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Entre le humor y la reflexión

Por Redacción

Alejandro Castañeda - afcastab@gmail.com

Hizo escuela el mensaje telefónico de Cristina tratando de “pelotudo” a Parrilli y de “boludo” Taiana. El jueves, en el Congreso, mientras aguardaban que la asamblea hiciera silencio, la vicepresidenta Gabriela Michetti lo zamarreó a Emilio Monzó, presidente de la Cámara de Diputados, con un ruego bolichero: “ayudame, boludo, porque estos no me dan pelota”. Pero no advirtió que los micrófonos, esos grandes infidentes, le estaban dando pelota, una zancadilla de la tecnología que ha producido más de un entuerto y más de un sincericidio.

“Ayudame, boludo”. ¿Este es el lenguaje de la vice presidenta fuera de micrófono? Los “boludos” de Cristina y Gabriela transmiten más supremacía que descalificación. Es un valor agregado en la tupida y sigilosa trama del poder. Algunos lingüistas creen que el sentido de una palabra no está en la raíz sino en el uso. No sabemos si Taiana y Monzó son dos boludos. Lo indudable es que la que usa ese término le recuerda al otro quién es el que manda. Nadie pretende que la ex y la vice estén discurseando todo el tiempo. Pero tampoco que se la pasen boludeando al prójimo con tanta naturalidad. Lo de ellas es más que un lapsus tribunero. En los dos ejemplos han omitido los nombres de sus interlocutores, una forma incuestionable de minimizarlos. Cristina no le dijo “Oscar” a ese Parrilli distraído que no reconoció esa voz. Ni Michetti se acordó que el boludo se llamaba Emilio. No los trataron ni con un seudónimo ni con una expresión amistosa. En ese momento eran sólo boludos. Y esta retórica del insulto al paso, marca la cancha. No tenés nombre. El “boludo” basta para identificar y advertir. Y al dejar a ese adjetivo como pronombre, se le baja el precio al que escucha. En boca de estas mandonas, el “boludo” pone distancia, revalida rangos, avasalla suavemente. Y de paso, notifica quién es quién. Michetti no se lo hubiera dicho a Macri. Jamás. La palabra boludo tiene destinatario y alcance preciso. No se lo larga al voleo. Exige el silencio cómplice del receptor y define roles en el mano a mano.

De dónde viene este lenguaje callejero de dos mujeres que deberían emplear otras palabras, incluso en tono coloquial. ¿Serán víctimas de su propio estilo político que entienden el mando como un piedra libre para hacer y decir lo que se les ocurra? Todos saben que la expresión se ha ido degradando. En los salones y en la calle. Y en este escenario caben los celulares y toda la mensajería que ha dejado de ser lo que era para imponerse como dialecto incomprensible y pobre. Las palabras vienen siendo maltratadas. Pero hasta el idioma callejero tiene sus límites y su gracia. “Que se suturen el orto” no es ni ocurrente; tampoco cayó bien lo que dijo el diputado Marcos Palma, con micrófono abierto: “Estoy a favor de la vida, pero hay que enseñarles a los chicos a que culeen bien”, un consejo a tener en cuenta, para todos, no sólo para los chicos.

Pero estos boludos presidenciales van más allá. Qué hubiera dicho la policía de género, tan atenta y celosa ante cualquier énfasis de masculinidad, si la cosa hubiera sido a la inversa. Si Monzó le pidiera a una diputada, “ayudame boluda”. O si Parrilli le hubiera llamado la atención una subsecretaría distraída: “soy yo, pelotuda”. Si hubiera pasado algo así, la infantería mujeril habría escrachado a estos varones abusadores y mal hablados. Es cierto que ellas se vienen desquitando con razón por siglos de sumisión, acosos y maltrato. Todos lo admiten. Pero tampoco este es el camino. Los boludos, parecen ser, al menos en los altos estamentos, sólo hombres. Y no es que no los haya. Todos tenemos a mano más de una docena de boludos reconocidos para poner de ejemplo. Pero ellas también tienen su dotación de boludas indudables. Aunque Cristina y Gabriela nos hagan creer que ser boludo es una aptitud juiciosa y masculina, al final todo se empareja, en el gobierno y en la calle. Eso sí: en los despachos oficiales habría que dejar los micrófonos abiertos para poder saber realmente qué es lo que piensan, lo que imaginan y lo que buscan los que mandan.

Porque lo que dicen después, ante tribunas y cámaras, es sólo para que millones de boludos se lo crean.

En boca de Cristina y Michetti el término “boludo” revalida rangos, avasalla y notifica quién manda

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