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Una fiesta en el fin del mundo

Víctima de algunos desperfectos técnicos, el show de los británicos
en el Único brilló cuando se apoyó en sus grandes éxitos

David Gahan hizo delirar a miles de fanáticos / Cesar Santoro

Por Redacción

Pedro Garay
pgaray@eldia.com


Para Depeche Mode, el fin del mundo se acerca: los ingleses así lo gritan en “Spirit” su último trabajo. Lo gritan con la visceralidad de los vagabundos proféticos pero con el baile y la densidad que caracterizan a la New Wave inglesa de la cual fueron la punta de lanza.
Pero aunque el trío compuesto por David Gahan, Martin Gore y Andy Fletcher haya pasado anoche por el Único, la primera visita al país del combo en nueve años, para presentar “Spirit” en el marco de su tour mundial, que quede claro: la invitación no era a un velorio, por más atuendos de negro que conformaran el colmado Estadio, sino a una fiesta.


Y acorde a esa premisa, repasaron “Spirit”, claro, pero los ingleses saben de fiestas, aún en el fin del mundo, y armaron un setlist que entre sus temas más nuevos y menos celebrados hizo emerger los grandes éxitos para hacer aullar a un Estadio que creció con el sonido de sintetizadores y atmósferas oscuras en su habitación (poco millenial visitó ayer el Único: los sonidos de Depeche Mode son la banda sonora de los hoy post-jóvenes que saltaron como chicos).


La banda calentó la noche de chubascos con un enérgico raid inicial (”Going Backwards”, “It’s no good”, “Barrel of a gun” y “A pain that I’m used to”) cargado de su música con sentido de épica, escrita para grandes estadios. Y con un sonido acorde, devastador, aunque con una puesta demasiado austera, y con pantallas apagadas buena parte del show por algún desperfecto, triste para los de atrás, la mayoría, a los que sin dudas les aguó la fiesta: el público llegó a cantar “pantaaaalla, pantaaaalla” cuando promediaba el show casi a oscuras. Gahan, puro goce y energía, intentaba disimular y contagiar al todavía frío público: contagiar un estadio entero sin la ayuda audiovisual fue un desafío incluso para él, barrilete cósmico.


A medida que avanzaba la noche, el combo tomó distancia de “Spirit”, del cual sólo sonaron en la segunda mitad “Cover me” y el primer corte, “Where’s the revolution”, que invita al levantamiento político y físico. El regreso a “Spirit” era un recordatorio de que aquella fiesta tiene un motivo: al son de la seductora voz de Gahan, estábamos bailando sobre las ruinas del mundo, tratando de olvidar o sublimando las ruinas del mundo.


Pero cuando el teclado delata que llega “Everything counts”, olvidar las ruinas del mundo fácil: sumergirse en la nostalgia de aquellos sonidos ochentosos es una pulsión, y la ignorancia es felicidad. Y eso que se trata de una canción sobre la ambición corporativa: pero, como siempre, Depeche Mode vuelve bailable la depresión del mundo moderno.


Fue el principio del final: la banda cerró ahora sí a puro fuego con la oda a lo sensorial “Enjoy the silence” y “Never let me down again”, antes de volver y hacer estallar todo con “Personal Jesus”. Extasiados, algunos se estiraron y tocaron la fe perdida, inmersos en su adolescencia, recobrando sueños y utopías: Gahan había hecho su trabajo, encendido la llama de una pequeña revolución de baile colectivo. Para otros muchos que disfrutaron el show sin dejar la vida en cada pogo, simplemente había sido una buena fiesta, nostálgica: también ahí, los británicos habían hecho un buen trabajo.

Seis kilómetros
El recital de Depeche Mode en la Ciudad tuvo su impacto no sólo en la zona del Estadio sino en la bajada de la autopista La Plata-Buenos Aires. Cerca de las nueve de la noche ese tramo registraba una caravana de autos -que llegaban tarde al show- de casi 6 kilómetros.

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