existencia del otro es una bendición porque me permite saber que el mundo y la vida son mucho más vastos y más ricos de lo que muestra mi única mirada (como señalaba la gran filósofa alemana Hannah Arendt en “La promesa de la política”). Aun así, en medio de tanta desazón, y mientras la pelota se mancha de manera indeleble, asoma una esperanza. Las sociedades que sobrevivieron lo hicieron porque quienes tuvieron una visión de futuro, la mente y el corazón abiertos hacia el otro y una apreciación de la riqueza de la diversidad se empeñaron, a través de su manera de vivir, de actuar, de trabajar, de pensar, de expresarse y de relacionarse, en mantener encendida una fogata en la oscuridad para guiar a los que no querían sumarse a las voces que los llamaban desde la sombra. Hubo épocas en que en el fútbol brillaban esas fogatas. Ojalá se reenciendan.

(*) El autor es escritor y periodista. Su último libro es "La aceptación en un tiempo de Intolerancia"

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