Ahora se les puso el mote de “pibes piraña”, pero en realidad el fenómeno no es nuevo y los habitantes de la zona céntrica de la Ciudad, lo padeden desde hace ya bastante tiempo.
No tienen más de 14 o 15 años -en algunos casos, menos de diez- y casi a diario protagonizan de arrebato, robos menores y distintos hechos de vandalismo.
Amparados la mayoría de las veces en sus cortas edades, la poca presencia policial que debiera servir para impedir sus fechorías y la escasa o casi nula participación del Estado a la hora de contenerlos, se crea alrededor de ellos un peligroso caldo de cultivo y una señal de alerta que, de manera alguna, puede ser desatendida.
Con sólo hablar con los encargados de negocios en las principales arterias comerciales de la Ciudad, se percibe allí el cansancio y el hastío de quienes son continuamente víctimas de estos menores. Y aunque nadie lo desea, alguien debería caer en la cuenta de que ese cansancio, en algún momento, puede estallar.
El Estado -que por ahora se hace el desentendido en esta cuestión- debería, a su vez, asumir su responsabilidad, la de velar por la seguridad de quienes están desarrollando tus tareas, pero también por la de esos menores que se apartan de la Ley, cobijándolos, protegiéndolos, pero también aplicando los castigos que merezcan.
Hoy tanto unos (comerciantes), como otros (“pibes piraña”), parecen estar librados a sus suertes. Y la situación aparece, cuanto menos, como peligrosa.
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