La celebración litúrgica del nacimiento de Jesús –eso por muchos ignorado hoydía, y que es la Navidad- está precedida de cuatro semanas de preparación: es el tiempo de Adviento. Este término significa venida, llegada. Si uno atiende a los textos bíblicos asumidos en la Misa y el Oficio Divino de esas cuatro semanas, advierte que en la primera etapa, hasta el día 17 de diciembre, la atención de la Iglesia está centrada en otra verdad de fe: la segunda venida de Jesús, que cerrará la historia humana y la marcha del mundo tal como lo conocemos. Efectivamente, en el Credo, símbolo de la fe, profesamos: “de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos”. Esta segunda venida del Señor Resucitado ha sido desde los tiempos apostólicos objeto de la esperanza de los cristianos; ignoramos la fecha, pero estamos ciertos de que ocurrirá; será este el acontecimiento escatológico por excelencia. La palabra “escatológico” viene del griego “ésjaton”, lo último, no solo como conclusión sino también como coronación, como el comienzo de la duración eterna, de la Vida con mayúsculas, sin fin, cuando saldrá a luz lo que ahora está encerrado en la gracia que habita el corazón de los creyentes, y se manifiesta en su conducta, como asimismo quedará patente el alma oscura de los malvados que han renunciado al Amor que se les ofrecía.
A pesar de lo dicho, durante todo el Adviento, y de modo exclusivo entre los días 17 y 24, nos preparamos inmediatamente para celebrar la memoria de la primera venida de Jesús en la humildad de nuestra carne, la fiesta de Navidad. Este fue el hecho más importante de la historia humana y alcanzó una cumbre, al concluir la vida terrena del Dios hecho hombre, en la Pascua de Resurrección, cuando Jesús, Dios y hombre verdadero, después de su muerte redentora, dejó vacío el sepulcro y se mostró vivo a sus discípulos, que lo vieron y tocaron. El día de Navidad, en la Nochebuena más específicamente, celebramos el parto virginal de María –“misterio resonante”, como decía San Ignacio de Antioquía, a fines del siglo I- que “ocurrió en el silencio de Dios”. El Niño nacido en Belén fue engendrado virginalmente por su Madre, sin intervención de varón. Según las costumbres judías de entonces, el matrimonio se realizaba en dos etapas –concertadas normalmente por las respectivas familias-: el desposorio o compromiso, y la posterior conducción de la esposa a la casa del marido para iniciar la vida común. Entre una y otra etapa ocurrió el misterioso suceso que llamamos la encarnación del Hijo eterno del Padre, la segunda Persona de la Santísima Trinidad. Podría explicarse –con todo respeto y delicadeza- el misterio de este modo: de un óvulo de la doncella María, que tendría, según lo usual en la época, unos 14 años, la acción del Espíritu Santo obró ese acercamiento máximo de Dios a nosotros en la Persona del Hijo humanado, la formación del cuerpo santísimo de Cristo, que recibió del Padre Creador un alma humana como la nuestra, para que siendo Dios fuera inseparablemente, verdadero, completo hombre; en todo semejante a nosotros, menos en el pecado. Porque Él venía, según las profecías del Antiguo Testamento, a sacrificarse en la Cruz para borrar los pecados de los hombres, y reconciliarlos así con Dios. Quienes creyeran en Él serían de Dios hijos en el Hijo. Jesús fue un embrión, un feto, un niño por nacer, un niño dado a luz virginalmente y reclinado en un pobre pesebre, donde comían los animales. Lo adoraron los pastores judíos y los magos paganos venidos de oriente, porque Él es el salvador de unos y otros, el redentor universal. Como enseña San Pedro: “no ha sido dado a los hombres otro nombre por el cual puedan recibir la salvación más que el nombre de Jesús” (Hechos 4, 12).
He señalado en el título de esta nota que el que vino –y dio comienzo a la era cristiana –y vendrá- a dar conclusión a la marcha de la historia- también viene en el presente, y de continuo se insinúa a cada corazón humano para moverlo a la fe y a la recepción libre de la gracia que salva. San Bernardo, en su Sermón 5 “En el Adviento del Señor”, habla hermosamente de esta venida de Él llamada intermedia: “viene espiritualmente, manifestando la fuerza de su gracia”; es entonces “nuestro descanso y nuestro consuelo”. Cita al respecto un pasaje del cuarto Evangelio: “El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él” (Jn 14, 23). En efecto, Cristo viene a nosotros cuando abrimos nuestro corazón a su palabra, cuando los ojos de nuestra memoria espiritual se fijan en los misterios de su vida; si procuramos con sinceridad cumplir sus mandamientos, en especial, la caridad, el amor –agápe- para con todos, si lo recibimos con devoción en su presencia real que se nos brinda en la Eucaristía.
Celebrar cristianamente la Navidad, nos permite, cada año, renovar ese encuentro con el Señor, que está disponible para nosotros todos los días. Hay una gracia, un don, un impulso divino especialísimo en la observancia del misterio navideño: para los creyentes, y quizá también para aquellas personas de buena voluntad que aún no han recibido y aceptado la fe, pero que pueden acercarse a ella, y llegar a percibir, a través de signos sutilísimos, impensados, la realidad histórica, eterna y siempre actual de Aquel que quiere la salvación de todos. Una buena plegaria para estos días es la que incluye el obispo San Anselmo en su libro “Proslogion”: Enséname a buscarte, muéstrame tu rostro, porque si Tú no me lo enseñas no puedo buscarte. No puedo encontrarte si Tú no te haces presente. Te buscaré deseándote, te desearé buscándote; amándote te encontraré, encontrándote te amaré. ¡Feliz Navidad!
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