Así verdes son los dólares, esos “imprudentes billetes americanos” (Borges dixit) cuyo valor se duplicó respecto al golpeado peso nacional en este corto lapso, con corridas y devaluaciones que licuaron de a jirones el poder adquisitivo de asalariados, jubilados y público argentino en general, ya de por sí golpeado por la inflación crónica que continúa socavando toda previsión económica de ahorro e inversión personal o productiva.
A nivel político, también verde por prematura fue la decisión unilateral del Presidente de volver a endeudarnos radicalmente (tras una década de independencia crediticia externa) con el viejo y temido FMI, quien desde entonces ha vuelto a ser una voz foránea, cantante y condicionante en materia de política presupuestaria interna, lo que ha derivado en una transferencia de soberanía propia de un país eternamente púber para autogestionarse.
Verde también es la señal de inmadurez que institucionalmente evidenció nuestra clase política para establecer políticas de estado que sienten un hito transformador en la lucha contra la corrupción, cáncer social que sigue siendo investigado sólo para gestiones anteriores, y que no se asienta en cambios normativos definitivos para el futuro inmediato (para cuando la creación de una Agencia Integral de la Transparencia?).
“Verde, en tono de canción, es también el color de la esperanza, para no seguir caminando siempre por el mismo lugar”
Más que inmaduro, recientemente fue bochornoso tener que admitir que ni siquiera nuestro Estado puede garantizar la realización en nuestro territorio de un evento deportivo histórico ¡entre dos equipos argentinos!, dislate que ni siquiera la posterior organización internacional del G20 pudo hacer olvidar.
Verde y fresca fue, por el contrario, la cruzada espontánea del colectivo feminista, reivindicando una igualdad real entre géneros en todos los ámbitos, en un movimiento anárquico que evolucionó de su ya tradicional proclama por “ni una menos” contra la violencia de género (todos los 8M y ante cada evento tristemente frecuente de femicidios), a su toma de postura política respecto al tratamiento legislativo del aborto no punible (que no prosperó por mínimos votos en el trámite bicameral), generando el despertar político de un volumen aún creciente de jóvenes dispuestas a revolucionar la cultura patriarcal. Claro que el gran desafío de este colectivo será organizarse políticamente para obtener éxitos que se plasmen en la renovación representativa y normativa y también para contener ciertas posturas ultraofensivas (escraches anónimos, violencia directa, ausencia de posibilidad de defensa, etc) que empañan y desgastan la frescura de las peticiones igualitarias. Pero quien puede negar el valor histórico de un planteo socio-político- cultural de tanta fuerza y renuente a ataduras partidarias?
Y verde, también en tono de canción, es el color de la esperanza, para no seguir caminando siempre por el mismo lugar.
Este 2018 ha sido un año crítico en lo económico y acuciante en lo alimentario para muchas familias que naufragan bajo la línea de pobreza (¿puede seguir llamándose marginal a más de un tercio de la población argentina?), pero aún en ese contexto nuestro país sigue siendo una fuente inagotable de recursos naturales, económicos y humanos que sólo precisan para progresar una correcta organización, una planificación racional (ambos previstos dentro del texto de nuestra Carta Magna) y el compromiso irrenunciable a respetar la ley, especialmente cuando no nos resulta favorable.
¿Podemos entonces esperar un 2019 mejor?
Pues claro: la esperanza será siempre, como decía Aristóteles, el merecido sueño de todos los despiertos.
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