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Entre el humor y la reflexión

Por Redacción

Alejandro Castañeda

afcastab@gmail.com

ABUSO 1.- “Hoy compadezco a los hombres, porque deben cuidarse de lo que hacen, de lo que dicen y hasta de lo que miran”, dijo Moria Casan en el programa Intrusos. Y es cierto. En una disco uruguaya prohibieron mirar las chicas que bailan. Y aquí ya circula un proyecto que propone multar a los piropeadores. Si prospera, los galanes callejeros van a tener que moderar su repertorio. ¿Exigirán que se aporten pruebas? ¿O bastará con denunciar algún murmullo medio baboso para pelar el talonario de multas? A la justicia le espera una chismosa tarea: diferenciar entre halago, atrevimiento, guarangada y lascivia. Y tarifarlos.

Está brava la cosa. Es cierto que esta primera generación de castigados debe saldar muchas cuentas que el ultra machismo dejó pendientes tras siglos de reinado absoluto. Y las cobran con recargos. Cuesta en estos días denunciadores separar la paja del trigo, aunque todos sienten que las víctimas casi siempre tienen razón. Lo del acoso se había naturalizado y muy pocas se salvaban del brazo largo del abuso. Pero si aquí prohibimos también a los mirones, habrá que empezar a estrenar relojeos inocentes o volver a los anteojos de sol. Al final, el turquerío que tapa a las señoras con un velo, ya no suena tan exagerado. Allí no se las puede ver y en Montevideo no te van a dejar mirarlas.

ABUSO 2.- Muchos pacientes se quejan hoy por el trato despersonalizado que brinda una medicina que sólo escucha los aparatos. Se ha perdido –dicen- el contacto con el clínico de confianza que conocía el cuerpo en detalle. Entre tanta tecnología sofisticada, lo del urólogo que hoy está en capilla significa un retorno a viejos hábitos medicinales: observar y palpar. Nada raro, un estudio hecho a mano, sin ayuda ni preparados, una maniobra reparadora que usaba métodos del ayer para poder descubrir los secretos que todo cuerpo guarda. Preparaba la camilla y empezaba: una imposición de manos sanadoras que intimaban con aquellos pacientes que buscaban acabar con sus temores. Allí, la masturbación era más un aporte a la ciencia que un desahogo. Gracias a esa vieja técnica, el profesional recogía síntomas y el paciente alcanzaba un alivio sorpresivo que lo dejaba como de entrecasa. Sin hacer doler, con cuidado, el enfermo se dejaba masturbar para que el doctor pueda ir obteniendo lo que necesitaba. La manualidad permitía bajarle costos al IOMA, ahorrarle trabajo a los laboratorios y hacer más llevadera la consulta. Hoy este acabose puso en jaque los alcances de la cátedra y le abrió una ventana al poder revelador de manualidades y goteos. Al urólogo, que acredita muchos años de trabajo, le sobraba entrenamiento y buen ritmo para este subibaja curativo. Su predisposición era tan entusiasta que no medía riesgos. Ahora que los médicos se ponen guantes hasta para hacer las recetas, merece un párrafo aparte la performance de un profesional arriesgado que, sin alcohol ni precauciones extras, proponía a pulso un homenaje a los pioneros que auscultaban y metían mano sin aprensiones ni aparatos. Su operatoria intentaba mejorar la calidad del ejercicio médico y acortar el camino hacia el diagnóstico. Su quehacer le hacia lugar a la sencillez del mano a mano y de paso desairaba a la medicina complicada de estos días, que prefiere derivar antes de investigar en situ. Las denuncias siguen llegando y el tratamiento se repite. Las entidades médicas revisan el libro de ética. Y los urólogos más duchos aseguran que no hay patología en zona de calzoncillo que exija una paja en consultorio. ¿Cuál era el método? La camilla, el escritorio, el enfermo recostado, la vieja liturgia de la revisación exhaustiva tenía su punto culminante cuando el visitante entregaba bono y pene para ir solucionando trastornos de allí abajo.

No es fácil ser hombre, lo dijo Moria. ¿Abuso terapéutico? La justicia fallará sobre las andanzas de este especialista tan participativo.

Al urólogo le sobraba entrenamiento y buen ritmo para este subibaja curativo

Lo del acoso se había naturalizado y muy pocas se salvaban del brazo largo del abuso

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